El antiespecismo o la negación de la existencia de Dios

El antiespecismo es definido por el diccionario Larousse como una «visión del mundo que rechaza la noción de jerarquía entre las especies animales y, en particular, la superioridad del ser humano sobre los animales y otorga a todos los individuos, independientemente de la especie a la que pertenezcan, un mismo estatus moral». La primera parte de este análisis presenta el concepto expuesto por uno de sus fervientes defensores. La segunda parte lo refutará.

Inmediatamente surge una afirmación de tal visión del mundo: el antiespecismo es una negación —práctica— de la existencia de Dios.

Hay varios caminos para llegar a esta conclusión. Uno de ellos consiste en seguir a un autor en su reflexión y marcar las etapas de formación de este pensamiento antiespecista que no necesariamente dice su nombre, pero que es fácilmente reconocible.

El sujeto examinado aquí es Peter Wohlleben, nacido en 1964 en Bonn, ingeniero forestal, autor de un bestseller mundial traducido a 32 idiomas y que ha vendido más de un millón de copias: «La Vida Secreta de los Árboles», publicado en francés en 2017 (en 2015 en alemán).

El autor lo volvió a hacer al año siguiente con «La Vida Secreta de los Animales», publicado en francés en 2018 (2016 en alemán). Si bien la recepción de los científicos y especialistas en naturaleza había sido mixta para el primer título, este segundo libro fue severamente criticado desde un punto de vista científico.

La Vida Secreta de los Árboles

Descubriendo el árbol-pensador

Al hojear este libro, cuyo título completo es: «La Vida Secreta de los Árboles. Lo que Sienten. Cómo se Comunican», el lector puede observar muchas declaraciones inusuales para cualquiera que posea un cierto conocimiento de la naturaleza, aunque solo sea por observación personal.

La primera observación que nos da el autor es que los árboles son capaces de retener información y transmitirla. Es cierto que esto es muy rudimentario, pero se reconoce que ciertos ataques -químicos, físicos o térmicos- provocan reacciones en algunas plantas, como la producción de toxinas por las acacias en respuesta al pastoreo intensivo de los herbívoros, lo que lleva a su muerte.

Pero debe señalarse inmediatamente que los términos «retener» y «transmitir» son aquí equívocos, porque implican un tipo de memoria y lenguaje que se equipara con el nuestro. Lo cual es profundamente inexacto. Por tanto, exista o no un «receptor», se transmitirá la señal físico-química inducida por un ataque a la planta.

Wohlleben va más allá al explicar que los árboles hablan: emiten «ultrasonidos» que son el resultado de un fenómeno puramente mecánico inducido, por ejemplo, por una interrupción en el flujo de savia. Pero, para nuestro autor, por una atrevida comparación, sería un «grito de sed». De ahí a decir que el árbol siente algo, solo hay un paso… que el autor da.

Los árboles sufren, insiste. Citemos esta atrevida declaración: «La plántula de roble devorada por un ciervo sufre y muere, como sufre y muere el jabalí degollado por un lobo». Nada más que una metáfora. Porque, para sentir dolor, se necesitan los sentidos y una estructura centralizada para transformar la información en dolor.

Finalmente, llegamos al punto culminante: los árboles son inteligentes. Y, para decirlo de inmediato, el cerebro se encuentra en el tocón o en las raíces. La inducción radica en lo que precede: almacenamiento de información, control químico de funciones, señales eléctricas, lenguaje y sufrimiento.

Y el autor concluye con aplomo, ¿o ingenuidad? «¿Las plantas tienen cerebro? ¿Son inteligentes? Cabe señalar que el debate que ha animado a la comunidad científica durante años está muy vivo». Un debate ausente en las publicaciones académicas, reconoce Wohlleben.

Pero eso no lo detiene: «la mayoría de los académicos» critican la tesis del cerebro-raíz porque, explica el autor, «tiende a borrar la frontera entre el mundo vegetal y el animal». Pero, afirma: «La división entre plantas y animales es una elección arbitraria basada esencialmente en el modo de alimentación», la fotosíntesis, por un lado, la digestión de los organismos vivos por el otro.

Una forma completamente reduccionista y errónea de presentar el problema que se adapta bien a la tesis. Será necesario retomar este tema.

Los árboles y sus derechos

Del sentimiento y de la inteligencia al derecho, solo hay un paso. Wohllaben aboga por la protección de los árboles -así como de los animales- que debe evitar asimilarlos a las cosas. Retoma su lenguaje metafórico para hablar del «cadáver de un haya o de un roble» en llamas. «Abedules y abetos talados, por lo tanto, asesinados» con el único propósito de obtener papel.

