Un jubilado de 77 años convirtió una protesta aparentemente insólita en un desafío directo al creciente sistema de vigilancia mediante cámaras de matrículas en EEUU. Carl Gunn, residente de St. Petersburg, Florida, se sienta en una acera pública frente a las cámaras de la empresa Flock Safety y sostiene un poste de espumadera para piscinas de unos 3,66 metros de largo, colocado estratégicamente para impedir que el dispositivo pueda registrar las matrículas de los vehículos.
Gunn no corta cables, no rompe cámaras ni utiliza pintura para inutilizarlas. Su método es mucho más sencillo: se coloca delante del campo de visión del dispositivo y mantiene elevado un cartel contra las cámaras Flock. La escena, casi surrealista, enfrenta a una tecnología de vigilancia cada vez más sofisticada con un hombre armado únicamente con una silla, un cartel que dice “ABAJO CON LAS CÁMARAS FLOCK” y un largo palo de piscina.
Debido a que permanece en propiedad pública y nunca toca el equipo, la policía confirmó que su protesta es legal.
Él organiza típicamente sus manifestaciones pacíficas todos los sábados durante tres horas, generalmente entre las 11 a. m. y las 2 p. m., en diferentes ubicaciones de cámaras alrededor de la ciudad. Humorísticamente justificó sus acciones a un reportero afirmando que, “la empresa Flock hace esto con fines de lucro. Nosotros no les dimos permiso para hacerlo sobre nosotros. Si quieren lucrar con ello, quiero mi cheque. Ellos no son dueños del aire”.
Flock ha crecido enormemente como compañía. La empresa había superado los US$300 millones de ingresos recurrentes anuales a comienzos de 2025, con un crecimiento interanual del 70 %, según datos citados de TDG Wealth Management.
Dijo también que “Yo tengo un derecho constitucional a mi privacidad”, y sostuvo que, siendo un ciudadano respetuoso de la ley, no necesitaba que alguien estuviera “metiendo las narices” en sus asuntos.
El jubilado comenzó su protesta después de conocer el funcionamiento de las cámaras de reconocimiento automático de matrículas, conocidas como ALPR. Los dispositivos pueden registrar la matrícula de un vehículo y otros elementos asociados, como su marca, modelo, color y características visibles. La información puede posteriormente incorporarse a una base de datos que permite a las autoridades realizar búsquedas sobre vehículos detectados en distintos lugares y momentos.
Precisamente ese aspecto es el que preocupa a Gunn. Su argumento no se limita a que una cámara pueda fotografiar la matrícula de un automóvil. El problema, según su perspectiva, es que una red suficientemente amplia de dispositivos puede terminar convirtiéndose en una herramienta capaz de reconstruir los desplazamientos de una persona. Una fotografía aislada puede parecer insignificante; millones de registros almacenados y consultables permiten construir un mapa de movimientos.
En St. Petersburg, la controversia ha adquirido especial relevancia porque la policía local cuenta con decenas de cámaras Flock. El sistema comenzó a implementarse mediante un programa piloto y posteriormente se amplió como herramienta para investigar delitos y localizar vehículos relacionados con investigaciones policiales. Las autoridades defienden su utilización argumentando que permite identificar automóviles vinculados con actividades criminales y acelerar las investigaciones.
La policía también sostiene que las cámaras no utilizan reconocimiento facial ni capturan determinados tipos de información tecnológica como audio, Wi-Fi o Bluetooth. De acuerdo con las autoridades locales, los registros tienen además un período limitado de conservación. Sin embargo, para los críticos de estos sistemas, la cuestión fundamental continúa siendo qué capacidad de vigilancia adquiere el Estado cuando puede consultar retrospectivamente los movimientos de miles de vehículos.
La protesta de Gunn tiene además un elemento jurídico particularmente llamativo. Se mantiene en un espacio público y utiliza un objeto de su propiedad para bloquear temporalmente el campo visual de una cámara. En algunas ocasiones, agentes policiales se acercaron para hablar con él, pero no fue arrestado.
En lugar de enfrentarse a la tecnología con otra tecnología, eligió algo mucho más rudimentario. Cada vez que se coloca frente a una cámara, el sofisticado sistema de vigilancia se encuentra con un obstáculo inesperadamente simple: un hombre de 77 años sentado en una silla y levantando un palo de piscina.
La imagen resume por sí sola el conflicto que está emergiendo alrededor de las cámaras de matrículas en EEUU. Mientras las ciudades construyen redes capaces de registrar y almacenar los movimientos de vehículos a gran escala, sus detractores comienzan a preguntarse dónde termina la seguridad y dónde comienza la vigilancia masiva. En St. Petersburg, por ahora, uno de los críticos más visibles de ese sistema ha decidido responder con una protesta tan rudimentaria como provocadora: ponerse delante de la cámara y decirle, literalmente, que no mire.





