En la guerra de 1877-1878, el ejército ruso estuvo más cerca de conquistar Constantinopla que en cualquier otro momento desde la caída del Imperio bizantino en 1453.
La guerra comenzó cuando el Imperio ruso declaró la guerra al Imperio otomano en abril de 1877. El motivo oficial era defender a las poblaciones cristianas de los Balcanes tras las represiones otomanas ocurridas en Bulgaria, aunque detrás existía un objetivo geopolítico mucho más ambicioso: controlar los estrechos del Bósforo y de los Dardanelos, obtener acceso permanente al Mediterráneo y consolidar el liderazgo ruso sobre el mundo eslavo y ortodoxo.
Desde la época de Pedro el Grande, todos los gobernantes rusos habían soñado con asegurar una salida permanente a mares cálidos. Con la ciudad de Constantinopla en sus manos, la flota rusa habría podido proyectar poder naval hacia el Mediterráneo oriental sin depender de la buena voluntad de los otomanos.
Rusia, recuperada la dolorosa derrota de Crimea, pasó a la acción e inició una contienda que resultaría decisiva en la configuración del orden internacional. Al término de aquél conflicto, permanecía como el único estado absolutista de Europa.
León Tolstói, entonces un joven oficial de artillería destacado en Sebastopol, no dudaría en escribir en sus célebres Relatos de Sebastopol (1855-1856), después del fin de la guerra, que “no tenemos ejército, tenemos una horda de esclavos acobardados por la disciplina, que reciben órdenes de ladrones y traficantes de esclavos”.
Para él, el problema no era la valentía de los soldados, sino el sistema. Consideraba que los campesinos reclutados eran tratados prácticamente como siervos, sometidos a una disciplina brutal y dirigidos por una oficialidad muchas veces incompetente, burocrática o corrupta.
Sus prerrogativas en la protección de los cristianos del Imperio otomano habían sido subvertidas por Napoleón III, y las imposiciones de los victoriosos aliados habían mermado su influencia en el Mar Negro, donde no podía armar una flota de guerra. El aislamiento internacional del imperio se había hecho patente, al igual que la urgente necesidad de modernización de su ejército.
Alejandro II («El Zar Liberador») asumió el 3 de marzo de 1855 e impulsó la modernización del Imperio Ruso al abolir la servidumbre en 1861, iniciando un vigoroso programa de reformas que se hizo eco del malestar subyacente con el antiguo régimen ruso. “Es mejor abolir la servidumbre desde arriba que esperar el momento en que empiece a abolirse sola, desde abajo”, anunciaría a un grupo de aristócratas.
En el plano militar, fue el general Dimitri Miliutin, Ministro de Guerra de 1861 a 1881, quien lideró la reforma. Veterano de Crimea y del Cáucaso, este oficial preconizaba una aproximación científica a la guerra a partir de amplios estudios estadísticos. Con el apoyo incondicional del zar, Miliutin reorganizó el cuerpo de oficiales, el Estado Mayor y el ministerio, al tiempo que impulsó periódicos militares con que mejorar la formación de la tropa, formada en buena medida, hasta entonces, por conscriptos analfabetos. La culminación de la conquista del Cáucaso, así como las campañas en Asia central contra los janatos de Kokanda, Bujará y Jiva, que reavivaron la rivalidad anglo-rusa –el famoso “Gran Juego” –, fueron el campo de prueba del renovado ejército ruso.
En paralelo a la modernización del ejército, Alexander Gorchakov, Ministro de Asuntos Exteriores entre 1856 y 1882, restableció la posición rusa en el tablero internacional. La Segunda Guerra de Independencia Italiana, la Segunda Guerra de los Ducados, La Guerra de las Seis Semanas y, sobre todo, la Guerra franco-prusiana, habían alterado completamente la situación. Alemania, con la que Rusia mantenía buenas relaciones, era la nueva potencia hegemónica en Europa central, lo que permitió que Alejandro II abordase con garantías la “gran crisis de Oriente” que se desencadenó en 1875 cuando estallaron grandes insurrecciones contra la administración otomana en Bulgaria y Herzegovina, seguidas, a los pocos meses, por las rebeliones de los principados autónomos de Serbia y Montenegro.