Luego viene la acusación: «utilizamos seres vivos que son asesinados para satisfacer nuestras necesidades». Podríamos señalar que el libro del autor -que ha vendido más de un millón de ejemplares, cabe recordar- participó en esta «masacre». El autor reconoce el uso; lo que condena es el exceso: «debemos tratar a los árboles como tratamos a los animales, evitándoles sufrimientos innecesarios».

Y enumera los derechos que se deben reconocer a los árboles: «poder satisfacer sus necesidades de intercambio y comunicación, (…) poder transmitir sus conocimientos a las generaciones posteriores. Al menos algunos de ellos deben poder envejecer con dignidad y luego morir de muerte natural».

La Vida Secreta de los Animales

Wohllaben, en su último capítulo, plantea la cuestión de la posibilidad de un alma para los animales. Tras unos meandros en los que admite que no cree en el más allá por falta de imaginación, atribuye un alma a todos los animales. Pero sigue habiendo una ambigüedad: esta alma animal, la concibe a la manera del alma humana.

De hecho, admite en su epílogo: «Si me gusta buscar analogías entre los animales y los hombres, es porque no puedo imaginar que sus sentimientos sean fundamentalmente diferentes de los nuestros». Esta vez ya no es falta de imaginación, sino un fino exceso, que va más allá: «Cualquiera comprende que el venado, el jabalí y el ciervo llevan una vida propia, perfecta en sí misma, y derivan de ella, además, mucho placer…»

Esta reducción se corona en la última palabra que equipara la felicidad humana con las secreciones de hormonas. Lo cual es una forma de decir que los animales que tienen este tipo de hormonas también son capaces de esa sed que anima a la especie humana… y a ella sola. La asimilación es casi total.

Los resultados

Todo este revoltijo se basa en buena parte en el desconocimiento de lo que realmente es la vida, cada vida. Y también en una profunda incomprensión del cosmos que es armonía –este es el sentido etimológico del término– entre los seres, un orden establecido por Dios, que es el primer bien que Él ha querido en las cosas.

Ahora bien, y este es el punto importante, esta armonía solo puede existir entre seres diversos y jerárquicos. Un mundo de total igualdad entre los seres no va más allá del mundo mineral, y tal vez ni en este caso. Esta simple observación muestra cómo el antiespecismo es frontalmente contrario a la voluntad de Dios y representa una negación de su existencia.

¿Qué es la vida?

Es necesario un breve repaso de este concepto para comprender la ineptitud de la concepción criticada en este artículo y su inadecuación a la realidad.

En primer lugar, se debe enfatizar que la palabra «vida» es un término abstracto y no un término concreto. Se utiliza para designar a los seres vivos y animados. Pero en sí misma no designa otra cosa que una clase de seres. La «vida» no existe, solo hay seres vivos.

Este punto es importante, porque sucede que la palabra es analógica, es decir, no tiene el mismo significado según se aplique a distintas clases de seres vivos. Hablar de vida humana, vida animal o vida vegetal no significa en absoluto lo mismo. Ciertamente, hay una similitud, pero no una identidad.

También al hablar de la vida de Dios, la vida del ángel o la vida del hombre, se distingue igualmente el uso de la palabra. Si bien se usa la misma palabra, hay diferencias considerables, especialmente si comparamos la vida del Creador con la de sus criaturas, ángel u hombre.

Por tanto, es necesario distinguir, en nuestro mundo material creado, seres vivos de tres categorías: plantas, animales y hombres. Decir que viven equivale a afirmar que poseen un alma, porque, por definición –y por demostración, pero esto nos llevaría demasiado lejos– lo vivo se distingue de lo inanimado por esa parte de sí mismo que permite declararlo como tal: un principio de vida, un alma.

La más simple observación permite distinguir el vegetal del animal y del hombre. Esta diferencia está en el alma que cada uno posee y en el tipo de vida que esta última provoca y realiza en el cuerpo que le corresponde.

El alma vegetal

Algunos pueden sorprenderse al considerar la afirmación de un alma vegetativa, pero no obstante es verdad. Entendiendo que no se le deben atribuir las características del alma humana: por tanto, esta alma desaparece por completo a la muerte de la planta.

El alma vegetativa se caracteriza además por las funciones que asume: la nutrición de la planta, su crecimiento y finalmente su reproducción. Esta vida vegetativa es la base de toda vida y todos los seres vivos poseen estas funciones, al menos la reproducción, como es el caso del virus, el cual, propriamente hablando, no se alimenta ni crece.

