Guerra Ruso – Ucraniana: El fin de la gilada

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Un contacto personal, con profundos conocimientos del campo aquí desplegado dada su trayectoria, hizo llegar este artículo bajo petición expresa de mantener la confidencialidad; desde la Resistencia Radio se replican sus palabras:

«Quien por circunstancias de la vida se haya encontrado en alguna situación extrema, donde su vida corriese verdadero peligro, podrá coincidir que, por tal motivo las cosas materiales, superfluas, pierden total relevancia. Es sólo en la seguridad y en la tranquilidad de la vida diaria donde les damos importancia. Nadie que haya estado en una casa que se incendia y que se cae a pedazos regresaría, en su sano juicio, a apagar el televisor que dejó encendido. Un navegante que se enfrenta al mar embravecido jamás se enojaría con un amigo porque dejó mal cerrado un termo y se le enfría el agua para el mate. Ningún montañés que escapa de un temporal de viento blanco haría un alto en su descenso precipitoso para comprobar si las fotos en la cumbre salieron con el foco adecuado.

Durante años los occidentales todos, bajo la influencia directa de Estados Unidos, hemos comido y bebido nuestra propia autodestrucción. Durante décadas vendimos y compramos la importancia del respeto de la vida animal por sobre la humana; aceptamos ser adoctrinados sobre cómo lo contra natura no debería serlo tanto; corrompimos el futuro, pervirtiendo a la juventud con drogas, pornografía, televisión basura, narcicismo y alcohol, asegurando que sólo de esa manera podrían alcanzar la plena libertad; arruinamos la sociedad estropeando a las familias, poniendo a una pareja de homosexuales con caniches a la altura de una familia con padre, madre e hijos, empobreciéndola para empujarla al conflicto y a su consecuente disolución, y además la forzamos a evitar la procreación; promovimos la injusticia enseñando que el criminal es la verdadera víctima y que el producto de la violación merece la muerte, pero jamás el violador ese castigo; rebajamos al hombre despojándolo de Dios, asegurándole que él solo se basta; eliminamos la conciencia de seguridad interna y externa, responsabilizando al policía de la inacción ante el delito e indignándonos ante su actuar, y denostamos a las Fuerzas Armadas; hicimos creer que el simple deseo de las cosas cambia la realidad.

Hoy la guerra ruso-ucraniana pone en jaque todas estas frivolidades, porque cuando la vida peligra lo superfluo desvanece. Nadie daría prioridad de evacuación en el transporte disponible a Doña Porota porque lleva cinco perros y dos gatos; no se aceptaría que por el simple hecho de llevar un peluquín los muchachos del barrio se excusaran de verter la sangre por su patria; nadie imagina a alguien advirtiendo una inminente caída de un proyectil pidiendo a “todos, todas, todes, todis y todxs” que busquen un reparo, – porque cuando la vida es amenazada un simple – ¡corran todos! – se entiende muy claro; ningún ser en sus cabales aceptaría caminar como si nada por la calle porque para él la guerra es sólo una sensación; ningún soldado se excusaría en salir a combatir por tener un “contacto estrecho” o por haber perdido su “cubreboca”; nadie saldría de su trinchera sin encomendarse a Dios; ningún político se ofrecería a batirse como sus conciudadanos, porque aún en estado de guerra “hay que preservar las instituciones”; y todos se sentirían más seguros de tener un policía o un soldado armado a su lado, sin percatarse que el uniforme les rememora los ’70.

En fin, esta guerra como todas, exponen las necesidades más elementales del hombre, lo llevan a su esencia natural. Que todo esto nos haga reflexionar (a los occidentales) sobre los caminos que hemos tomado, porque no todo está perdido, pero si no logramos corregirnos a tiempo y abandonar toda la gilada, no vengamos después a asombrarnos de nuestro destino.

Anónimo«