El gran duque Nicolás Nikoláyevich entra en Tárnovo el 30 de junio de 1877 (1883), óleo sobre lienzo de Nikolai Dmitriev-Orenburgsky (1837-1898), Museo Estatal Ruso, San Petersburgo. La población local eslava y ortodoxa recibió a los rusos como libertadores
El Imperio Otomano, a pesar de su victoria en Crimea, se encontraba en la década de 1870 sumido en un endeudamiento astronómico como consecuencia de los préstamos que había concertado con bancos e inversores occidentales para modernizar su infraestructura de comunicaciones y ampliar y modernizar su armada. Al mismo tiempo, el nacionalismo eslavo en los Balcanes mermaba cada vez más la influencia de Estambul sobre los súbditos cristianos del Imperio. La respuesta del este ante las insurrecciones fue contundente; tanto que la prensa occidental difundió los relatos de las masacres cometidas por las fuerzas otomanas o los numerosos irregulares bashi-bozuk que merodeaban junto a ellas. “Era una montaña de cráneos, entremezclados con huesos de todas las partes del cuerpo humano, esqueletos casi enteros y podridos, ropa, cabello humano y carne podrida que yacían en un montón sucio alrededor del cual la hierba crecía exuberante”, escribió el corresponsal del Daily News, J. A. MacGahan, sobre el escenario de una de aquellas masacres.
La guerra ruso-turca de 1877-1878
Con la opinión pública internacional a favor de una intervención, su alianza con Alemania y unas fuerzas armadas mucho mejor preparadas que en 1853, el Imperio ruso estaba listo para entrar en guerra con el otomano. Así lo hizo el 24 de abril de 1877.
El Ejército del Sur, formado por cuatro cuerpos de ejército (VIII, IX, XI y XII), más dos brigadas de fusileros, una división de cosacos y cincuenta y cuatro escuadrones independientes de cosacos del Don, penetró en Rumanía. Allí, los rusos fueron recibidos como libertadores y, de inmediato, el principado rumano, vasallo hasta ese momento de Estambul, se declaró en rebeldía. El 6 de mayo llegaron por tren los cuerpos IV, XIII y XIV, lo que elevó la cifra de efectivos rusos a 300.000 hombres. Uno de los oficiales más destacados del ejército era Mijaíl Skobelev, un viejo conocido del corresponsal MacGahan, con quien había coincidido en Asia central. “La última vez que lo vi, estábamos ambos de pie en las orillas del Oxus, en el kanato de Jiva”, escribió el periodista estadounidense tras encontrárselo de nuevo en Bulgaria.
El avance ruso en la guerra contra los otomanos fue extremadamente difícil. El ejército otomano ofreció una resistencia feroz en la Batalla de Plevna, donde el general Osman Pasha retrasó durante meses la ofensiva rusa. Aquella batalla fue una de las más sangrientas del siglo XIX y demostró que las fortificaciones modernas podían detener incluso a ejércitos muy superiores en número. Sólo tras un largo asedio cayó Plevna el 10 de diciembre de 1877.
Con la caída de Plevna (Pleven), el camino hacia Constantinopla quedó prácticamente abierto. En pleno invierno, el general Mikhail Skobelev condujo una brillante campaña atravesando los nevados Montes Balcanes, una maniobra considerada una de las mayores hazañas logísticas de la época. Las fuerzas otomanas comenzaron a desmoronarse y los rusos ocuparon sucesivamente ciudades estratégicas de Bulgaria y Tracia.
El Ejército de Rumelia otomano contaba con unos 160.000 efectivos repartidos entre las fortalezas del Danubio: Vidin, Ruse, Silistra, Shumen y Varna. La calidad individual de los soldados turcos estaba fuera de duda, pero el ejército presentaba importantes deficiencias organizativas, logísticas y de mando. Para 1877, solo 1.600 de los 20.000 oficiales del Ejército otomano se habían formado en la Academia Militar de Estambul o en la Escuela de Ingenieros Militares. El armamento turco, en cambio, no era inferir al ruso, puesto que tres cuartas partes de la infantería estaban equipadas con fusiles de retrocarga Peabody-Martini –copias estadounidenses del Martini-Henry británico– y, los demás, con fusiles Snider, menos potentes, pero también de retrocarga.