El alma animal

El alma animal añade a las funciones vegetativas -que ejerce de manera más elevada que el alma vegetal- otras funciones que caracterizan al animal: la sensibilidad ligada a los cinco sentidos (para los animales que los poseen todos); las pasiones animales como la atracción, el deseo, el miedo o el enojo; el instinto, que es una especie de plano interior que permite al animal, dentro de límites infranqueables, adaptarse a los cambios de su entorno: buscar alimento o pareja para la reproducción; y finalmente la locomoción, para los animales que están dotados de ella.

Es fundamental comprender que la vida que caracteriza al animal es esta vida sensible porque se basa en la actividad de los sentidos. La vida vegetativa no es exclusiva del animal, sino que la posee a su manera: le permite producir huesos, sangre, contraer músculos, emitir sonidos, etc. Esta simple observación permite captar la profunda distorsión que produce el antiespecismo, que asimila todos los grados de la vida en un alegre revoltijo.

El alma humana

Finalmente, el grado más alto, el alma humana, añade a las funciones vegetativas y sensoriales su actividad propia: la de sus facultades espirituales -en el sentido de espíritu, no de vida sobrenatural- pues el alma humana es un espíritu, hecho a imagen de Dios que es Espíritu. Este espíritu humano, a diferencia del ángel, espíritu puro, es también un alma que da vida a un cuerpo.

La primera característica del alma humana es su inmortalidad: persiste después de la muerte del cuerpo al que ha sido unida, porque como espíritu posee en sí misma los recursos de una vida separada, aunque mutilada en cierto modo por la desaparición del cuerpo.

La vida propia del alma humana es la de su inteligencia y su voluntad, que son tan espirituales como ella, y que no dependen del cuerpo para subsistir o actuar: por tanto, la vida humana consiste propiamente en el conocimiento de la verdad, tanto especulativa (conocimiento puro) como práctica (destinada a la acción), y en el ejercicio de la virtud.

Ningún animal, y a fortiori ninguna planta, puede alcanzar el menor grado de esta vida propiamente humana. Los animales siguen siendo bestias que la imaginación humana a menudo colorea con sentimientos humanos, por ejemplo, para dar una enseñanza a través de una fábula, pero si uno tiene la desgracia de creer que esto es real se desvirtúa por completo lo que es el animal.

La igualdad reductiva

Se dice muy a menudo que el hombre fue querido por Dios para sí mismo, y el universo para el hombre. Pero esta no es la doctrina de Santo Tomás, que afirma en cambio que lo primero querido por Dios es el bien del universo, esa armonía cósmica que es la más perfecta imagen creada de la grandeza y bondad de Dios. Y, dentro de este universo, el hombre ocupa un lugar especial: está por encima de todas las demás criaturas materiales.

En un bellísimo artículo de la Summa Theologica (I, 47, 2) incluido en el tratado sobre la creación, Santo Tomás explica su pensamiento. A la pregunta de si Dios ha causado la desigualdad en las cosas, responde: «Debe decirse que la sabiduría de Dios, que es la causa de la distinción entre los seres, es también la causa de su desigualdad. (…)

«Porque la distinción formal [entre especies] siempre implica desigualdad. (…) En las cosas naturales, las especies parecen estar ordenadas por grados, los cuerpos mixtos son más perfectos que los elementos simples, las plantas que los minerales, los animales que las plantas, los hombres que otros animales.

«Y en cada uno de estos órdenes de criaturas, una especie es más perfecta que las otras. Por tanto, como la sabiduría divina es la causa de la distinción entre las cosas, para la perfección del universo, así también es la causa de su desigualdad. Porque el universo no sería perfecto si solo se encontrara un grado de bondad en los seres».

Ahora bien, la bondad de una criatura depende del modo en que Dios la ama y le da mayor semejanza a su propia perfección. Esta es también una hermosa doctrina de Santo Tomás: el mineral es un reflejo de Dios porque existe; la planta, porque vive; el animal, porque siente y puede así asimilar -parcialmente- lo que le rodea; el hombre, porque es espíritu, inteligencia y voluntad. Es mucho más que un reflejo: es una imagen.

El hombre, por tanto, ha recibido mucho más que todos los demás seres materiales creados, porque es más amado por Dios. Sin contar que su naturaleza es capaz de recibir un don supremo, que lo asimila a Dios de manera incomparable: la gracia, que lo convierte en hijo de Dios, y le permite participar de la vida misma de Dios.

Por tanto, es a través de la desigualdad entre estos órdenes naturales y su armonía que el cosmos proclama la gloria de Dios.

Un derecho imposible

Es absolutamente imposible atribuir derechos a cualquier entidad que no sea el hombre o la persona humana. Explicaremos esto brevemente.

