Días después de que comenzara la campaña, la Casa Blanca se dio cuenta de que las protestas contra el régimen nunca llegaron, y ordenó a Israel detener el avance kurdo, en parte también debido a la oposición turca.
La existencia del plan está respaldada por investigaciones de Channel 13, Haaretz y otros medios israelíes, con detalles operativos que proceden de fuentes de inteligencia y no han sido confirmados oficialmente por Israel, EEUU o los propios grupos kurdos.
El nombre en clave habría sido «Puss in Boots» (חתול במגפיים, “El gato con botas”). Según Channel 13, el proyecto empezó a tomar forma después de la guerra de junio de 2025 contra Irán y fue impulsado por el entonces jefe del Mossad, David Barnea.
La idea fundamental era transformar una campaña aérea contra Irán en una operación de cambio de régimen mediante una combinación de bombardeos, fuerzas terrestres kurdas, insurgencia interna y movilización popular.
Los planificadores israelíes no contemplaban necesariamente que los kurdos permanecieran como una fuerza regional. La expectativa era que el movimiento creciera hasta convertirse en una insurrección nacional capaz de avanzar hacia Teherán.
La estimación que aparece en la investigación de Haaretz es de aproximadamente 16.000 combatientes kurdos para la operación inicial.
Otras estimaciones independientes situaban la fuerza total de las organizaciones kurdas iraníes establecidas en Irak aproximadamente entre 5.000 y 10.000 combatientes. Los 15.000–16.000 también podrían haber sido más bien la fuerza que los planificadores esperaban reunir para la primera fase, incorporando distintas organizaciones y voluntarios, es decir la semilla de una fuerza muchísimo mayor.
Según Channel 13, miles de combatientes fueron llevados a Israel para recibir entrenamiento sobre los escenarios operativos previstos.

La entrada estaba prevista desde el Kurdistán iraquí hacia el noroeste de Irán, principalmente a través de la región del Kurdistán iraní y Azerbaiyán Occidental.
El objetivo inicial no era atacar Teherán directamente. Primero debían crear una cabeza de puente territorial.
Las investigaciones mencionan específicamente Kermanshah y Marivan como ciudades que los kurdos debían intentar ocupar o controlar en la primera fase.
Una investigación posterior señaló que el escenario contemplaba que, mediante la incorporación de población y combatientes locales, la fuerza pudiera eventualmente alcanzar decenas o incluso cientos de miles de personas.
El papel de la aviación israelí
Esta es probablemente la parte más importante para entender el concepto, ya que los kurdos no estaban destinados a penetrar solos. La aviación israelí debía atacar sistemáticamente las posiciones del IRGC, a fuerzas de la policía, Guardia Fronteriza, bases militares, instalaciones de Basij, sistemas de misiles, centros de mando. Todas las cuales fueron atacadas, pero al final nunca se ejecutó el plan terrestre.
La finalidad no era solamente destruir objetivos militares: era abrir un corredor terrestre desde la frontera iraquí hacia las ciudades del noroeste iraní. Channel 13 describió precisamente los ataques israelíes contra posiciones del IRGC a lo largo de la frontera como una manera de “abrir la puerta” para el avance kurdo.
Una investigación calculó que la fase de entrada habría estado prevista después de aproximadamente 100 horas de ataques aéreos. Además, durante los primeros días de la guerra efectivamente hubo numerosos ataques estadounidenses e israelíes contra instalaciones de seguridad iraníes en el noroeste. Parte de los bombardeos realizados durante la guerra parecen compatibles con el corredor previsto.
El componente político y las protestas civiles eran factores claves
La invasión kurda era solamente una pieza. El plan aparentemente contemplaba que otras minorías iraníes y grupos opositores abrieran simultáneamente otros focos de rebelión.
La idea era obligar al régimen a dispersar sus fuerzas. Los planificadores esperaban que, una vez que los kurdos consiguieran una victoria inicial, millones de iraníes salieran a las calles. La operación necesitaba especialmente de una especie de efecto dominó.
Israel podía destruir instalaciones militares iraníes. Los kurdos podían intentar cruzar. Pero nadie podía garantizar que la población iraní se levantara simultáneamente contra el régimen.
Según las investigaciones posteriores, eso fue precisamente lo que comenzó a ocurrir: los planificadores esperaban una movilización popular muchísimo mayor de la que finalmente se produjo. Y sin ese levantamiento, la situación cambiaba radicalmente.
Los kurdos se habrían convertido en una fuerza extranjera penetrando en territorio iraní sin tener detrás una revolución popular. Eso habría permitido a Teherán presentar la operación como una invasión extranjera patrocinada por Israel y EEUU, algo que podía fortalecer al régimen en vez de derribarlo.