Uno de los activos de las fuerzas otomanas eran sus oficiales extranjeros, sobre todo británicos, que ayudaron a mejorar la organización y la táctica de los soldados del sultán. Uno de ellos era Valentine Baker, o Baker Pachá, veterano de Crimea que había tratado sin éxito de adelantarse a Skobelev en Jiva, y que, acusado de agredir sexualmente a una mujer en un tren, había acabado al servicio del khedive de Egipto. Al llegar las tropas egipcias al teatro de guerra, un periodista francés escribiría: “Eran hombres excelentes, ágiles, de aspecto activo, extraordinariamente bien vestidos y entrenados; de hecho, muy superiores a los turcos en ambos aspectos, y hacían un fuerte contraste con los batallones harapientos que habían combatido tan bien unos días antes”.
Los errores estratégicos del mando otomano, que estaba convencido de que el Ejército ruso atravesaría el Danubio cerca de Ruse, permitieron que la vanguardia rusa lo hiciese sin grandes dificultades más al oeste, en Svishtov, donde apenas había una brigada turca. Asegurada la cabeza de puente, a finales de junio, las fuerzas rusas se dividieron en tres destacamentos: el oriental, dirigido por el zarévich Alexander Alexándrovich –futuro Alejandro III–, avanzó hacia Ruse; el occidental, al mando del barón Nicolai von Krüdener, marchó en dirección a Nicópolis, y el Destacamento Avanzado del general Iósif Vladimiróvich Gurko penetró en dirección a las estribaciones balcánicas, hacia el sur. Dado que el flanco de Ruse estaba bien defendido y fortificado, Estambul ordenó al general Osmán Nuri Pachá que marchase a toda prisa desde Vidin hacia Nicópolis para contener el avance ruso por el oeste. Nicópolis se rindió el 16 de julio tras un masivo asalto ruso, pero Nuri Pachá llegó a tiempo para organizar una nueva línea defensiva en Plevna, una pequeña ciudad de 17.000 habitantes que se convertiría en un mito para los otomanos.
El camino hacia la capital otomana había quedado despejado. A pesar de la crudeza del invierno y del gran desgaste sufrido durante el asedio y en los duros combates montañosas en Shipka, el alto mando ruso no detuvo la ofensiva. El general Gurko escribió, después de que sus hombres cruzasen el río Maritsa, que:
«Mis soldados han marchado sin un murmullo, y casi sin descanso, decenas y centenares de verstas; han cargado en sus espaldas con provisiones para ocho días, así como centenares de cartuchos, así que no he tenido problema alguno con el transporte; han arrastrado la artillería a través de las montañas, cosa que me ha permitido descender a la llanura con mis cañones y sobrepasar por fin al enemigo».
El 4 de enero de 1878, después de que Skobelev capturase Sheynovo, en medio de una ventisca, 36.000 soldados y 90 cañones otomanos, las fuerzas rusas, rumanas y búlgaras expulsaron de Sofía a los turcos y, el 16 de enero, liberaron Plovdiv. A partir de entonces, el avance prosiguió sin encontrar gran resistencia hasta que, a principios de marzo, los rusos y sus aliados se plantaron ante Estambul. El 3 de marzo las tropas rusas alcanzaron San Stefano, situado apenas a unos 12 o 15 kilómetros del centro histórico de Constantinopla. Desde aquellas posiciones avanzadas era posible divisar los minaretes y las cúpulas de la antigua capital bizantina. Nunca antes desde el siglo XV un ejército cristiano había estado tan cerca de entrar victorioso en la ciudad.
Sin embargo, la situación internacional cambió de forma dramática. El gobierno británico de Benjamin Disraeli interpretó que una ocupación rusa de Constantinopla alteraría por completo el equilibrio europeo. Para Londres, permitir que Rusia controlara el Bósforo significaba abrir la puerta a una futura amenaza sobre las rutas marítimas hacia la India, la joya del Imperio británico.
