Introducción: ¿Occidente quiere realmente fragmentar Rusia?
Existe una afirmación recurrente en el debate geopolítico contemporáneo según la cual Estados Unidos y determinados sectores políticos e intelectuales de Europa desearían ver a Rusia fragmentada territorialmente y gobernada por autoridades diferentes a las actuales. Presentada de manera simplificada, la tesis sostiene que Washington y sus aliados tendrían interés en transformar a Rusia en un conjunto de entidades políticas más pequeñas, menos centralizadas y, en consecuencia, incapaces de proyectar el poder militar que históricamente caracterizó al Estado ruso.
La realidad es bastante más compleja.
No puede hablarse de una política oficial y unificada de Estados Unidos, la Unión Europea o la OTAN destinada a desmembrar la Federación Rusa. De hecho, durante el final de la Unión Soviética, Washington tuvo razones importantes para preocuparse precisamente por la posibilidad de una desintegración descontrolada. El Departamento de Estado estadounidense señala que, en 1991, la administración de George H. W. Bush evaluó simultáneamente opciones que iban desde apoyar a Mijaíl Gorbachov para evitar la desintegración hasta respaldar a Boris Yeltsin y a las repúblicas en una eventual reestructuración o ruptura controlada. La principal preocupación era impedir una catástrofe nuclear y contener la violencia étnica.
Sin embargo, existe otra realidad igualmente importante: sí hay sectores del pensamiento estratégico occidental que consideran que una Rusia menos centralizada, menos imperial y menos capaz de dominar a sus vecinos favorecería los intereses occidentales. Algunos hablan de cambio de régimen; otros, de federalización; otros, de “descolonización”; y algunos han estudiado explícitamente escenarios de fragmentación.
El Council on Foreign Relations, por ejemplo, analizó un escenario de sucesión en Rusia denominado precisamente “fragmentation scenario”. El estudio sostiene que una erosión del poder federal podría disminuir el peso internacional de Rusia y beneficiar a Ucrania y a Occidente, aunque advierte simultáneamente que la pérdida del monopolio federal sobre la violencia podría producir una situación extremadamente peligrosa debido a las armas nucleares y otros activos militares.
La cuestión, por lo tanto, no es simplemente si “Occidente quiere destruir Rusia”. La cuestión más interesante es otra: ¿por qué determinados estrategas occidentales podrían considerar beneficioso que Rusia dejara de ser una gran potencia centralizada?
La respuesta tiene dimensiones históricas, geopolíticas, militares y económicas.
I. La cuestión fundamental: Rusia como potencia continental
Desde una perspectiva geopolítica clásica, Rusia posee una característica excepcional: su enorme extensión territorial le permite combinar recursos naturales, profundidad estratégica, población, industria, agricultura, capacidad militar y acceso a varios espacios geográficos.
Rusia no es simplemente un Estado europeo con una gran superficie. Es simultáneamente una potencia europea, ártica, caucásica, centroasiática y del Pacífico.
Eso produce un fenómeno que durante siglos preocupó a las potencias rivales: cuando el poder central ruso se encuentra suficientemente consolidado, Moscú puede proyectar influencia sobre enormes espacios sin necesidad de poseer directamente todos ellos.
El Imperio ruso avanzó hacia el Báltico, el mar Negro, el Cáucaso, Asia Central y Siberia. La Unión Soviética llevó esa lógica a una escala todavía mayor. Después de 1991, Rusia perdió gran parte de aquel espacio, pero conservó una masa territorial extraordinaria y, sobre todo, un arsenal nuclear y un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Para determinados estrategas occidentales, el problema no es simplemente Vladimir Putin. El problema sería la estructura geopolítica que permite que un único gobierno controle una masa territorial gigantesca y una combinación extraordinaria de recursos y capacidades militares.
Por eso algunos análisis distinguen entre “cambio de régimen” y “transformación estructural”.
