(Foto de ARCHIVO) Detalle de Herodes Antipás y Caifás de la Hermandad de San Pablo, en la presentación de la exposición cofrade 'In Nomine Dei. Patrimonio artístico de la Semana Santa de Sevilla'. En la sede de la Fundación Cajasol, (Sevilla, Andalucía, España), a 22 de febrero de 2021. María José López / Europa Press 22/2/2021
El relato de la Matanza de los Inocentes, aquel sobre el mandamiento del rey Herodes de ejecutar a todos los niños recién nacidos de Belén, no es un mero episodio piadoso adjunto al nacimiento de Cristo, sino una descripción concreta de una violencia política ejercida contra seres humanos indefensos. La Iglesia ha interpretado históricamente este acontecimiento como verdadero martirio en tanto que revela la lógica del poder que elimina aquello que percibe como amenaza u “obstáculo” a sus fines, y tales vidas son sacrificadas porque se rechaza el Poder Real de Nuestro Señor. Esto da cuenta de una constante antropológica y es la tendencia del poder a instrumentalizar la vida humana.
La tradición no idealiza estas víctimas como simples símbolos o mitos adyacentes, sino como agentes reales de una tragedia histórica objetiva. La muerte de cada niño es la eliminación de una vida concreta, cuyo valor intrínseco queda reconocido por la liturgia cristiana que los honra como mártires. Ese reconocimiento teológico es, en términos filosóficos, un reconocimiento de la dignidad humana ontológica anterior a cualquier proyecto o decisión.
Si trasladamos esta lógica a nuestros días, la memoria de los Santos Inocentes exige interrogar la realidad presente del aborto legalizado y la industria que lo sustenta. Las cifras de vidas humanas que no llegan a nacer bajo marcos legislativos que lo permiten son cuantitativamente superiores a las de Belén; cualitativamente, su legitimación está revestida de un lenguaje de “derechos” y “autonomía”, pero sin fundamento ontológico que reconozca al embrión como sujeto moral y persona humana. Aquí reside una diferencia crucial entre la matanza herodiana y la práctica contemporánea; aquel acto fue reconocido incluso por generaciones posteriores como injusto e inhumano, mientras que hoy la eliminación masiva de seres humanos en su fase más vulnerable se articula como un “derecho” más en el catálogo jurídico. Esta dislocación conceptual no puede sostenerse sin presuponer que la vida humana tiene valor condicional, algo que la tradición realista niega de raíz.
La industria del aborto florece precisamente porque la modernidad ha despojado de fundamentación realista la noción de persona humana, reduciéndola a una categoría de elección individual. El resultado es una deshumanización sistemática de quienes no pueden expresar voluntad consciente, que se integra a una lógica de mercado y del ejercicio del BioPoder. Esta industria es la manifestación de una estructura de poder que replica filosóficamente la mentalidad de Herodes, aunque revestida de un lenguaje liberal y progresista. Volver la mirada a los Santos Inocentes es restaurar una comprensión realista de lo que significa ser humano antes de cualquier consideración utilitarista o ideológica. Cualquier sociedad que tolere la eliminación de sus miembros más débiles no sólo ejecuta un acto de violencia física, sino que erosiona las bases mismas de su ética política y moral; cualquier sociedad que promueva la matanza de los inocentes es simplemente servil al AntiCristo.




