Este día fue considerado un hito histórico fundamental porque marcó el punto máximo de acercamiento, reconciliación y esperanza de una alianza estratégica entre Rusia y Occidente.
Ocurrió apenas dos semanas después de los atentados del 11 de septiembre en EEUU, en un momento de enorme incertidumbre global.
Putin ofreció formalmente una asociación de seguridad y economía con la Unión Europea. Proclamó la «elección europea» de Rusia y defendió la creación de un espacio económico común que se extendiera desde Lisboa hasta Vladivostok. Aseguró que los derechos democráticos y las libertades eran el objetivo central de la política interna rusa.
Al haber sido agente de la KGB en Dresde durante la época de la Alemania Oriental, Putin domina el idioma. Decidió pronunciar la mayor parte de su intervención en un alemán fluido y pausado. Este gesto simbólico desarmó las barreras psicológicas de los parlamentarios germanos y generó una profunda empatía en el corazón de la política europea.
El mandatario ruso aprovechó la coyuntura del 11-S para proponer un frente unido contra el terrorismo internacional. Argumentó que el mundo post-Guerra Fría ya no se dividía en dos bandos ideológicos y que las viejas estructuras de desconfianza mutua debían superarse para combatir las nuevas amenazas globales.
El impacto de sus palabras fue tal que los miembros del Bundestag lo ovacionaron de pie de forma unánime. Líderes políticos de todas las facciones vieron genuinamente que estaban presenciando el nacimiento de una Rusia reformada, democrática e integrada de forma permanente a los valores de la comunidad internacional.
“Para los rusos, Alemania representa el ingenio técnico y la habilidad comercial”, dijo Putin. Buscó conectar directamente con la identidad industrial y económica de Alemania, utilizando la adulación y la historia compartida para proponer una alianza económica sin precedentes.
Tradicionalmente, para los ciudadanos rusos, Alemania no era solo un país, sino el símbolo de la cultura, la ciencia y la sofisticación técnica del continente europeo.
Explicó de manera anecdótica que, en siglos pasados, la palabra rusa para referirse a los alemanes (nemtsy) se usaba de forma generalizada en Rusia para describir a cualquier europeo occidental. El asentamiento donde vivían los extranjeros europeos en el Moscú antiguo se llamaba, de hecho, la «Aldea Alemana».
Putin utilizó este concepto para seducir a la élite empresarial germana. Su planteamiento de fondo era pragmático: si Rusia poseía vastos recursos naturales y un enorme territorio, y Alemania aportaba ese «ingenio técnico y habilidad comercial», la combinación de ambas potencias crearía un bloque económico europeo imbatible frente a otras regiones del mundo.
Discurso completo traducido:
Presidente Vladimir Putin: Distinguido señor presidente,
Distinguidas damas y caballeros,
Agradezco sinceramente esta oportunidad de hablar en el Bundestag. Se trata de la primera vez que un jefe de Estado ruso recibe una oportunidad de este tipo en toda la historia de las relaciones ruso-alemanas. Este honor, que se me concede hoy, reafirma el interés mutuo de Rusia y Alemania en el diálogo.
Me siento conmovido por esta oportunidad de hablar sobre las relaciones ruso-alemanas, el desarrollo de los lazos entre mi país y la Europa unida, y los problemas de seguridad internacional aquí, en Berlín, una ciudad con un destino difícil, una ciudad que se convirtió en foco de confrontación con casi todo el mundo en más de una ocasión en la historia moderna de la humanidad, pero también una ciudad en la que nunca, ni siquiera en los períodos más oscuros, nadie logró sofocar el espíritu de libertad y humanismo que habían cultivado ya Wilhelm von Humboldt y Lessing.
Tampoco se hizo eso durante los sombríos años de la tiranía de Hitler. Nuestro país venera profundamente la memoria de los heroicos combatientes antinazis.