Otro punto fracasado del plan respecto a buscar una insurrección salió a la luz en abril cuando Trump afirmó públicamente que EEUU había intentado proporcionar armas a manifestantes/opositores iraníes, pero que las armas no terminaron en las manos de las personas para las que estaban destinadas, terminaron siendo desviadas, algo que aparentemente lo enfureció.. Times of Israel tituló su reconstrucción: “Trump says US tried to arm Iranian protesters, but guns were diverted”. El objetivo estratégico era que una protesta política evolucionara hacia una insurgencia.
Esto es importante porque coincide con un problema que la CIA conoce perfectamente de sus operaciones clandestinas anteriores: controlar quién recibe realmente las armas una vez que atraviesan una cadena de intermediarios es extremadamente difícil.
Hay un precedente especialmente relevante, como el programa de la CIA para entrenar y armar rebeldes sirios durante la guerra civil. Investigaciones posteriores documentaron que parte del armamento terminó siendo robado, vendido o transferido a otros grupos.
Desde los primeros días de la guerra, Teherán también lanzó una campaña militar y de seguridad para bloquear las zonas que pudieran convertirse en puntos de cruce, principalmente al noroeste. Reforzó su presencia en las ciudades kurdas y a lo largo de la frontera, al tiempo que atacaba las bases de los grupos armados dentro de la región del Kurdistán con misiles y drones.
A finales de marzo, la ACLED había contabilizado al menos 388 misiles y drones lanzados por Irán y sus aliados contra la región del Kurdistán iraquí, de los cuales casi la mitad tenían como objetivo objetivos vinculados a partidos y combatientes kurdos. Cinco miembros de una facción murieron en la primera oleada de ataques, y los cuarteles generales utilizados por sus líderes para entrenamiento y residencia fueron alcanzados en ataques de precisión.
Del lado iraní, los residentes cercanos a la ciudad de Baneh, próxima a la frontera con la región del Kurdistán iraquí, hablaron de un convoy de unos 50 autobuses que transportaban personal de la Guardia Revolucionaria y que se dirigía hacia la frontera el 22 de marzo.
En Irak, el plan chocó con la postura oficial de Bagdad y Erbil. Durante la guerra, el asesor de seguridad nacional iraquí, Qassem al-Araji, declaró que un funcionario iraní había solicitado medidas para impedir la infiltración de grupos de oposición, y que Bagdad había enviado refuerzos a la frontera y estaba comprometida a evitar que su territorio se utilizara para llevar a cabo ataques contra Irán, en cumplimiento del acuerdo de seguridad de 2023.
El 5 de marzo, el Gobierno Regional del Kurdistán declaró que ni él ni los partidos gobernantes estaban involucrados en el armamento de facciones kurdas iraníes ni en su envío a territorio iraní. A finales de ese mismo mes, el presidente regional, Nechirvan Barzani, reafirmó que la política de la región era mantenerse al margen de la guerra.
Erbil desplegó fuerzas en la frontera para impedir el paso de grupos iraníes, mientras que los comandantes de la Guardia Revolucionaria amenazaron con bombardear a esas fuerzas si permanecían cerca de la franja fronteriza. La presión iraní también aumentó el costo para la propia región del Kurdistán: el 24 de marzo, un ataque con seis misiles balísticos mató a seis combatientes kurdos iraquíes e hirió a unos 30, según el gobierno regional.
Además, surgió una disputa dentro del establishment israelí sobre la viabilidad de la apuesta en sí. La inteligencia militar israelí, Aman, elaboró un informe que reducía las probabilidades de colapso del régimen y expresaba preocupación por la dificultad de contar con el apoyo de los kurdos y la incertidumbre sobre el alcance del respaldo estadounidense. Su director, Shlomi Binder, advirtió además sobre el impacto de los cortes de internet en la coordinación de un levantamiento interno y sobre las implicaciones de un intento fallido de derrocar al régimen para los cálculos nucleares de Irán.
Por el contrario, el Mossad y los funcionarios políticos presionaron para continuar con el proyecto de «crear las condiciones para un cambio de régimen», y después de la guerra la disputa se convirtió en un juego de culpas sobre la responsabilidad de su suspensión.
El factor Turquía
Turquía se opuso al proyecto. Ankara tiene una sensibilidad extraordinaria respecto de cualquier fortalecimiento militar de organizaciones kurdas.
Para Turquía, una fuerza kurda de decenas de miles de combatientes estableciendo un territorio militarizado en el oeste de Irán podía tener consecuencias impredecibles sobre el PKK, el movimiento kurdo dentro de Turquía, Siria, Irak, el equilibrio territorial de todo el Kurdistán.
Por eso, la oposición turca terminó siendo uno de los factores que hicieron que Washington se alejara de la operación. Reuters informó el 14 de enero de 2026 que la inteligencia turca había informado a la Guardia Revolucionaria sobre los intentos de elementos kurdos armados de cruzar desde Irak durante las protestas de ese mes.