Como respuesta, la poderosa flota británica atravesó los Dardanelos y navegó hacia el mar de Mármara. Al mismo tiempo, el Reino Unido movilizó tropas desde la India y comenzó preparativos militares. También Austria-Hungría manifestó que no aceptaría una expansión rusa ilimitada en los Balcanes. Rusia, agotada tras una campaña extremadamente costosa y sin desear enfrentarse simultáneamente a varias grandes potencias, decidió detener su avance.
Durante gran parte del siglo XIX, Londres veía a Rusia como el principal rival geopolítico. Los británicos temían que el Imperio ruso descendiera hacia el Mediterráneo, controlara los estrechos del Bósforo y los Dardanelos y amenazara la ruta hacia la India, la joya del Imperio británico. Por ello nació la llamada política de la integridad del Imperio otomano: no porque los británicos sintieran simpatía por los turcos, sino porque el Imperio Otomano actuaba como un Estado tapón entre Rusia y las posesiones británicas.
Esta política ya se había manifestado durante la Guerra de Crimea, cuando británicos y franceses lucharon junto a los otomanos para impedir una victoria rusa. Se repitió en 1878, cuando la flota británica apareció frente a Constantinopla y obligó a Rusia a detener su avance.
El propio Disraeli escribió en su correspondencia que “si la reina [Victoria] fuese un hombre, le gustaría ir y dar a esos rusos, en cuya palabra uno no puede confiar, una tremenda paliza”. Sin embargo, la opinión pública británica estaba en contra de entrar en guerra con Rusia, de manera que se evitó el derrumbe otomano no por medios militares, sino diplomáticos.
El resultado inmediato fue el Tratado de San Stefano, firmado el 3 de marzo de 1878. Este acuerdo representó el mayor triunfo diplomático ruso desde las guerras napoleónicas. El Imperio otomano reconocía la independencia de Rumania, Serbia y Montenegro. Además, se creaba una inmensa Bulgaria (172.000 kilómetros cuadrados) como vasallo ruso, con un gobierno nacional cristiano y una milicia nacional, que se extendía desde el Danubio hasta el mar Egeo, funcionando como un Estado satélite de San Petersburgo.
Rusia también obtuvo importantes ganancias territoriales. Recuperó la parte meridional de Besarabia, perdida tras la Guerra de Crimea, y anexó fortalezas estratégicas en el Cáucaso, entre ellas Kars, Ardahan y Batum. Estos territorios fortalecían enormemente la posición rusa frente al Imperio otomano.
Esas ganancias territoriales en el Cáucaso se obtuvieron porque mientras la atención de Europa estaba puesta en el avance ruso hacia Constantinopla por los Balcanes, se desarrollaba una segunda campaña, mucho menos conocida pero igualmente decisiva: la ofensiva del Cáucaso. Allí, el Imperio ruso obtuvo algunas de sus victorias más rápidas y contundentes sobre el Imperio Otomano.
El frente del Cáucaso se extendía desde las montañas que hoy separan Georgia, Armenia y el noreste de Turquía. Era una región de enorme importancia estratégica, porque servía como puerta de entrada entre Anatolia, el Cáucaso y Oriente Próximo. Quien dominara esas fortalezas controlaba las principales rutas militares hacia el interior de Asia Menor.
Aunque las tropas rusas alcanzaron los alrededores de Erzurum y ocuparon posiciones dominantes durante el invierno de 1878, la situación histórica tiene un matiz importante. La ciudad no fue conquistada mediante un gran asalto militar. Tras el armisticio de enero de 1878, las fuerzas rusas entraron en Erzurum de forma temporal en febrero, en el marco de las negociaciones y de la retirada de las fuerzas otomanas de ciertas posiciones. Poco después, la ciudad fue devuelta al Imperio otomano como consecuencia de los acuerdos diplomáticos posteriores.
¿Por qué Rusia no se quedó con Erzurum si había llegado hasta allí? La respuesta está en la diplomacia europea. Aquel enorme éxito duró poco. Gran Bretaña y Austria-Hungría se opusieron al ya mencionado Tratado de San Stefano, que consideraban una amenaza para sus intereses. Convocaron el Congreso de Berlín (del 13 de junio al 13 de julio de 1878), que adoptó el Tratado de Berlín (13 de julio de 1878), obligaron a revisar completamente el tratado durante el Congreso de Berlín, y fue presidido por Otto von Bismarck. Allí se redujo drásticamente el tamaño de Bulgaria, se limitaron muchas de las ventajas obtenidas por Rusia y se redistribuyó la influencia en los Balcanes entre las grandes potencias.
