La amenaza más peligrosa para el Estado israelí no provendría necesariamente de Irán, Hezbollah, Hamas u otros enemigos externos, sino de las fracturas que se están acumulando dentro de la propia sociedad israelí.
Según una investigación publicada por Drop Site News, una evaluación elaborada en agosto por la denominada Red Cell de la Agencia Central de Inteligencia habría analizado la posibilidad de que las tensiones internas desemboquen, bajo determinadas circunstancias, en un conflicto civil de gran escala e incluso en un escenario extremo de debilitamiento o colapso estatal.
La existencia exacta y el contenido íntegro del supuesto documento no han sido publicados. Drop Site News sostiene que obtuvo información sobre la evaluación a través de fuentes estadounidenses familiarizadas con ella y afirma que el documento llevaría el título Fracture From Within, “Fractura desde dentro”.
La Red Cell es una estructura creada precisamente para desafiar las interpretaciones predominantes y estudiar escenarios que otros analistas podrían considerar demasiado improbables o incómodos.
La Red Cell ha sido concebida para formular preguntas difíciles y explorar posibilidades extremas. Su función consiste, entre otras cosas, en preguntarse qué podría ocurrir si determinadas tendencias aparentemente separadas terminaran convergiendo. En este caso, la pregunta sería particularmente perturbadora: ¿Qué sucedería si años de guerra, movilización militar, polarización política, conflictos religiosos, presión económica y aislamiento internacional comenzaran a reforzarse mutuamente hasta poner a prueba la estabilidad interna de Israel?.
El supuesto análisis habría identificado precisamente esa acumulación de tensiones. Israel lleva años enfrentando una situación de movilización militar extraordinaria, con enormes exigencias sobre las Fuerzas de Defensa de Israel y, especialmente, sobre los reservistas. Una guerra prolongada no solamente consume municiones, dinero y recursos militares. También consume tiempo, fuerza laboral, estabilidad familiar y capital político. Cuanto más tiempo permanece una sociedad en estado de guerra, mayor es la posibilidad de que las consecuencias del conflicto comiencen a trasladarse desde el frente de batalla hacia la estructura interna del país.
Uno de los elementos que más atención habría recibido es el conflicto alrededor del servicio militar obligatorio y las exenciones concedidas históricamente a amplios sectores ultraortodoxos. La cuestión ha adquirido una dimensión especialmente sensible después del 7 de octubre y de las posteriores guerras y operaciones militares. Mientras cientos de miles de israelíes han sido movilizados repetidamente como reservistas, una parte importante de la comunidad ultraortodoxa continúa resistiéndose al servicio militar obligatorio.
La disputa tiene implicaciones que van mucho más allá de la religión. Para muchos reservistas y sus familias, la cuestión empieza a plantearse en términos de igualdad ante las obligaciones nacionales: mientras algunos ciudadanos pasan meses o incluso años en el frente, otros permanecen al margen del sistema militar. Para los sectores ultraortodoxos, en cambio, el estudio religioso y su particular concepción de la vida comunitaria constituyen elementos esenciales que no deberían ser subordinados al modelo militar dominante. El enfrentamiento entre ambas visiones amenaza con convertirse en una de las mayores fracturas sociales del país.
La cuestión resulta todavía más delicada porque Israel necesita mantener una enorme capacidad militar precisamente cuando su sociedad está sometida a un desgaste creciente. La paradoja es evidente: cuanto más prolongadas son las guerras, mayor es la necesidad de soldados y reservistas; pero cuanto mayor es la movilización, mayor puede ser también el agotamiento social y económico de quienes sostienen el esfuerzo bélico.
A esto se añade otra fuente de tensión: la violencia de sectores radicalizados de colonos israelíes en Cisjordania. Desde la perspectiva de la seguridad interna, el problema no consiste únicamente en el enfrentamiento entre israelíes y palestinos. También aparece una cuestión mucho más profunda: qué ocurre cuando determinados ciudadanos armados desafían o dificultan la autoridad del propio Estado.
Todo Estado moderno se sustenta, en última instancia, sobre el monopolio institucional de la fuerza. Cuando aparecen grupos que actúan violentamente, disponen de armas y consideran que sus objetivos políticos o ideológicos están por encima de las decisiones del gobierno, la cuestión deja de ser exclusivamente territorial. Se convierte en un problema de autoridad estatal.