Rusia siempre ha sentido un cariño especial por Alemania y ha considerado a su país como uno de los principales centros de la cultura europea; una cultura a cuyo desarrollo Rusia también ha contribuido significativamente, una cultura que no ha conocido fronteras y que siempre ha sido nuestro patrimonio común y un factor de unión entre los pueblos.
Por eso, hoy me tomaré la libertad de transmitir la parte principal de mi mensaje en la lengua de Goethe, Schiller y Kant, en alemán.
(Traducción del alemán).
Distinguidas damas y caballeros,
Acabo de hablar de la unidad de la cultura europea. Sin embargo, en el pasado, esa unidad no impidió que se desataran dos guerras terribles en el continente, dos guerras mundiales en un siglo. Tampoco impidió la construcción del Muro de Berlín, el formidable símbolo de la profunda división de Europa.
El Muro de Berlín ya no existe. Fue destruido. Y hoy sería pertinente recordar por qué eso fue posible.
Estoy convencido de que el drástico cambio que se produjo en el mundo, en Europa y en los territorios de la antigua Unión Soviética, habría sido imposible sin las condiciones fundamentales, a saber, sin los acontecimientos que tuvieron lugar en Rusia hace diez años. Estos acontecimientos son importantes para comprender con precisión lo que ocurrió en nuestro país y lo que cabe esperar de Rusia en el futuro.
La respuesta es sencilla. Bajo el influjo de las leyes que regían el desarrollo de la sociedad de la información, la ideología totalitaria estalinista ya no podía oponerse a las ideas de libertad y democracia. El espíritu de estas ideas estaba calando hondo en la inmensa mayoría de los ciudadanos rusos.
Fue la decisión política del pueblo ruso la que permitió a los entonces líderes de la URSS tomar las decisiones que, en última instancia, llevaron a la caída del Muro de Berlín. Fue esa decisión la que amplió infinitamente los límites del humanismo europeo y la que nos permite afirmar que nadie podrá jamás hacer retroceder a Rusia al pasado.
En cuanto a la integración europea, no solo apoyamos estos procesos, sino que los contemplamos con esperanza. Los vemos como un pueblo que ha aprendido muy bien la lección de la Guerra Fría y el peligro de la ideología de la ocupación. Pero aquí, creo que sería pertinente añadir que Europa tampoco se benefició de esa división.
Estoy firmemente convencido de que, en el mundo actual, que cambia rápidamente y que presencia transformaciones demográficas realmente drásticas y un crecimiento económico excepcionalmente alto en algunas regiones, Europa también tiene un interés inmediato en promover las relaciones con Rusia.
Nadie pone en duda el gran valor de las relaciones de Europa con Estados Unidos. Simplemente opino que Europa consolidará su reputación como un centro político mundial fuerte y verdaderamente independiente, de forma sólida y duradera, si logra aunar su propio potencial con el de Rusia, incluyendo sus recursos humanos, territoriales y naturales, así como su potencial económico, cultural y de defensa.
Juntos ya hemos dado los primeros pasos en esa dirección. Ha llegado el momento de reflexionar sobre qué medidas debemos tomar para garantizar que una Europa unida y segura se convierta en el pilar de un mundo unido y seguro.
Distinguidas damas y caballeros,
Hemos avanzado mucho en materia de seguridad en los últimos años. El sistema de seguridad que hemos construido durante las décadas anteriores se ha perfeccionado. Uno de los logros de la última década es la concentración excepcionalmente baja de fuerzas armadas y armamento en Europa Central y el Báltico. Rusia es una nación europea amiga. La paz estable en el continente es un objetivo primordial para nuestro país, que vivió un siglo de catástrofes militares.
Como todos saben, hemos ratificado el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares, el Tratado de No Proliferación Nuclear, la Convención sobre Armas Biológicas y el Tratado START-2. Lamentablemente, no todos los países de la OTAN han seguido nuestro ejemplo.