En el Tratado de San Stefano y, sobre todo, en el Congreso de Berlín, las grandes potencias también aceptaron que Rusia conservara fortalezas consideradas defensivas, como Kars, Ardahan y Batum, pero no una gran ciudad del interior de Anatolia como Erzurum, cuya anexión habría supuesto una penetración mucho más profunda en territorio otomano.
Al mismo tiempo se motivó la ira por parte de los paneslavistas contra Bismarck, que procuró limitar el influjo ruso sobre los Balcanes y dio un giro a su política internacional con una aproximación a Austria-Hungría, cuya preocupación principal era impedir la expansión del nacionalismo eslavo en los Balcanes. Las disputas irían en aumento hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, que Mijaíl Skobelev, adscrito a las tesis paneslavistas, ya premonizó en un discurso de 1882 en el que hablaba de un inevitable enfrentamiento entre “eslavos y teutones”. Rusos y otomanos se enfrentarían de nuevo en aquel conflicto con nefastas consecuencias para sus respectivos gobernantes.
Para muchos rusos, aquello fue una auténtica humillación diplomática. Habían sacrificado cerca de 200.000 hombres para derrotar al Imperio otomano y, sin embargo, veían cómo Alemania, a la que consideraban una aliada desde las guerras napoleónicas, limitaba los frutos de su victoria. La prensa rusa comenzó a acusar a Bismarck de haber traicionado a Rusia para favorecer a Viena.
Hasta entonces, Imperio alemán y Rusia habían mantenido relaciones relativamente cordiales dentro del sistema diplomático creado por Bismarck. Pero después de Berlín, la confianza quedó profundamente dañada.
Muchos historiadores consideran que las frustraciones generadas en Berlín sembraron parte de las tensiones que décadas más tarde desembocarían en la Primera Guerra Mundial.
Firma del Tratado de Paz de San Stefano, 3 de marzo (19 de febrero de 1878). Foto: «Lost Bulgaria»
Existe un aspecto poco conocido de esta campaña. Diversos oficiales rusos propusieron al zar Alejandro II ocupar Constantinopla antes de que llegaran los británicos. Argumentaban que, una vez dentro de la ciudad, sería políticamente imposible expulsarlos sin desencadenar una guerra continental. Sin embargo, Alejandro II dudó. Era consciente de que Rusia estaba financieramente agotada, había sufrido cerca de 200.000 bajas entre muertos, heridos y enfermos, y una guerra contra el Reino Unido podía convertirse en un desastre estratégico.
Paradójicamente, el sueño ruso de Constantinopla nunca volvió a estar tan cerca de hacerse realidad. Ni durante la Primera Guerra Mundial, cuando los Aliados llegaron a prometer la ciudad a Rusia en acuerdos secretos, pudo concretarse ese viejo objetivo. La Revolución rusa derrumbó al Imperio ruso antes de la victoria final y convirtió en papel mojado aquellas promesas. Por ello, la campaña de 1878 sigue siendo recordada por muchos historiadores como la ocasión perdida en la que Rusia estuvo a las puertas de Constantinopla y decidió no cruzarlas, un momento que pudo haber alterado profundamente el mapa político de Europa y del Cercano Oriente durante el siguiente siglo.
Para numerosos rusos, Constantinopla no era simplemente una capital enemiga. Era la ciudad de Santa Sofía, el antiguo centro espiritual del cristianismo ortodoxo.
Cuando Constantinopla cayó en manos otomanas en 1453 durante la Caída de Constantinopla, muchos pensadores ortodoxos interpretaron el hecho como una tragedia providencial. Décadas más tarde apareció una idea que marcaría la identidad rusa durante siglos: la teoría de la Tercera Roma.
