La nueva postura fue expuesta por el coronel Carl Bergqvist, jefe de la Escuela de Combate Aéreo de las Fuerzas Armadas suecas, quien explicó que Estocolmo está abandonando progresivamente una concepción exclusivamente defensiva de la guerra aérea. El principio es sencillo pero estratégico: si Rusia inicia una agresión, Suecia debe tener la capacidad de atacar los sistemas que permiten a Moscú mantener esa ofensiva.
“Pasar a la ofensiva tendrá un precio”, es la idea central transmitida por Bergqvist. La lógica sueca es que una eventual agresión contra el país no debe convertirse en una guerra en la que Rusia pueda atacar desde sus propias bases mientras Suecia se limita a defenderse. La respuesta sueca podría alcanzar aeródromos, centros de mando, depósitos logísticos y otras instalaciones militares utilizadas para sostener una ofensiva.
Esto supone un cambio notable respecto del modelo tradicional de defensa sueco. Durante décadas, Suecia desarrolló una doctrina basada en la dispersión de sus fuerzas y en la capacidad de sobrevivir a un primer ataque, incluso operando sus aviones desde instalaciones improvisadas y tramos de carretera especialmente preparados. El objetivo era impedir que un adversario pudiera destruir la Fuerza Aérea sueca en tierra mediante un ataque inicial.
Ahora esa capacidad de supervivencia se combina con una segunda premisa: sobrevivir al primer golpe para después atacar al adversario en profundidad.
El principal instrumento de esta estrategia continúa siendo el JAS 39 Gripen, diseñado desde sus orígenes para operar en condiciones de dispersión y desde pistas relativamente pequeñas. Suecia considera que esta característica adquiere especial importancia frente a una potencia capaz de lanzar ataques de largo alcance contra sus principales bases aéreas.
Pero la transformación no depende únicamente de los aviones. Estocolmo está ampliando también su capacidad de ataque a larga distancia mediante misiles y sistemas terrestres, creando una arquitectura que permitiría golpear objetivos situados muy por detrás de una eventual línea de combate.
Uno de los elementos más importantes es la incorporación de misiles de crucero. Suecia ha avanzado en la integración del Taurus KEPD 350, un sistema de ataque de largo alcance destinado contra objetivos terrestres. A esto se suma el interés sueco por adquirir capacidades todavía mayores: documentos de planificación contemplan sistemas de ataque con alcances que podrían llegar aproximadamente a 2.000 kilómetros.
La importancia geográfica de esta decisión es considerable. Estocolmo y Moscú se encuentran a aproximadamente 1.200 kilómetros de distancia, por lo que una capacidad de alrededor de 2.000 kilómetros permitiría, en términos puramente geográficos, alcanzar objetivos situados profundamente dentro de Rusia. Esto no significa que Suecia esté anunciando planes para atacar Moscú ni que exista una decisión de hacerlo. El objetivo declarado es disponer de una capacidad de ataque suficientemente profunda para dificultar una eventual ofensiva rusa.
La misma lógica está apareciendo en las fuerzas terrestres. Suecia también está incorporando HIMARS, cuyos sistemas de ataque permiten alcanzar objetivos situados a gran distancia. La doctrina que se está desarrollando contempla emplear estas capacidades contra depósitos, centros logísticos y otros objetivos militares que sostengan una ofensiva.
El cambio está directamente relacionado con las lecciones extraídas de la guerra de Ucrania. Una de las conclusiones que los estrategas suecos han observado es que la supervivencia de la Fuerza Aérea ucraniana durante las primeras fases de la invasión rusa fue fundamental para impedir que Moscú consiguiera una superioridad aérea completa. La dispersión de aviones y sistemas de defensa permitió preservar capacidades militares incluso después de los primeros ataques rusos.
Suecia busca trasladar esa experiencia a su propio modelo defensivo, pero añadiendo una dimensión ofensiva mucho más marcada. El concepto podría resumirse de la siguiente manera: dispersarse para sobrevivir, localizar al adversario y atacar las estructuras que permiten que continúe atacando.
La transformación adquiere todavía mayor relevancia desde la entrada de Suecia en la OTAN en marzo de 2024. El país dejó atrás su tradicional política de no alineamiento militar y pasó a formar parte integral de la defensa colectiva del norte de Europa.
La posición geográfica sueca convierte al país en una pieza importante para la estrategia de la Alianza en el Báltico y el norte europeo. Suecia comparte una extensa frontera marítima con el espacio báltico y se encuentra estratégicamente situada entre Noruega, Finlandia y los países bálticos. En un eventual conflicto entre Rusia y la OTAN, sus aeródromos, puertos, sensores y fuerzas aéreas podrían desempeñar un papel relevante en las operaciones aliadas.
Por esa razón, la nueva doctrina sueca no debe interpretarse únicamente como un asunto bilateral entre Estocolmo y Moscú. La capacidad sueca para atacar objetivos situados en profundidad también forma parte de la creciente militarización defensiva del flanco norte de la OTAN.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental que Estocolmo intenta mantener clara: la doctrina se presenta como una respuesta a una agresión, no como una estrategia de ataque preventivo contra Rusia. La idea no es afirmar que Suecia pretende iniciar una guerra contra Moscú, sino que cualquier Estado que ataque Suecia debe asumir que sus propias capacidades militares podrían convertirse en objetivos.
La consecuencia estratégica es significativa. Una guerra futura en el norte de Europa ya no sería concebida necesariamente como una sucesión de ataques contra el territorio sueco mientras sus fuerzas intentan resistir. Suecia pretende disponer de los medios para trasladar inmediatamente parte de la presión militar hacia el territorio y las infraestructuras utilizadas por el agresor.
Este cambio refleja una transformación más amplia en Europa septentrional. Finlandia, Suecia, Noruega y los países bálticos están reforzando capacidades destinadas no solamente a resistir una invasión, sino también a hacer extremadamente difícil que un adversario pueda mantener una campaña militar prolongada.
La estrategia busca que el cálculo militar ruso tenga en cuenta una nueva variable: atacar Suecia significaría exponerse a ataques contra las propias capacidades que sostienen la ofensiva.