Pero una vez que nosotros, distinguidos señores y señoras, comencemos a hablar de seguridad, debemos comprender ante todo de quién debemos defendernos y cómo. En este contexto, no puedo dejar de mencionar la catástrofe ocurrida en Estados Unidos el 11 de septiembre. Personas de todo el mundo siguen preguntándose cómo pudo suceder y quién tiene la culpa. Les daré respuestas a estas preguntas.
Creo que todos somos responsables de lo sucedido, y ante todo nosotros, los políticos, a quienes los ciudadanos de a pie de nuestras naciones han confiado su seguridad. Y esto ocurre principalmente porque hasta ahora no hemos sabido reconocer los cambios que se han producido en nuestro mundo durante los últimos diez años y seguimos viviendo en el antiguo sistema de valores: hablamos de colaboración, pero en realidad aún no hemos aprendido a confiar los unos en los otros.
A pesar de las numerosas palabras amables, seguimos enfrentados en secreto. Ahora exigimos lealtad a la OTAN, ahora discutimos sobre la justificación de su ampliación. Y seguimos sin ponernos de acuerdo sobre los problemas de un sistema de defensa antimisiles.
Durante largas décadas del siglo XX, el mundo vivió, en efecto, en condiciones de confrontación entre los dos sistemas, una confrontación que llevó a la humanidad al borde de la aniquilación en más de una ocasión.
Aquello era tan aterrador y nos acostumbramos tanto a vivir con la anticipación de la catástrofe que aún no logramos comprender ni apreciar los cambios que se producen en el mundo actual. Parece que no nos damos cuenta de que el mundo ya no está dividido en dos bandos hostiles.
El mundo se ha vuelto mucho más complejo, distinguidas damas y caballeros.
No queremos o no somos capaces de comprender que la estructura de seguridad construida durante las décadas anteriores, que fue eficaz para neutralizar amenazas pasadas, ya no puede hacer frente a las nuevas amenazas actuales. Con demasiada frecuencia seguimos discutiendo sobre cuestiones que consideramos importantes. Y probablemente lo sigan siendo.
Pero al mismo tiempo, no reconocemos las nuevas amenazas reales y resultamos incapaces de prever los ataques terroristas, ¡y menos aún ataques terroristas tan despiadados!
Cientos de civiles inocentes murieron en los bombardeos de viviendas en Moscú y otras grandes ciudades rusas. Fanáticos religiosos, tras tomar el poder en Chechenia y convertir a ciudadanos comunes en rehenes, lanzaron un descarado ataque armado a gran escala contra la vecina República de Daguestán. Terroristas internacionales han declarado abiertamente su intención de establecer un estado fundamentalista en el territorio entre el Mar Negro y el Mar Caspio: el llamado califato o los Estados Unidos del Islam.
Quisiera dejar claro desde el principio que hablar de una «guerra entre civilizaciones» es inadmisible. Sería un error equiparar a los musulmanes en general con fanáticos religiosos. En nuestro país, por ejemplo, la derrota de los agresores en 1999 fue posible gracias a la valiente y firme resistencia de los habitantes de Daguestán, una república rusa cuya población es prácticamente 100% musulmana.
Poco antes de mi partida a Berlín, me reuní con los líderes religiosos de los musulmanes rusos. Ellos propusieron la iniciativa de convocar una conferencia internacional sobre «El Islam contra el terrorismo» en Moscú. Creo que deberíamos apoyar esta iniciativa.
Hoy nos enfrentamos no tanto al agravamiento de los conocidos problemas internacionales, sino al surgimiento de nuevas amenazas. Rusia está tomando medidas concretas para erigir, junto con algunos países de la CEI, una barrera real contra el tráfico de drogas, el crimen organizado y el fundamentalismo desde Afganistán, a través de Asia Central y el Cáucaso, hacia Europa. El terrorismo, la intolerancia nacional, el separatismo y el extremismo religioso tienen las mismas raíces y producen los mismos frutos venenosos en todas partes. Por eso, los métodos para combatir estos problemas también deberían ser universales.