Según esta doctrina, la primera Roma había caído en la herejía (desde la perspectiva ortodoxa), la segunda Roma era Constantinopla y había sucumbido ante los turcos. Por lo tanto, Moscú pasaba a ser la Tercera Roma, el último gran bastión de la fe ortodoxa.
El monje Filoteo de Pskov formuló la célebre frase:
«Dos Romas han caído. La tercera permanece. Y no habrá una cuarta»
Aquella afirmación no era sólo religiosa. También legitimaba que los zares fueran vistos como herederos de los emperadores bizantinos.
Además de que la caída de semejante ciudad, significaba el derrumbe definitivo del prestigio del Imperio Otomano y el nacimiento de un nuevo equilibrio de poder en Europa y Oriente Próximo.
El Imperio otomano probablemente habría entrado en un proceso de desintegración varias décadas antes de la Primera Guerra Mundial. Los pueblos cristianos de los Balcanes habrían quedado bajo una influencia rusa mucho más intensa, mientras que potencias como el Reino Unido, Francia y Austria-Hungría habrían intentado contener esa expansión mediante alianzas o incluso una guerra europea.
¿Por qué Rusia se consideraba heredera de Bizancio?
La conexión no era únicamente simbólica. En 1472, el gran príncipe Iván III de Moscú se casó con Sofía Paleóloga, sobrina del último emperador de Bizancio, Constantino XI Paleólogo.
Ese matrimonio proporcionó a Moscú un enorme prestigio dinástico. Poco después comenzaron a adoptarse símbolos imperiales bizantinos como el águila bicéfala como emblema del Estado; ceremonias inspiradas en la corte bizantina; la idea del zar como protector universal de la Ortodoxia.
De hecho, la palabra zar deriva del latín Caesar y pretendía expresar una continuidad con el Imperio romano de Oriente.
Constantinopla podría haber sido convertida en una capital espiritual del Imperio, restaurando iglesias ortodoxas, reconsagrando Santa Sofía como catedral y estableciendo allí la sede principal del patriarcado ortodoxo bajo protección rusa.
Algunos nacionalistas eslavófilos del siglo XIX soñaban incluso con rebautizar la ciudad como Tsargrad («Ciudad del César»), el antiguo nombre eslavo con el que los rusos medievales designaban Constantinopla. Para ellos, la conquista no habría sido la creación de un nuevo imperio, sino la restauración del orden perdido en 1453.
El paneslavismo
En esos años ganó fuerza el paneslavismo, un movimiento político y cultural que defendía la unión de todos los pueblos eslavos bajo el liderazgo de Rusia.
Sus partidarios sostenían que Serbia, Bulgaria, Montenegro y otros pueblos eslavos debían liberarse por completo del dominio otomano y de la influencia austrohúngara. Para ellos, Rusia tenía una misión histórica y religiosa como protectora de los eslavos ortodoxos.
Uno de sus representantes más conocidos fue el mismo general Mijaíl Skóbelev, héroe de la guerra de 1877-1878. Vestido casi siempre con uniforme blanco y montado sobre un caballo blanco, era una figura legendaria entre los soldados rusos.
En un famoso discurso pronunciado en 1882 en París, Skóbelev afirmó que el gran conflicto del futuro sería una lucha entre los pueblos eslavos y los teutones.
Existe una notable ironía histórica. En 1878, Rusia estuvo a las puertas de Constantinopla y parecía destinada a convertirse en la gran vencedora del este de Europa. Apenas cuarenta años después, el imperio de los zares había desaparecido sin haber cumplido su viejo sueño de controlar los estrechos. El Imperio otomano, por su parte, también sucumbió, pero la ciudad de Constantinopla, rebautizada oficialmente como Estambul, nunca pasó a manos rusas. Ambos imperios se destruyeron mutuamente en un largo proceso histórico, mientras el objetivo que había obsesionado a los zares desde el siglo XV quedó definitivamente fuera de su alcance.
El juego británico
En 1878, el Reino Unido efectivamente había impedido que Rusia ocupara Constantinopla. Pero esa ayuda no fue gratuita. Ese mismo año, mediante la Convención de Chipre, los británicos obtuvieron el control de Chipre a cambio de prometer proteger al Imperio otomano frente a Rusia. Para muchos dirigentes otomanos, aquello fue una señal de que Londres protegía al imperio solo mientras le resultara útil.
