Los nacimientos descendieron a 5,6 por cada 1.000 habitantes, con los recién nacidos disminuyendo en 1,6 millones hasta los 7,9 millones, muy por debajo del nivel de reemplazo (2,1). La población total se redujo en 3,4 millones hasta los 1.405 mil millones —la caída más pronunciada desde la hambruna de 1960.
El declive amenaza el crecimiento económico a medida que la fuerza laboral se reduce y la población envejece, lo que pone en tensión las pensiones y los servicios sociales. Pekín ha introducido medidas como subsidios en efectivo, permisos parentales más largos y una inscripción matrimonial más sencilla, incluyendo alrededor de 500 dólares por año por niño nacido desde 2025 hasta los tres años de edad.
China acumula cuatro años consecutivos de descenso poblacional, una señal clara de que el gigante asiático ha entrado en una fase de contracción demográfica. En paralelo, la cantidad de fallecimientos —que supera los 11 millones anuales— ha profundizado el desequilibrio entre nacimientos y muertes, acelerando el envejecimiento de la sociedad.
Sin embargo, los expertos dicen que los incentivos son insuficientes. La caída está impulsada por menos matrimonios y un grupo menguante de mujeres en edad fértil, reducido en 16 millones desde 2020 —un legado de la antigua política de un solo hijo.
Uno de los efectos más inmediatos es la reducción de la población en edad laboral, un elemento central en el modelo de crecimiento que impulsó a China durante las últimas décadas. Con menos trabajadores disponibles, el país enfrenta un escenario de menor dinamismo económico potencial, lo que podría afectar su competitividad industrial y su rol como “fábrica del mundo”. Esta transición obliga a replantear su estructura productiva, con mayor énfasis en la automatización y la innovación tecnológica.
En paralelo, el rápido envejecimiento de la población incrementa la presión sobre el sistema interno. El aumento del gasto en jubilaciones y atención sanitaria plantea desafíos fiscales significativos, en un contexto donde la base contributiva tiende a reducirse. Este desequilibrio podría limitar la capacidad del Estado para sostener políticas expansivas o inversiones estratégicas en el exterior.
A nivel estructural, la situación también tensiona el modelo económico chino. La combinación de menor mano de obra y mayores costos sociales introduce presiones sobre el esquema productivo, que históricamente se apoyó en abundancia de trabajadores y bajos costos. La transición hacia una economía más sofisticada y menos dependiente del volumen humano aparece como una necesidad, pero también como un proceso complejo y no exento de riesgos.
En el plano internacional, la variable demográfica reconfigura el equilibrio entre potencias. Mientras China entra en una fase de envejecimiento acelerado, países como India mantienen una estructura poblacional más joven y en expansión, lo que podría traducirse en ventajas comparativas en términos de crecimiento, mercado interno y disponibilidad de fuerza laboral. De igual forma, varias regiones de África presentan dinámicas demográficas opuestas, consolidándose como espacios emergentes de relevancia futura.