El derecho presupone una cierta igualdad

En esencia, el derecho es algo que se debe a los demás, que está especificado por la ley, ya sea la ley natural o la ley humana. El derecho es el objeto de la virtud de la justicia. Y, además, el derecho es una relación de igualdad, porque surge de la necesidad de orden en una comunidad. Esta igualdad no es física, sino moral, porque concierne una operación humana, que debe adaptarse a los demás para el bien común.

Todas estas propiedades excluyen ya todo derecho externo a la persona humana: es precisamente por eso que los antiespecistas quieren nivelar lo vivo, afirmando una –casi– total igualdad entre todas las especies vivas.

La capacidad legal

La persona humana es un individuo; de naturaleza racional, que le permite percibir su bien pleno; capaz de perfección en una sociedad unida.

De ahí deriva la capacidad legal, que no es ni la autonomía de la voluntad ni la libertad que ésta presupone, ni la voluntad de poder o de grandeza, sino la aptitud para la consecución solidaria de un fin común.

Incluye el sentido de la responsabilidad, es decir, la posibilidad de la autodeterminación. Por último, presupone la capacidad de comprender que la medida impuesta por la razón o la ley a las relaciones sociales de toda índole, con miras a la consecución del bien común, es efectivamente el derecho.

En suma, la capacidad legal tiene su raíz en la razón, se encuentra en la voluntad y saca su justificación inmediata de la posibilidad del derecho y sobre todo del bien común.

El sujeto de derecho

Todo hombre es sujeto de derecho y recibe la capacidad jurídica del Creador.

El alma humana es imagen de su Creador: tal es la razón de ser de sus atributos según el teólogo Santo Tomás.

En la opinión del filósofo, todas las prerrogativas del hombre proceden de la racionalidad de su naturaleza. Sólo el hombre tiene un fin personal al que se conduce.

El fundamento de los derechos de la persona humana radica en su dominio (dominium) sobre el universo y sobre sus acciones. Es por disposición innata capaz de lograr personalmente el bien del universo.

¿Cuál es este dominio? Comprende tres realidades: el sujeto afectado por la relación de superioridad o soberanía, la persona o la cosa sobre la que se ejerce esa soberanía, y el fundamento de esta relación, que consiste en un poder que se deriva de su condición de ser razonable y libre.

El dominium se presenta como un atributo psicológico y natural del hombre: «El hombre se diferencia de las criaturas irracionales en que goza de dominio sobre sus actos, est actuum suum dominus. De esto se deriva que las únicas acciones que se llaman propiamente humanas son aquellas de las que él es dueño, dominus. [1]»

Este dominium se transforma en poder moral y jurídico sólo en la medida en que se refiere a objetos racionales: «La bondad de la voluntad depende de la razón como depende del objeto». [2] El objeto del acto considerado constituye, pues, el fundamento, la causa y la medida del poder moral, y esto para todas las virtudes morales.

¿Y los árboles?

¿Es realmente necesario plantear esta pregunta? Si hablamos de los derechos de los animales, de las plantas o de la naturaleza, o ya no se trata de un derecho, sino de una elucubración; o, en sentido estricto, se trata de regular los deberes que el hombre tiene para con el universo en el que Dios le ha colocado y le ha confiado desde el Génesis.

Pero entonces se trata de un derecho con respecto a él mismo: para evitar la destrucción de su entorno, corromperse por la crueldad hacia los animales, querer enriquecerse a costa de sus semejantes o de su descendencia, por ejemplo.

Conclusión

El antiespecismo no es solo un disparate intelectual, también es una negación práctica de la existencia de Dios. Negar los grados de los seres y el orden del universo es negar a Dios. La cuarta y quinta «vía» de Santo Tomás para probar la existencia de Dios se basan respectivamente en estas dos evidencias.

Negándolas, o rechazándolas más o menos en conjunto, el antiespecista niega indirecta pero ciertamente la existencia del Creador, y creyendo que eleva las plantas y los animales al nivel del hombre, solo rebaja a este último a su nivel.

Padre A. Sélégny +

[1] Suma Teológica, I-II, Prologus.

[2] Ibid., I-II, 19, 3.

 

El artículo anterior se publicó en el número 147 de Cahiers Saint Raphaël.

Los Cahiers Saint Raphaël, publicación de la ACIM (Asociación católica de enfermeras, médicos y profesionales de la salud) desde hace unos cuarenta años, es una revista original en francés que responde a las preguntas que plantean los grandes problemas contemporáneos de la ética médica. También se tratan temas médicos y sociales.

La revista está dirigida a los profesionales de la salud pero también a cada uno de los que experimentamos estos problemas a diario.