Cambiar a Putin por otro dirigente no necesariamente modificaría la posición geopolítica fundamental de Rusia. Una Rusia democrática pero altamente centralizada podría continuar siendo una gran potencia nuclear, energética y militar con intereses propios en Europa, el Ártico, el Cáucaso y Asia.
Una Rusia federalizada, descentralizada o dividida sería otra cuestión.
II. La raíz histórica: el temor al regreso del imperio
Una de las claves para comprender esta perspectiva está en la experiencia posterior a 1991.
Cuando desapareció la Unión Soviética, no desapareció simplemente un régimen comunista. Desapareció una estructura imperial que había controlado Europa oriental, el Cáucaso, Ucrania, Bielorrusia, Asia Central y otras regiones.
El Estado ruso heredó gran parte del aparato militar, económico y diplomático soviético.
Para muchos estrategas occidentales apareció entonces una pregunta fundamental: ¿Rusia se convertiría definitivamente en un Estado-nación europeo o intentaría reconstruir una esfera de influencia alrededor de sus fronteras?
Zbigniew Brzezinski formuló una de las versiones más influyentes de esta visión en The Grand Chessboard, publicado en 1997. Para Brzezinski, Ucrania constituía una pieza geopolítica fundamental porque su independencia limitaba la posibilidad de que Moscú reconstruyera un imperio euroasiático. En su análisis, una Rusia sin Ucrania seguiría siendo una potencia importante, pero tendría muchas más dificultades para reconstruir un imperio comparable al soviético.
Esta concepción es fundamental porque permite comprender algo que a menudo se pierde en las discusiones contemporáneas: para ciertos estrategas occidentales, el objetivo no necesariamente es destruir Rusia, sino impedir que Rusia vuelva a convertirse en un imperio continental dominante.
La diferencia es considerable.
Una Rusia que conserva sus fronteras pero abandona una política imperial puede coexistir con Occidente.
Una Rusia que recupera una esfera de influencia sobre Ucrania, Bielorrusia, el Cáucaso y Asia Central altera profundamente el equilibrio de poder europeo.
III. Ucrania como pieza central
Desde esta perspectiva, Ucrania posee una importancia extraordinaria.
La independencia ucraniana redujo la profundidad estratégica rusa hacia Europa y eliminó la posibilidad de que Moscú controlara directamente una enorme población, una importante base industrial y una posición privilegiada en el mar Negro.
Brzezinski llegó a considerar que una Rusia que recuperara Ucrania dispondría nuevamente de condiciones mucho más favorables para convertirse en una gran potencia imperial euroasiática.
Esta idea ayuda a explicar por qué, para determinados estrategas occidentales, la cuestión ucraniana es mucho más que una disputa territorial.
Desde esa perspectiva, el resultado de la guerra puede determinar si Rusia conserva la capacidad de reconstruir una esfera de influencia regional o si emerge como una potencia territorial considerable pero más limitada.
De allí surge una segunda idea: debilitar la capacidad rusa de imponer su voluntad sobre sus vecinos puede ser considerado más importante que cambiar personalmente al gobernante del Kremlin.
IV. El argumento económico: Rusia como superpotencia de materias primas
Existe además una dimensión económica.
Rusia posee enormes reservas de petróleo, gas natural, carbón, minerales, metales y otros recursos estratégicos.
Durante décadas, Europa occidental construyó una profunda relación energética con Rusia. Alemania, Italia y otros países dependieron considerablemente del gas ruso, mientras Rusia obtenía ingresos y mercados europeos.
La relación creó una interdependencia paradójica: Europa necesitaba energía rusa y Rusia necesitaba compradores europeos.
El conflicto posterior a 2022 rompió gran parte de ese modelo.
Pero desde una perspectiva estratégica occidental, una Rusia descentralizada podría generar una situación completamente diferente.
En teoría, si determinadas regiones productoras de recursos obtuvieran mayor autonomía, podrían negociar directamente con empresas y mercados extranjeros. Siberia, el Extremo Oriente ruso, el Ártico y determinadas regiones mineras poseen recursos de enorme importancia económica.
