A casi un mes de haberse celebrado los comicios presidenciales, el Perú se encuentra sumergido en un peligroso limbo institucional. Mientras el calendario avanza implacable hacia la segunda vuelta del 7 de junio, el organismo electoral todavía es incapaz de poner nombre y apellido al rival que enfrentará a Keiko Fujimori. Lo que debería ser una fiesta democrática se ha transformado en un ejercicio de opacidad y desesperación técnica.
Resulta inadmisible que, en pleno 2026, la ONPE y el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) sigan escudándose en «problemas logísticos» para no entregar un resultado definitivo. Con 35 candidatos en la cartilla, era previsible una dispersión del voto, pero la lentitud del escrutinio, que promete estirarse hasta mediados de mayo, roza la negligencia. ¿Cómo es posible que el país deba esperar 45 días para saber quiénes son sus finalistas?
Aunque los últimos reportes ubican a Roberto Sánchez con una ligera ventaja en el segundo lugar, la falta de una confirmación oficial mantiene a otros cuatro candidatos en un «empate técnico» que parece no resolverse nunca. Nombres como Rafael López Aliaga, Jorge Nieto, Ricardo Belmont y hasta el humorista Carlos Álvarez siguen orbitando el tablero electoral sin certezas, mientras sus bases se impacientan en las calles.