Pero primero debemos llegar a un acuerdo sobre lo fundamental: no debemos tener miedo de llamar a las cosas por su nombre. Y es sumamente importante comprender que las malas acciones no pueden utilizarse para lograr objetivos políticos, por muy nobles que parezcan.
Naturalmente, el mal debe ser castigado, y estoy de acuerdo con eso. Pero también debemos comprender que ningún ataque de represalia reemplazará una lucha integral, decidida y bien coordinada contra el terrorismo. Coincido plenamente con el presidente de Estados Unidos en este punto.
Creo que la disposición de nuestros socios a aunar esfuerzos para contrarrestar amenazas reales, y no ilusorias, demostrará su seriedad y fiabilidad como aliados. Estas amenazas son perfectamente capaces de extenderse desde las fronteras más remotas de nuestro continente hasta el corazón mismo de Europa. He hablado de ello en más de una ocasión, pero después de lo ocurrido en Estados Unidos, no hace falta demostrar nada.
Pero, ¿qué nos falta hoy para que la cooperación sea eficiente?
A pesar de todos los logros positivos de las últimas décadas, todavía no hemos desarrollado un mecanismo eficaz para trabajar juntos.
Los organismos de coordinación establecidos hasta ahora no ofrecen a Rusia oportunidades reales para participar en la elaboración y toma de decisiones. Hoy en día, las decisiones se toman a menudo, en principio, sin nuestra participación, y solo después se nos insta a apoyarlas. Luego vuelven a hablar de lealtad a la OTAN. Incluso afirman que tales decisiones no pueden implementarse sin Rusia. Preguntémonos: ¿es esto normal? ¿Es esto una verdadera asociación?
Sí, la defensa de los principios democráticos en las relaciones internacionales, la capacidad de encontrar la decisión correcta y la disposición al compromiso son tareas difíciles. Pero fueron los europeos quienes primero comprendieron la importancia de buscar el consenso por encima del egoísmo nacional. ¡Estamos de acuerdo! Todas estas son buenas ideas. Sin embargo, la calidad de las decisiones que se toman, su eficacia y, en última instancia, la seguridad europea e internacional en general, dependen de hasta qué punto logremos hoy traducir estos principios evidentes en política práctica.
Hasta hace poco parecía que pronto surgiría en el continente un verdadero hogar común, un hogar donde los europeos no estarían divididos entre orientales y occidentales, septentrionales y meridionales. Sin embargo, estas divisiones persistirán, principalmente porque nunca nos hemos deshecho por completo de muchos de los estereotipos y clichés de la Guerra Fría.
Hoy debemos afirmar, de una vez por todas, que la Guerra Fría ha terminado. Hemos entrado en una nueva etapa de desarrollo. Comprendemos que sin una arquitectura de seguridad moderna, sólida y sostenible jamás podremos crear un clima de confianza en el continente, y sin ese clima de confianza no puede existir una Gran Europa unida. Hoy debemos renunciar a nuestros estereotipos y ambiciones, y a partir de ahora trabajaremos conjuntamente por la seguridad de los pueblos de Europa y del mundo entero.
Queridos amigos,
Hoy, gracias a Dios, en Europa se habla de Rusia no solo en el contexto de oligarcas, corrupción y mafia. Sin embargo, aún existe una considerable falta de información objetiva sobre Rusia. Puedo afirmar con absoluta seguridad que el objetivo principal de la política interna rusa es, ante todo, garantizar los derechos y libertades democráticas, un nivel de vida digno y la seguridad de la población.