Esto explica por qué el concepto de “descolonización de Rusia” aparece en algunos círculos intelectuales.
La hipótesis sería que Moscú utiliza los recursos periféricos para financiar el poder del centro, mientras que una estructura más federal permitiría que una parte mayor de la riqueza permaneciera en las regiones productoras.
Sin embargo, esta hipótesis tiene una dificultad enorme: los recursos naturales no son simplemente económicos; son instrumentos de poder geopolítico.
Una fragmentación podría abrir mercados, pero también podría provocar guerras por oleoductos, puertos, ferrocarriles, instalaciones militares, recursos minerales y fronteras.
V. Siberia: el gigantesco argumento económico
Siberia ocupa un lugar especial en esta discusión.
La región contiene enormes reservas de petróleo, gas, carbón, oro, níquel, cobre, diamantes y otros minerales. Además, su posición geográfica la convierte en un espacio estratégico entre Europa y Asia.
Desde una perspectiva puramente económica, una Rusia menos centralizada podría facilitar hipotéticamente la participación extranjera en proyectos regionales.
Pero existe aquí un segundo actor que hace que la cuestión sea mucho más compleja: China.
Una eventual fragmentación rusa no produciría automáticamente una Siberia orientada hacia Occidente.
De hecho, determinados territorios del Extremo Oriente ruso tienen una proximidad económica y geográfica mucho mayor con China, Corea del Sur y Japón que con Europa.
Por ello, una desintegración rusa podría terminar aumentando la influencia asiática sobre los recursos rusos en lugar de aumentar la influencia estadounidense o europea.
Ésta es una de las principales razones por las que incluso estrategas partidarios de debilitar la capacidad rusa deben considerar cuidadosamente el riesgo de que el vacío de poder sea ocupado por China.
VI. La cuestión militar: reducir una amenaza nuclear
El argumento militar es probablemente el más importante.
Rusia posee el mayor o uno de los mayores arsenales nucleares del mundo y conserva una estructura militar capaz de amenazar directamente a Europa.
Desde la perspectiva de la OTAN, Rusia es actualmente considerada la amenaza directa más importante para la seguridad de la Alianza. Documentos recientes de la OTAN describen el deterioro de la relación desde 2022 y justifican un considerable aumento de las capacidades militares europeas.
El Atlantic Council, por ejemplo, ha planteado una estrategia destinada a derrotar la agresión rusa en Ucrania, contener la influencia rusa y reducir la capacidad y voluntad de Moscú para perseguir sus objetivos revisionistas.
Aquí aparece una distinción crucial.
Reducir la capacidad militar rusa no implica necesariamente querer fragmentar Rusia.
Un Estado ruso más pequeño podría ser militarmente menos poderoso, pero una fragmentación descontrolada podría producir justamente el escenario que Occidente menos desea: múltiples centros de poder con acceso a armas nucleares.
El propio análisis del Council on Foreign Relations reconoce esta paradoja. Según ese estudio, la fragmentación podría debilitar la posición internacional rusa, pero también podría generar incertidumbre sobre el control de las armas nucleares y multiplicar los centros de violencia.
Por eso, desde un punto de vista estrictamente estratégico, existe una diferencia enorme entre:
Rusia debilitada pero intacta
y
Rusia desintegrada.
La primera puede ser considerada por algunos gobiernos como un objetivo estratégico.
La segunda puede convertirse en una pesadilla.
VII. El precedente de los años noventa: Rusia casi experimentó una descentralización profunda
La posibilidad de fragmentación no es completamente hipotética.
Durante los primeros años posteriores a la caída de la Unión Soviética, la Federación Rusa estuvo mucho más descentralizada de lo que suele recordarse.
El Tratado Federal de 1992 otorgó importantes poderes a las repúblicas y estableció una estructura federal asimétrica. Tatarstán y Chechenia se negaron inicialmente a aceptar el acuerdo, mientras otras regiones negociaron condiciones particulares con Moscú.