Trump llegó a hablar directamente con organizaciones kurdas y, según diversos reportes, Washington había estudiado proporcionarles cobertura aérea estadounidense para permitirles penetrar en Irán.
Pero posteriormente Trump se distanció públicamente de la idea.
La explicación política era sencilla: la administración estadounidense no quería transformar una guerra aérea contra Irán en una guerra terrestre multinacional con fuerzas kurdas avanzando hacia el interior del país.
Y los propios kurdos tampoco querían entrar en una operación de esa magnitud sin garantías políticas sobre qué ocurriría después.
En marzo, el Ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidan, presionó a los legisladores estadounidenses para que se opusieran a una operación kurda transfronteriza, advirtiendo que sus efectos podrían extenderse a Turquía y Siria. Investigaciones israelíes posteriores añadieron que el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, habló con Trump y le advirtió de las repercusiones de una incursión kurda y de la posibilidad de fricciones turco-israelíes.
En cuanto a Washington, sus reservas existían antes de que estallara la guerra. Según Yedioth Ahronoth, el director de la CIA, John Ratcliffe, el secretario de Estado, Marco Rubio, y el vicepresidente JD Vance expresaron dudas durante una reunión el 12 de febrero sobre las posibilidades de convertir los movimientos y protestas de las minorías en un camino que condujera a la caída del régimen.
Tras el inicio de la guerra, los preparativos israelíes alcanzaron una fase avanzada. El periódico afirmó que Trump ordenó detener la invasión horas antes del cruce, mientras que el Canal 13 indicó que el veto se produjo unos tres días después del inicio de la campaña.
Un detalle: la bandera iraní
Uno de los elementos más curiosos que aparece en investigaciones posteriores es que los planificadores habrían querido que las fuerzas kurdas avanzaran bajo la antigua bandera iraní del León y el Sol, en lugar de presentar la operación exclusivamente como un proyecto kurdo. Israel necesitaba evitar que la población persa percibiera a los kurdos como una fuerza separatista extranjera.
Pero aquí aparecía otra problemática severa, ya que los grupos kurdos tenían sus propios objetivos políticos, incluidos planteamientos de autonomía o federalismo dentro de un Irán posterior a la República Islámica.
Según las investigaciones de Haaretz y Channel 13, el proyecto no terminaba con la caída del régimen. El Mossad habría considerado al expresidente Mahmoud Ahmadinejad como una posible figura para encabezar el Irán posterior a la República Islámica.
En las conversaciones internas habría sido denominado simplemente “The Friend” —“El Amigo”.
Es una de las partes más controvertidas de toda la investigación porque Ahmadinejad fue durante años uno de los políticos iraníes más hostiles hacia Israel.
Pero la tesis israelí habría sido que sus posteriores conflictos con la estructura clerical y su posición política podían convertirlo en una figura utilizable después de la caída del sistema.
Una reconstrucción posterior sitúa conversaciones sobre un escenario de cambio de régimen entre dirigentes israelíes y Trump ya en febrero, antes del comienzo de la guerra. Algo que ante el fracaso de la ejecución del plan general seguramente llevó a Trump a comentar constantemente que en Irán sí hubo un cambio de régimen tras el asesinato de varios líderes militares y funcionarios, además del Líder Supremo Alí Khamenei. Comentarios que quedan como simple maquillaje ya que la estructura jerárquica y del Estado se sostuvo y simplemente cambiaron los nombres, nuevos liderazgos.
¿Por qué fracasó?
1. El supuesto revolucionario falló.
Se esperaba una rebelión popular gigantesca que no llegó en la escala necesaria.
2. Los kurdos no querían entrar sin garantías.
Una cosa es combatir contra Irán desde bases fronterizas y otra muy distinta iniciar una invasión abierta con decenas de miles de personas.
3. Turquía se opuso.
Eso amenazaba con convertir una operación contra Irán en una crisis simultánea con Ankara.
4. Washington no quiso asumir el riesgo.
Sin una garantía estadounidense clara de cobertura aérea, los grupos kurdos no tenían incentivos para iniciar la ofensiva.
5. El plan dependía de demasiadas cosas simultáneamente.
Tenían que funcionar los bombardeos, la eliminación de dirigentes, la invasión kurda, la movilización kurda local, las protestas nacionales, las rebeliones de otras minorías y finalmente una transición política.
El fallo de uno solo podía comprometer todo el sistema.
Tras la detención de la incursión a gran escala, la actividad armada kurda dentro de Irán se mantuvo a una escala mucho menor. A finales de junio, se produjeron enfrentamientos vinculados al PJAK cerca de Mahabad, y se informó de la muerte de cuatro miembros de su brazo armado. A principios de julio, la Guardia Revolucionaria informó de que un grupo del Partido Democrático del Kurdistán Iraní había entrado en una zona montañosa cerca de Piranshahr y que varios de sus miembros habían muerto.