Sin embargo, estimados colegas, recordemos algunos acontecimientos del pasado reciente. Rusia emprendió el arduo camino de la reforma. La magnitud de las tareas que tuvimos que abordar no tiene parangón en la historia. Naturalmente, se cometieron errores. No todos los problemas se han resuelto, pero hoy Rusia es una parte bastante dinámica del continente europeo. Además, su dinamismo no se limita al ámbito político, sino que también se extiende al económico, lo cual resulta especialmente alentador. La estabilidad política en Rusia está garantizada por diversos factores económicos, entre los que destaca uno de los sistemas tributarios más liberales del mundo. Nuestro impuesto sobre la renta es del 13% y el impuesto sobre beneficios del 24%, y esto es real. El año pasado, nuestro crecimiento económico fue del 8%. Este año esperábamos un crecimiento de tan solo el 4%, pero lo más probable es que alcancemos alrededor del 6%, digamos entre el 5,5% y el 5,7%. Ya veremos.
Al mismo tiempo, estoy convencido de que solo una cooperación paneuropea a gran escala e igualitaria permitirá lograr un progreso cualitativo en la resolución de problemas como el desempleo, la contaminación ambiental y muchos otros.
Estamos comprometidos con una estrecha cooperación comercial y económica. En un futuro próximo, tenemos la intención de ingresar en la Organización Mundial del Comercio. Contamos con el apoyo de las organizaciones internacionales y europeas para nuestra candidatura.
Quisiera llamar su atención sobre algunos aspectos que ustedes, como parlamentarios, sin duda comprenderán mejor y que no pueden descartarse como mera propaganda. De hecho, nuestra nación ha experimentado una revisión de prioridades y valores.
El gasto en necesidades sociales encabeza el presupuesto consolidado de 2002. Y quisiera destacar específicamente que, por primera vez en la historia de Rusia, el gasto en educación ha superado el gasto en defensa.
Estimados colegas,
Permítanme decir unas palabras sobre las relaciones ruso-alemanas. Quisiera profundizar en este tema por separado. Las relaciones ruso-alemanas son tan antiguas como nuestras naciones. Las primeras tribus germánicas aparecieron en territorio ruso a finales del siglo I. A finales del siglo XIX, los alemanes eran el noveno grupo étnico más numeroso de Rusia. Pero lo importante no es solo la cantidad, sino el papel que desempeñaron estas personas en el desarrollo del país y en las relaciones ruso-alemanas. Eran campesinos y comerciantes, intelectuales, militares y políticos.
El historiador alemán Michael Stuermer observó: «Rusia y Estados Unidos están separados por océanos, mientras que Rusia y Alemania están separadas por una gran historia». Yo diría que la historia, al igual que los océanos, no solo divide, sino que también une. Lo importante es interpretar correctamente esta historia.
Como buen vecino de Occidente, Alemania solía simbolizar para los rusos Europa, la cultura europea, el intelecto técnico y el ingenio empresarial. No es de extrañar que, en el pasado, todos los europeos fueran conocidos como alemanes en Rusia, y que el asentamiento europeo en Moscú se conociera como la Aldea Alemana.
Naturalmente, las influencias culturales de ambos pueblos fueron recíprocas. Muchas generaciones de alemanes y rusos estudiaron y siguen disfrutando de las obras de Goethe, Dostoievski y León Tolstói. Nuestros pueblos se comprenden muy bien, como lo demuestran las magníficas traducciones rusas de autores alemanes. Estas reproducen fielmente el texto y conservan el ritmo narrativo, el tono y la belleza del original. Un ejemplo de ello es la traducción de Doctor Fausto de Boris Pasternak.
Damas y caballeros,
Nuestra historia tiene diferentes capítulos, algunos bastante dolorosos, sobre todo los del siglo XX. Pero en el pasado a menudo actuamos como aliados.
Las relaciones entre las dos naciones europeas se veían reforzadas periódicamente por las uniones matrimoniales entre dinastías.