En las décadas siguientes, esa desconfianza aumentó. El Reino Unido comenzó a ocupar o controlar territorios que formalmente seguían perteneciendo al sultán. En 1882, aprovechando una revuelta nacionalista, los británicos ocuparon Egipto. Aunque jurídicamente seguía siendo una provincia otomana, en la práctica quedó bajo administración británica. Para Estambul fue una auténtica traición: la potencia que decía defender la integridad del Imperio otomano acababa de apoderarse de una de sus provincias más ricas y estratégicas.
Además, con la apertura del Canal de Suez en 1869, Egipto adquirió un valor enorme. Para los británicos era la ruta más rápida hacia la India. Mantener ese corredor era mucho más importante que sostener la soberanía otomana.
Mientras tanto, apareció un nuevo actor: el Imperio alemán. A diferencia de británicos, franceses o rusos, Alemania no tenía un largo historial de conflictos con los otomanos ni grandes colonias en Oriente Próximo. El káiser Guillermo II cultivó una relación muy estrecha con el sultán Abdul Hamid II. Visitó Constantinopla, se presentó como amigo del islam y promovió importantes inversiones alemanas.
La más famosa fue el proyecto del Ferrocarril Berlín-Bagdad, que pretendía unir Europa Central con Mesopotamia y, potencialmente, el golfo Pérsico. Para los otomanos, aquello significaba modernización, inversiones y apoyo militar. Para los británicos, en cambio, era una amenaza directa a su predominio en Oriente Próximo y a las rutas hacia la India.
También influyó el cambio en el equilibrio europeo. A comienzos del siglo XX, la principal amenaza para el Imperio otomano ya no parecía ser únicamente Rusia. Los dirigentes otomanos observaban que el Reino Unido, Francia y Rusia estaban formando la Triple Entente. Es decir, dos de sus rivales históricos, Reino Unido y Rusia, ahora cooperaban. Desde Estambul, eso resultaba inquietante.
Hubo otro episodio decisivo. Durante las Guerras Balcánicas, el Imperio otomano perdió casi todos sus territorios europeos. Las potencias occidentales no hicieron prácticamente nada para evitar ese desastre. Muchos dirigentes concluyeron que las promesas británicas de proteger al imperio ya no tenían valor.
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, el gobierno de los Jóvenes Turcos buscó inicialmente mantenerse neutral. Sin embargo, ocurrió un incidente que inclinó definitivamente la balanza: el Reino Unido confiscó dos modernos acorazados que el Imperio otomano había pagado y encargado a astilleros británicos. Los buques, conocidos como Sultân Osmân-ı Evvel y Reşadiye, fueron incorporados a la Marina Real al comenzar la guerra.
Aquello causó una enorme indignación en Constantinopla. Miles de ciudadanos habían contribuido con donaciones para financiar esos barcos, considerados un símbolo del renacimiento naval otomano. La confiscación fue percibida como una humillación nacional.
Pocas semanas después, Alemania «regaló» al Imperio otomano dos de sus propios buques, el crucero de batalla SMS Goeben y el crucero ligero SMS Breslau, que fueron transferidos nominalmente a la marina otomana. Ese gesto tuvo un enorme impacto político y terminó de acercar a ambos imperios.
En definitiva, los otomanos no olvidaron que el Reino Unido los había ayudado frente a Rusia en 1856 y 1878. Lo que ocurrió es que, entre esas fechas y 1914, vieron cómo Londres ocupaba Egipto, tomaba Chipre, estrechaba relaciones con Rusia y confiscaba los buques que ellos habían financiado. Desde la óptica de los dirigentes otomanos, Gran Bretaña había pasado de ser un protector interesado a convertirse en una potencia que avanzaba sobre sus propios territorios. En comparación, Alemania parecía ofrecer algo que los británicos ya no ofrecían: apoyo militar, inversión económica y la promesa de respetar la integridad territorial del Imperio otomano. La historia demostraría que esa apuesta tampoco salvaría al imperio, pero en 1914 muchos en Constantinopla la consideraban la opción menos peligrosa.