Manifestaciones, enfrentamientos políticos, violencia callejera, grupos armados, desobediencia, choques entre ciudadanos y fuerzas de seguridad y una creciente incapacidad del gobierno para imponer decisiones podrían constituir una trayectoria mucho más gradual hacia una crisis interna.
La figura de Benjamin Netanyahu ocupa inevitablemente un lugar central en esta ecuación. El primer ministro se encuentra desde hace años en el centro de una de las mayores polarizaciones políticas de la historia reciente de Israel. Las disputas sobre la reforma judicial, la responsabilidad política por los fallos de seguridad previos al ataque del 7 de octubre, la conducción de la guerra y el futuro político del país han profundizado la división entre sectores israelíes.
La crisis judicial de 2023 ya había demostrado hasta qué punto podía llegar la fractura. Millones de personas participaron o estuvieron vinculadas a las protestas contra la reforma impulsada por el gobierno, mientras sectores de reservistas comenzaron a cuestionar públicamente su disposición a continuar sirviendo bajo determinadas circunstancias. La división llegó incluso a afectar el debate sobre la cohesión de las propias Fuerzas de Defensa de Israel.
La experiencia resulta particularmente inquietante porque las divisiones internas pueden ser explotadas por adversarios externos. Un país profundamente dividido no necesariamente se encuentra militarmente derrotado, pero puede ofrecer a sus enemigos una oportunidad estratégica. La percepción de debilidad interna puede alterar los cálculos de un adversario, reducir la capacidad de disuasión y generar la impresión de que un ataque puede producir consecuencias políticas mucho mayores que sus efectos puramente militares.
En ese sentido, el escenario más peligroso no sería necesariamente una guerra civil israelí. Podría ser una combinación de crisis interna y presión externa. Una sociedad dividida podría enfrentarse a un nuevo ataque mientras sus partidos se acusan mutuamente, sus ciudadanos salen a las calles y sus instituciones son sometidas a una presión extraordinaria. La guerra exterior podría entonces alimentar la crisis interna, y la crisis interna podría debilitar la capacidad de respuesta ante la amenaza exterior.
El factor económico tampoco puede ser ignorado. Las sucesivas guerras han obligado a Israel a sostener niveles de gasto militar extraordinarios mientras amplios sectores de la población absorben los efectos de la inflación, la movilización de reservistas y la alteración de la actividad económica. Israel continúa siendo una economía avanzada, tecnológica y con una enorme capacidad de adaptación, por lo que hablar de un colapso económico inmediato sería injustificado. El verdadero problema es otro: cuánto tiempo puede una sociedad sostener simultáneamente una economía de alta tecnología, un gigantesco aparato de defensa y una movilización militar prolongada sin que aparezcan consecuencias sociales cada vez mayores.
A la presión interna se suma el deterioro de las relaciones de Israel con determinados sectores de la comunidad internacional. Las consecuencias diplomáticas de la guerra, las críticas internacionales a las operaciones militares en Gaza, las acusaciones relacionadas con el comportamiento de las fuerzas israelíes y el creciente cuestionamiento político en diferentes países han generado un entorno exterior mucho más complicado que el existente antes del 7 de octubre.
En un escenario extremo, el aislamiento internacional podría convertirse también en un problema interno. Menor inversión, mayores dificultades diplomáticas, deterioro de relaciones comerciales o incertidumbre sobre la cooperación estratégica podrían alimentar la sensación de que el país está quedándose cada vez más aislado. Una crisis económica o diplomática, por sí sola, probablemente no provocaría una ruptura estatal. Pero combinada con polarización política, desgaste militar y conflictos sociales, podría convertirse en un multiplicador de riesgos.
Una elección especialmente conflictiva podría convertirse en el catalizador. Israel se prepara para unas elecciones parlamentarias previstas para el 27 de octubre, en un contexto de enorme polarización. Una victoria clara podría proporcionar cierta estabilidad, pero una elección disputada, un resultado inconcluso o una crisis alrededor de la formación del próximo gobierno podrían profundizar todavía más las divisiones.