Entre 1994 y 1998 proliferaron acuerdos bilaterales entre Moscú y las regiones. Según investigaciones sobre el federalismo ruso, llegaron a existir decenas de tratados que concedían distintos grados de autonomía política y económica.
La expresión utilizada durante aquella época —“la guerra de las soberanías”— describe bastante bien la situación.
Yeltsin llegó a utilizar una frase célebre dirigida a las regiones: que tomaran tanta soberanía como pudieran “tragar”.
El problema fue que esa descentralización tenía límites.
Chechenia intentó avanzar hacia la independencia completa y la situación terminó desembocando en una guerra.
El Kremlin posteriormente reconstruyó progresivamente el poder central.
VIII. Putin y la recentralización
La llegada de Vladimir Putin significó, entre otras cosas, una fuerte recentralización del Estado.
La estructura federal continuó existiendo formalmente, pero el poder político y financiero se concentró progresivamente en Moscú.
Desde el punto de vista de quienes desean una Rusia más descentralizada, ésta es precisamente una de las características que consideran problemática.
Un análisis reciente del Centre for Eastern Studies sostiene que una de las vulnerabilidades estructurales del sistema ruso es precisamente la combinación de personalización del poder y centralización estatal. Según ese análisis, los gobernadores regionales dependen fuertemente del centro federal y la estructura política dificulta la aparición de centros autónomos de poder.
La lógica estratégica es relativamente sencilla:
si el poder ruso depende enormemente del Kremlin, entonces una transformación del Kremlin puede transformar el comportamiento de todo el Estado.
Si, en cambio, Rusia tuviera instituciones regionales mucho más independientes, sería más difícil que Moscú movilizara recursos nacionales para una política exterior agresiva.
IX. La dimensión política: democracia, instituciones y previsibilidad
Existe también un argumento ideológico, aunque conviene separar ideología de estrategia.
Una parte del pensamiento occidental considera que una Rusia democrática, federal y jurídicamente institucionalizada sería menos propensa a utilizar la fuerza contra sus vecinos.
Esta hipótesis se apoya parcialmente en la llamada teoría de la paz democrática, aunque su aplicación al caso ruso es objeto de debate.
La lógica sería que gobiernos sometidos a elecciones competitivas, parlamentos efectivos, prensa independiente, tribunales relativamente autónomos y gobiernos regionales con competencias reales tendrían más restricciones internas para emprender guerras prolongadas.
Pero existe una objeción importante.
La democratización no garantiza automáticamente una política exterior favorable a Occidente.
Una Rusia democrática podría continuar siendo nacionalista.
Podría continuar reclamando Crimea.
Podría continuar oponiéndose a la expansión de la OTAN.
Podría continuar defendiendo intereses propios en el Cáucaso y Asia Central.
Por eso, para algunos estrategas, el cambio de régimen es insuficiente.
El verdadero objetivo sería modificar las estructuras que permiten a Moscú ejercer poder continental.
X. La teoría de las “muchas Rusias”
Aquí aparece la versión más radical de la hipótesis.
Algunos intelectuales y movimientos políticos sostienen que la Federación Rusa contiene numerosas identidades regionales y nacionales que históricamente han sido subordinadas a Moscú.
Entre ellas están Tatarstán, Bashkortostán, Chechenia, Daguestán, Yakutia/Sajá, Buriatia, Tuva y otras repúblicas.
La idea de “descolonización” sostiene que varias de estas regiones podrían desarrollar una identidad política propia si el poder central se debilitara.
No necesariamente significaría que todas se independizarían.
Podría producirse algo parecido a una confederación, una federación extremadamente descentralizada o una serie de Estados independientes.
Desde el punto de vista occidental, una transformación semejante tendría una consecuencia evidente: Moscú dejaría de ser capaz de representar por sí solo todo el poder territorial ruso.