En general, las mujeres desempeñaron un papel especial en nuestra historia. Recordemos, por ejemplo, a la hija del Gran Duque Luis IV de Hesse-Darmstadt, conocida en Rusia como la Princesa Isabel. Tras el asesinato de su esposo, fundó un convento y, durante la Primera Guerra Mundial, cuidó a soldados heridos, tanto rusos como alemanes. En 1918 fue ejecutada por los bolcheviques, pero recientemente fue rehabilitada y canonizada para que todos la honren. Un monumento en su honor se alza hoy en el corazón de Moscú. Tampoco debemos olvidar a la Princesa Sofía Augusta Federica de Anhalt-Zerbst, quien hizo una contribución única a la historia rusa. Los rusos comunes la llamaban Madre, pero pasó a la historia como la Emperatriz Catalina la Grande.
La Alemania actual es el principal socio económico de Rusia, nuestro acreedor más importante, uno de los principales inversores y un interlocutor clave en los debates sobre política internacional.
Les daré un ejemplo: el año pasado, el comercio entre nuestros países alcanzó un récord histórico de 41.500 millones de marcos. Esto se compara con el comercio total de la Unión Soviética con ambos estados alemanes. ¿Podemos conformarnos con esto y relajarnos? No lo creo. La cooperación ruso-alemana aún tiene un gran potencial de desarrollo.
Estoy convencido de que hoy abrimos una nueva página en nuestras relaciones bilaterales, contribuyendo así conjuntamente a la construcción de una casa común europea.
Para concluir, quisiera citar las palabras que antaño describían a Alemania y su capital. Quisiera aplicar esta idea a Rusia y decir: por supuesto, estamos al comienzo del camino hacia la construcción de una sociedad democrática y una economía de mercado. Existen barreras y obstáculos en ese camino que debemos superar. Sin embargo, si dejamos de lado los problemas objetivos y nuestras propias torpezas ocasionales, veremos latir el fuerte y vibrante corazón de Rusia. Y este corazón está abierto a la verdadera cooperación y colaboración.
El canciller Gerhard Schröder saluda a Vladimir Putin en Berlín el 25 de septiembre de 2001, con motivo de su discurso en el Bundestag
Oportunidad rechazada
Al final, debido a la reacción de las élites, a todos les quedó claro que habría una confrontación.
En los años recientes, algunos políticos alemanes recordaron ese discurso como el momento en que pudo haber sido una oportunidad de entendimientos.
Armin-Paulus Hampel, que fue diputado del Bundestag por AfD, habló explícitamente de la experiencia de Putin en el Bundestag en 2001. En una entrevista con Deutschlandfunk recordó que él mismo estaba entonces en la tribuna de prensa y dijo que Putin había tendido “ambas manos” a Alemania, añadiendo que Occidente había decepcionado esas expectativas durante los años siguientes.
Gregor Gysi, de Die Linke, dijo en el Bundestag, en febrero de 2022, apenas iniciado el conflicto, que “Putin hoy es indudablemente más negativo que antes. Pero en 2001 habló aquí en el Bundestag y ofreció cooperación en todos los ámbitos, y Occidente fue demasiado arrogante para aceptarlo.” Hubo aplausos en ese momento de Die Linke y también de diputados de AfD.
En una entrevista del 21 de agosto de 2023 con el periódico suizo Blick, el político de AfD, Björn Höcke, explicó su postura sobre la guerra en Ucrania. Según él, Rusia no era la única culpable del conflicto. «Sé que los medios occidentales quieren presentar a Putin como el nuevo Hitler. Pero hay que reconocer que hubo décadas de mala gestión que culminaron en la guerra», añadió Höcke.
«Alemania y Rusia son socios naturales en Europa: tecnología alemana y materias primas rusas. Juntos seríamos imbatibles». En su discurso, Putin hizo especial hincapié en las relaciones germano-rusas.
Höcke también abogó por una ruptura con EEUU. «Si Europa quiere la paz, debemos separarnos de los estadounidenses. Los intereses de EEUU no son los intereses de Europa», afirmó Höcke.