En ese contexto, la frase atribuida a una fuente de inteligencia estadounidense —que Israel podría estar “a una chispa” de un verdadero conflicto interno— adquiere un significado diferente. Existe un conjunto de condiciones que, bajo determinadas circunstancias, podrían permitir que un acontecimiento aparentemente puntual desencadenara una reacción mucho mayor.
La “chispa” podría ser una crisis relacionada con el servicio militar ultraortodoxo. Podría ser una decisión judicial controvertida. Podría ser un atentado particularmente sangriento. Podría ser un enfrentamiento entre manifestantes y fuerzas de seguridad. Podría ser un episodio de violencia entre colonos y palestinos que termine involucrando directamente a las autoridades israelíes. Podría ser incluso una nueva guerra regional iniciada mientras el sistema político se encuentra profundamente dividido.
El peligro, por tanto, no reside necesariamente en que Israel esté al borde de convertirse en una réplica de la Guerra Civil estadounidense o de las guerras civiles que han destruido otros Estados. El escenario más plausible, aunque todavía extremo, sería mucho más caótico: una sucesión de crisis políticas, protestas masivas, violencia localizada, desobediencia, radicalización y enfrentamientos entre comunidades que erosionen progresivamente la autoridad del Estado.
Eso explicaría por qué la hipótesis resulta especialmente apropiada para una Red Cell. No se trata de afirmar que el colapso ocurrirá, sino de preguntar qué tendría que suceder para que algo considerado improbable se volviera posible.
Y existe una paradoja histórica que vuelve todavía más inquietante el escenario. Israel ha construido buena parte de su doctrina de seguridad alrededor de la idea de que debe ser capaz de derrotar rápidamente a sus enemigos externos porque una guerra prolongada puede resultar existencialmente peligrosa. Sin embargo, si las guerras se prolongan durante años, el problema puede cambiar de naturaleza: el enemigo externo deja de ser la única amenaza y las propias consecuencias sociales de la guerra comienzan a convertirse en un factor estratégico.
Israel podría ganar batallas y, al mismo tiempo, perder cohesión.
Podría mantener superioridad militar y sufrir una crisis política.
Podría derrotar a organizaciones armadas y descubrir que el problema más difícil consiste en reconstruir la confianza entre sus propios ciudadanos.
Ese es, en definitiva, el núcleo de la supuesta evaluación de la CIA. No una profecía de que Israel vaya a desaparecer, ni una confirmación de que una guerra civil sea inevitable, sino una advertencia sobre un escenario extremo: que la combinación de guerra prolongada, polarización política, tensiones religiosas, desigualdad en las obligaciones militares, violencia de grupos radicalizados, presión económica y aislamiento internacional pueda generar una fractura suficientemente profunda como para poner a prueba la propia estructura del Estado.
La historia ofrece numerosos ejemplos de potencias que no fueron derrotadas directamente por sus enemigos, sino que comenzaron a quebrarse cuando las presiones externas coincidieron con divisiones internas. La fortaleza militar puede impedir una derrota en el campo de batalla, pero no garantiza por sí sola la cohesión política de una sociedad.
Por eso la pregunta que emerge de esta supuesta evaluación es mucho más incómoda que el titular sobre una eventual guerra civil.
Durante décadas la pregunta fue: ¿Puede Israel sobrevivir rodeado de enemigos?
Ahora, al menos en el escenario que habría estudiado la Red Cell, aparece otra: ¿Puede Israel sobrevivir a las consecuencias internas de las guerras que está librando?
La respuesta todavía está lejos de ser un colapso. Israel conserva instituciones fuertes, una economía avanzada, un aparato militar formidable, servicios de inteligencia altamente desarrollados.
Pero las amenazas verdaderamente peligrosas para un Estado no siempre comienzan cuando sus enemigos cruzan una frontera. Algunas comienzan mucho antes, cuando distintos sectores de la sociedad dejan de considerar que están luchando por el mismo país.
Y si la supuesta evaluación de la Red Cell tiene una conclusión implícita, probablemente sea esa: el mayor riesgo no sería que un enemigo externo consiga derrotar militarmente a Israel, sino que una acumulación de fracturas internas termine haciendo mucho más difícil que los israelíes puedan ponerse de acuerdo sobre qué significa defender y gobernar su propio Estado.