Pero aquí nuevamente aparece el problema de la incertidumbre.
No sabemos si las poblaciones de esas regiones realmente desean independizarse.
La existencia de identidades étnicas diferentes tampoco significa automáticamente voluntad separatista.
Además, muchas regiones dependen económicamente del presupuesto federal.
Por eso no es correcto transformar la existencia de repúblicas étnicas en una predicción automática de desintegración.
XI. El factor chino
Paradójicamente, la fragmentación de Rusia podría ser considerada atractiva desde determinados puntos de vista occidentales y al mismo tiempo extremadamente peligrosa.
La razón es China.
Una Rusia debilitada perdería capacidad para equilibrar a Beijing en Asia.
Actualmente Rusia y China mantienen una relación estratégica que ha adquirido enorme importancia desde la invasión de Ucrania.
Si Rusia se fragmentara, China podría encontrarse frente a una enorme frontera con Estados mucho más pequeños y económicamente dependientes de Beijing.
Siberia y el Extremo Oriente adquirirían una importancia extraordinaria.
Desde esta perspectiva, una Rusia demasiado débil podría crear exactamente el problema contrario al que Occidente pretende resolver: la aparición de una China relativamente más poderosa en Eurasia.
Por eso una estrategia occidental racional tendría razones para preferir, al menos en teoría, una Rusia territorialmente intacta pero menos agresiva antes que una desintegración caótica.
XII. El Ártico
Existe además otro factor que en los próximos decenios podría adquirir todavía mayor importancia: el Ártico.
Rusia posee una enorme fachada ártica y controla buena parte de la infraestructura de la Ruta Marítima del Norte.
La región contiene hidrocarburos, minerales y rutas marítimas potencialmente estratégicas.
Una Rusia centralizada puede coordinar militarmente toda esa infraestructura.
Una Rusia fragmentada tendría mayores dificultades para hacerlo.
Desde la perspectiva de Estados Unidos, Canadá, Noruega y otros países del Ártico, una reducción del poder militar ruso en esa región tendría beneficios estratégicos.
Pero nuevamente aparece China, que posee una estrategia propia respecto del Ártico.
La fragmentación rusa podría crear un vacío que Beijing estaría en condiciones de aprovechar económicamente.
XIII. El argumento de los recursos: ¿Quién controlaría Siberia?
Esta cuestión permite comprender la dimensión económica más profunda.
Rusia es, en cierto sentido, una anomalía geopolítica: concentra una parte extraordinaria de los recursos naturales del planeta dentro de un solo Estado soberano.
Para un estratega occidental que piensa en términos de seguridad energética, cadenas de suministro y minerales críticos, una Rusia descentralizada podría representar una multiplicación de interlocutores.
Pero eso también tendría un costo.
Actualmente, Moscú puede garantizar jurídicamente la propiedad, transporte y exportación de los recursos.
Si surgieran múltiples Estados, aparecerían disputas sobre:
las fronteras;
los oleoductos;
las rutas ferroviarias;
los puertos;
las reservas de gas;
los yacimientos mineros;
las centrales nucleares;
las instalaciones militares;
las deudas internacionales;
y la propiedad de empresas estatales.
La riqueza potencial sería enorme, pero también lo sería el riesgo.
XIV. El precedente soviético demuestra ambas posibilidades
La caída de la Unión Soviética ofrece un ejemplo particularmente interesante.
Desde el punto de vista occidental, 1991 fue un éxito geopolítico extraordinario: desapareció una superpotencia rival, terminó la Guerra Fría y numerosas repúblicas obtuvieron independencia.
Pero también fue una de las mayores crisis económicas y sociales de la historia contemporánea.
Rusia heredó enormes problemas financieros. Según el análisis histórico del FMI, cuando la Federación Rusa emergió como Estado sucesor tenía aproximadamente 66.000 millones de dólares de deuda externa y reservas de oro y divisas de apenas algo más de 2.000 millones.
El proceso de transformación económica fue traumático.