El problema de la OTAN se ampliaba
La primera gran ampliación postsoviética ya había ocurrido en 1999, cuando entraron Polonia, Hungría y la República Checa. Y EEUU fue el principal impulsor político de ese proceso especialmente durante la presidencia de Bill Clinton (1993-2001).
La Administración Clinton convirtió la ampliación de la OTAN hacia las democracias de Europa central y oriental en una política estratégica. En 1994, Clinton pidió explícitamente que la OTAN comenzara un proceso de incorporación de las nuevas democracias de Europa central y oriental.
En 1997, durante la cumbre de Madrid, EEUU apoyó decididamente la invitación a Polonia, Hungría y República Checa, que finalmente ingresaron en marzo de 1999. El propio gobierno estadounidense describía posteriormente ese proceso como una iniciativa que la Administración Clinton había liderado.
En 1998 no había fronteras comunes de la OTAN en Europa del Este. En 1999 se incorporó a Polonia, en 2004 a los países bálticos: exclusivamente para extender las fronteras de la OTAN hacia Rusia. Estratégicamente, los países bálticos no tienen sentido en esta alianza, salvo como un conveniente puesto avanzado justo en la valla fronteriza rusa.
Cuando Putin habló ante el Bundestag el 25 de septiembre de 2001, la situación era bastante peculiar. La OTAN tenía entonces 19 miembros después de la entrada de Polonia, Hungría y República Checa en 1999.
Y ya estaba preparándose la siguiente ampliación. En abril de 1999, la OTAN había creado el Membership Action Plan (MAP), un mecanismo para preparar a los candidatos. Entre los países que participaban estaban precisamente Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia.
De hecho, apenas unos días después del discurso de Putin, el 3 de octubre de 2001, el presidente ruso se reunió con el Secretario General de la OTAN, George Robertson. Robertson reconoció abiertamente que habría una nueva ampliación al año siguiente, aunque todavía no se había decidido cuántos países serían invitados.
En noviembre de 2002, en la cumbre de Praga, la OTAN invitó a Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia a iniciar negociaciones. Los siete entrarían en 2004.
Aún así, todo fue a mal desde el primer momento, ya que una década atrás, el 9 de febrero de 1990, el Secretario de Estado estadounidense James Baker se reunió con Mijaíl Gorbachov en Moscú. Durante esa conversación, Baker planteó qué ocurriría si una Alemania reunificada permaneciera dentro de la OTAN. Según el memorando estadounidense de la conversación, Baker preguntó a Gorbachov:
¿Preferiría una Alemania unificada fuera de la OTAN, independiente y sin fuerzas estadounidenses, o vinculada a la OTAN con garantías de que la jurisdicción o las tropas de la OTAN no se moverían hacia el este de su posición actual?
Gorbachov respondió que una expansión de la jurisdicción de la OTAN hacia el este sería inaceptable.
Baker posteriormente intento desligarse de sus dichos, diciendo que estaba hablando de la jurisdicción militar de la OTAN sobre Alemania Oriental, no haciendo una promesa general de que ningún Estado de Europa oriental podría ingresar algún día en la Alianza.
El canciller alemán Helmut Kohl, el Ministro de Exteriores alemán Hans-Dietrich Genscher, Baker y otros dirigentes occidentales utilizaron durante aquellas negociaciones distintas fórmulas que transmitían a los soviéticos que la OTAN no avanzaría militarmente hacia el territorio de Alemania Oriental.
Genscher, por ejemplo, pronunció el famoso discurso de Tutzing el 31 de enero de 1990, en el que dijo que la cuestión de los cambios en Europa y de la reunificación alemana debía tener en cuenta los intereses de seguridad soviéticos.
El problema es que el Tratado Dos más Cuatro firmado en septiembre de 1990 no contiene una prohibición general de expansión de la OTAN hacia Europa oriental, y hoy la historia nos muestra que el mundo está al borde de una nueva Guerra Mundial a causa de las falsas promesas, los rechazos a Rusia y las ambiciones del occidente globalista.