Por eso existe una ironía histórica: la fragmentación de la Unión Soviética fue geopolíticamente beneficiosa para Occidente en numerosos aspectos, pero la debilidad extrema de Rusia durante los años noventa también contribuyó a crear las condiciones políticas que posteriormente facilitaron el ascenso de Putin.
Una Rusia humillada, empobrecida y políticamente caótica no se convirtió necesariamente en una Rusia permanentemente occidentalizada.
Terminó produciendo, con el tiempo, una reacción nacionalista y centralizadora.
XV. Por qué algunos estrategas prefieren “debilitar” antes que “destruir”
Ésta probablemente sea la distinción más importante de todo el debate.
Para un estratega occidental, el escenario ideal —si se acepta la premisa de que Rusia constituye una amenaza— no necesariamente sería una guerra civil rusa.
Podría ser algo mucho más limitado:
Rusia conserva sus fronteras.
Mantiene sus armas nucleares bajo un mando estatal único.
Renuncia a expandir su esfera de influencia.
Reduce sus fuerzas convencionales.
Abandona una política exterior revisionista.
Acepta la soberanía de sus vecinos.
Descentraliza parcialmente su sistema político.
Desarrolla instituciones más previsibles.
Mantiene relaciones económicas con Europa y Asia.
En ese escenario, Occidente obtendría muchos de los beneficios estratégicos que produciría una Rusia debilitada sin asumir los riesgos gigantescos de una desintegración.
De hecho, el análisis del CFR sobre los posibles escenarios posteriores a Putin refleja precisamente esta tensión: la fragmentación podría favorecer los intereses occidentales al reducir el peso internacional ruso, pero también podría producir una situación de extrema inestabilidad nuclear.
XVI. La visión maximalista: “descolonizar Rusia”
En los últimos años ha aparecido, particularmente después de 2022, un lenguaje mucho más radical en determinados círculos políticos y académicos: la idea de “descolonizar” Rusia.
La argumentación sostiene que la Federación Rusa debería ser entendida parcialmente como una estructura imperial heredada de los imperios zarista y soviético.
Desde esa perspectiva, regiones como el Cáucaso, Siberia, el Volga y el Extremo Oriente podrían reclamar una relación diferente con Moscú.
Esta corriente no representa necesariamente la política oficial de Estados Unidos o de la Unión Europea.
Es mejor entenderla como una corriente intelectual y política minoritaria pero existente dentro del debate occidental.
Su importancia reside menos en que constituya una política oficial y más en que demuestra que la discusión sobre Rusia ha pasado, en determinados círculos, de “¿cómo contener a Moscú?” a “¿cómo transformar estructuralmente el Estado ruso?”.
XVII. La guerra de Ucrania modificó el cálculo
La invasión a gran escala de Ucrania en febrero de 2022 cambió radicalmente el debate.
Antes de 2022 todavía existía en Europa una importante corriente partidaria de mantener relaciones económicas relativamente profundas con Rusia.
Después de la invasión, la percepción de Rusia como problema de seguridad aumentó considerablemente.
La OTAN describe actualmente a Rusia como la amenaza más directa y significativa para la seguridad de sus miembros, mientras los países europeos han incrementado de manera importante sus gastos de defensa y sus planes de disuasión.
En consecuencia, algunas instituciones occidentales comenzaron a estudiar con mayor intensidad escenarios de derrota militar rusa, crisis económica, cambio de liderazgo y transformación interna.
El Centre for Eastern Studies, por ejemplo, ha argumentado que una eventual derrota rusa o una crisis interna podría abrir la posibilidad de un cambio de régimen y sostiene que las vulnerabilidades estructurales del sistema ruso están relacionadas con su fuerte centralización y personalización.
Esto no equivale a demostrar que Occidente esté preparando activamente la partición de Rusia.
Sí demuestra que la posibilidad de una transformación interna rusa es actualmente un objeto legítimo de planificación estratégica en determinadas instituciones occidentales.
XVIII. Las sanciones y la economía como instrumentos de presión
Aquí entra otro elemento fundamental: las sanciones.
El objetivo de las sanciones occidentales no ha sido simplemente castigar a individuos rusos. Una parte importante del mecanismo pretende reducir la capacidad económica del Estado ruso para financiar la guerra.
Pero la economía rusa ha demostrado una capacidad considerable de adaptación.
Carnegie ha señalado que Rusia consiguió redirigir una parte importante de sus exportaciones petroleras hacia Asia y desarrollar mecanismos para reducir el impacto de determinadas sanciones, aunque con costos adicionales y vulnerabilidades crecientes.
Esto tiene una consecuencia estratégica.
Si las sanciones no consiguen cambiar la política exterior rusa directamente, algunos estrategas pueden considerar que el objetivo debería ser aumentar las tensiones internas entre:
el Kremlin;
las élites económicas;
los gobiernos regionales;
las fuerzas de seguridad;
los militares;
y la población.
El análisis del Centre for Eastern Studies plantea precisamente que determinados shocks económicos podrían aumentar las tensiones entre el centro y las regiones.
Es una estrategia de presión indirecta.
No significa necesariamente “queremos destruir Rusia”.
Significa: queremos reducir los recursos que permiten al Kremlin sostener una política exterior que consideramos peligrosa.
XIX. El gran dilema: una Rusia fragmentada podría ser peor
Aquí encontramos la paradoja central.
Una Rusia fragmentada podría ser geopolíticamente beneficiosa porque:
reduciría la capacidad militar rusa;
disminuiría la capacidad de proyectar poder;
debilitaría el control sobre Ucrania y otros vecinos;
reduciría el poder de Moscú;
podría abrir mercados de recursos;
y limitaría la posibilidad de reconstruir un imperio euroasiático.
Pero también podría producir:
proliferación nuclear;
guerras civiles;
conflictos étnicos;
crisis de refugiados;
mercados negros de armas;
disputas territoriales;
intervención china;
intervención turca;
intervención iraní;
colapso económico;
y competencia entre nuevos Estados por instalaciones militares y recursos estratégicos.
El caso soviético de 1991 fue relativamente pacífico comparado con lo que podría ocurrir si la Federación Rusa se desintegrara violentamente.
La diferencia es fundamental.
En 1991, la Unión Soviética disponía de estructuras republicanas reconocidas que pudieron convertirse en Estados independientes.
La Federación Rusa no posee actualmente una docena de repúblicas con reconocimiento internacional previo y fronteras preparadas para convertirse automáticamente en Estados soberanos.
Por eso una ruptura de Rusia podría ser mucho más caótica.
XX. ¿Qué ganaría realmente Occidente?
Si imaginamos el escenario desde la perspectiva de quienes consideran deseable una Rusia debilitada, las ganancias potenciales serían cinco.
Primero, seguridad europea. Una Rusia menos poderosa tendría menos capacidad para amenazar a Polonia, los países bálticos, Finlandia, Ucrania, Moldavia o el Cáucaso.
Segundo, reducción de la presión militar. Europa podría reducir a largo plazo la necesidad de mantener una enorme estructura de disuasión convencional frente a Rusia, aunque este resultado dependería de cómo evolucionara el escenario.
Tercero, acceso económico. Una Rusia menos centralizada podría abrir determinadas regiones y sectores económicos a empresas extranjeras.
Cuarto, reducción del poder energético ruso. La capacidad de Moscú de utilizar petróleo y gas como instrumentos de política exterior disminuiría.
Quinto, transformación del equilibrio euroasiático. Rusia dejaría de ser capaz de actuar como una gran potencia independiente entre Europa y China.
Pero todos estos beneficios son hipotéticos.
XXI. ¿Qué perdería Occidente?
También existirían pérdidas potenciales enormes.
La primera sería el control del arsenal nuclear ruso.
La segunda sería la posibilidad de que China se convierta en el principal beneficiario de la desaparición del poder ruso.
La tercera sería una posible proliferación de conflictos.
La cuarta sería la pérdida de un interlocutor central para tratados de control de armas.
La quinta sería la aparición de varios Estados con fronteras disputadas y recursos estratégicos.
Y existe una sexta posibilidad particularmente incómoda: una Rusia fragmentada podría ser más nacionalista que la Rusia actual.
Los nuevos Estados no necesariamente serían democráticos.
Algunos podrían convertirse en regímenes militares, nacionalistas o autoritarios.
Por eso, fragmentación y democratización no son sinónimos.
XXII. La paradoja final
La paradoja histórica es extraordinariamente interesante.
Durante la Guerra Fría, Washington quería contener a la Unión Soviética.
En 1991, Estados Unidos apoyó simultáneamente la democracia y la autodeterminación, pero también tuvo fuertes incentivos para evitar que la caída soviética produjera una catástrofe nuclear.
Durante los años noventa, Occidente esperaba que Rusia pudiera convertirse progresivamente en una economía de mercado y una democracia.
Durante el período Putin, la relación se deterioró progresivamente.
Después de 2022, Rusia pasó a ser considerada por la OTAN una amenaza directa para la seguridad europea.
Y actualmente algunos think tanks occidentales estudian escenarios de cambio de régimen, debilitamiento económico y fragmentación.
Pero existe una diferencia enorme entre estudiar un escenario y tener una política destinada a provocarlo.
Ésta es probablemente la distinción que más se pierde en el debate público.
Conclusión: ¿Qué Rusia sería más conveniente para Occidente?
Desde la perspectiva de los sectores occidentales que consideran a Rusia una amenaza estratégica, la respuesta no necesariamente sería “una Rusia destruida”.
El escenario potencialmente más atractivo sería probablemente una Rusia que conservara suficiente cohesión para controlar sus armas nucleares y evitar guerras civiles, pero que fuera simultáneamente mucho menos centralizada, menos militarizada, menos revisionista y menos capaz de dominar a sus vecinos.
En otras palabras: una Rusia grande, pero no imperial; poderosa económicamente, pero no capaz de utilizar sus recursos para financiar una política expansionista; nuclear, pero estable; federal, pero cohesionada; y políticamente más pluralista.
La fragmentación completa sería una versión mucho más radical de esa idea.
Y precisamente por eso constituye un arma de doble filo.
Desde el punto de vista geopolítico, reducir la capacidad de Rusia para dominar Europa oriental podría beneficiar a Estados Unidos y a sus aliados. Pero destruir la estructura estatal que controla el territorio ruso podría liberar fuerzas que nadie podría controlar completamente.
El verdadero cálculo estratégico no sería entonces simplemente:
“¿Es mejor una Rusia pequeña que una Rusia grande?”
Sino:
“¿Cuánto poder ruso puede reducirse sin producir un vacío de poder peor que el problema original?”
Ésa es la razón por la que los análisis serios sobre una posible fragmentación rusa suelen contener una contradicción fundamental. La pérdida de poder del Kremlin puede ser presentada como una oportunidad estratégica para Occidente y Ucrania, pero la desaparición del Estado ruso como estructura organizada puede convertirse simultáneamente en una de las mayores amenazas de seguridad del siglo XXI.
La historia de 1991 demuestra que la caída de una superpotencia puede generar enormes beneficios geopolíticos para sus adversarios. Pero también demuestra algo que quizá sea todavía más importante: la caída de un imperio no significa necesariamente que el mundo que aparece después sea más previsible, democrático o pacífico.
Y en el caso ruso, la existencia del arsenal nuclear, la enorme extensión territorial, los recursos de Siberia, la posición ártica y la proximidad con China hacen que una hipotética desintegración de la Federación Rusa sea un fenómeno de una escala completamente diferente a la desaparición de cualquier otra gran potencia contemporánea.




