Adal Rodríguez – The Border Gazette
Es día de Navidad, y la nariz de Marco Rubio parecía tener más espíritu navideño recientemente que su discurso. Tal vez era la luz, tal vez era la nieve—¿Quién sabe? Lo único cierto es que entre los resoplidos y la moralina, recordé a su cuñado, Orlando Cicilia, aquel que en los ochenta movía algo más que buenos deseos. Qué curioso cómo la historia siempre termina sacudiéndose el polvo, ¿no?.
El tiempo me ha sido esquivo últimamente y no he podido escribir tanto como yo quisiera; la vida me arrastra por un torbellino de asuntos furiosos y mierdas que me tientan a descargar mi veneno en cada línea, desnudando la realidad con esa dosis de “chinga tu madre” que no se anda con rodeos y que, al final, es la única manera que se escribir con la verdad.
Escribo esto junto a mi compañera más leal, Skye, de hecho la única “perra” leal que he conocido :),una golden retriever con más ética que la mitad del Senado. La única perra en la que he confiado de verdad. Entre un par de IPAs y unas bocanadas de mi “medicina,” sigo agradeciendo haber cambiado veinte pastillas diarias por hierbas, humo y calma. Después de un aneurisma y siete cirugías cerebrales, uno aprende que la vida se ve más clara cuando se deja de vivir dopado por receta.
Quizá por eso puedo ver el teatro. La nieve política es la más pura: nunca se derrite, solo se recicla. Rubio habla de fe y libertad, pero cuando lo hace, casi puedo oír los fantasmas de Miami susurrando desde los ochenta: “el polvo nunca muere.”
Sin mas preámbulo, comenzamos.
Mario Tabraue: el “Príncipe” de las Bestias, las Drogas y la Hipocresía Cubano-americana
Si alguna vez hubo una figura que encarne el equilibrio perfecto entre narco-arrogancia, exotismo chocante y la absurda complicidad familiar, ese es Mario Tabraue. Un tipo que pasó de criar jaguares y tigres dentro de su mansión —como si fuera el sobrino perdido de algún villano de película barata— a dirigir una de las operaciones de cocaína más lucrativas y violentas de la historia reciente de Miami. Esto no es una novela de Netflix, es la cruda mezcla de ego, sangre y cinismo que floreció en los 80s bajo el sol decadente de South Florida.
Tabraue, el autoproclamado “dueño del zoológico”, no solo traficaba kilos de cocaína y acumula historias de asesinato y mutilación que podrían hacer palidecer a cualquier guionista de horror —al punto que uno de sus asociados mató a un informante federal, lo desmembró y quemó— sino que, cuando la ley finalmente lo alcanzó, salió de prisión con más glamour del que entró. Porque así es este país: mata gente con droga, luego posa con tigres para Instagram.
Pero ninguna historia de narco-farsa está completa sin su payaso de acompañamiento social, y en este caso ese papel lo interpretó Orlando Cicilia: el operador principal de la red, el “frente” que hacía los tratos mientras Tabraue vivía la vida de zoológico-mafioso. Este señor, que terminó limpiando y escondiendo toneladas de polvo blanco en una recámara común, no era un simple repartidor de drogas: era el socio domesticado de Tabraue en una empresa que movió decenas de millones de dólares y que funcionó como si fuera una sucursal de “Miami Vice” contratando extras.
Aquí es donde la trama adquiere un tinte de tragedia griega mezclada con sitcom política de bajo presupuesto: Orlando Cicilia, después de pasar más de una década tras las rejas por conspirar para distribuir cocaína por todo el país, se casa con Barbara Rubio, la hermana mayor de Marco Rubio, el actual Secretario de Estado de los Estados Unidos. Sí, ese Rubio, el que predica sobre “ley y orden”, “moral familiar” y “valores tradicionales” desde la tarima de cada convención política posible.
Mientras Tabraue se pavoneaba con sus animales exóticos y sus Ferraris, Cicilia se encargaba de hacer que el negocio funcionara y que el dinero real (no ese de Wall Street) llegara a su destino. Cuando las autoridades finalmente ejecutaron la operación conocida como Operation Cobra, ambos cayeron: Tabraue recibió una sentencia que en papel fue de 100 años (aunque salió tras ~14) y Cicilia fue sentenciado a 35 años, de los cuales cumplió cerca de 12.
Años después de su liberación, Cicilia obtuvo una licencia de bienes raíces gracias a una carta de recomendación redactada por Marco Rubio mismo, quien no pensó que mencionar que el aspirante a agente inmobiliario era su cuñado ex-narcotraficante sería necesario. Porque, claro, transparencia familiar en una democracia liberal siempre ha sido opcional.
Y para colmo de confusión —o tal vez conveniencia mediática— muchas fotos en internet de Mario Tabraue aparecen etiquetadas como si fuera Orlando Cicilia, pese a que su complexión, rasgos y presencia física son muy distintos. Ambos comparten el mismo tipo de barba cubano-ochentera, pero la diferencia es clara: uno parece un domador de leones con delirio de grandeza, y el otro, un contador que se cayó del camión equivocado.
“Operación Cobra”
En la húmeda y neón-empapada pesadilla febril del Miami de los años 80, mientras la mayoría de los niños se obsesionaban con Pac-Man, un joven Marco Rubio recibía una educación temprana en el “negocio familiar”. No eran precisamente puestos de limonada.
El fantasma de la cocaína en la habitación de invitados
Pongamos las cartas sobre la mesa. Los informes no hablan del hermano biológico de Marco, sino de su cuñado, Orlando Cicilia. En 1987, agentes federales lanzaron la Operación Cobra, desmantelando una red de cocaína que movía cerca de 75 millones de dólares en producto. En el corazón de esa red estaba Cicilia, quien vivía en una casa de West Kendall junto a la hermana de Marco, Bárbara.
¿La oscura ironía? El propio Marco Rubio, siendo adolescente, vivió en esa misma casa durante un tiempo a mediados de los 80. Mientras supuestamente hacía la tarea, los expedientes judiciales muestran que Cicilia usaba una habitación libre para cortar y almacenar kilos de cocaína en cajas vacías de cigarrillos. El líder del grupo, Mario Tabraue —un hombre que literalmente tenía leopardos en su jardín y estaba vinculado al desmembramiento de un informante federal— era el jefe directo de Cicilia.
Rubio ha pasado décadas afirmando que estaba “aturdido” y que “no tenía idea” de las operaciones de narcotráfico que ocurrían bajo el mismo techo. Una defensa audaz para un hombre que construyó su carrera siendo el halcón más “inteligente” en temas de seguridad nacional. Aún mejor: en 2002, como líder de la mayoría en la Cámara de Representantes de Florida, Rubio utilizó papel oficial del Estado para recomendar a Cicilia para una licencia de bienes raíces, omitiendo el hecho de que el solicitante era su familiar o un narcotraficante condenado. Más tarde afirmó que mencionar el lazo familiar habría sido “presión indebida.”
Las Dos Alas, Un Buitre
Puede que votes republicano porque el otro bando parece una demolición controlada del país, y eso es comprensible. Pero no olvidemos que estamos tratando con dos alas del mismo pájaro podrido. Rubio es la criatura definitiva del “Establishment”, mantenido a flote por los mismos intereses que se alimentan del caos global.
Si quieres seguir las migas, mira los libros contables del Complejo Militar-Industrial. Rubio no es solo un halcón; es un activo de alto precio. A lo largo de su carrera, la industria armamentista ha “invertido” más de 660,000 dólares en su asiento.
Lockheed Martin y Raytheon: Estos titanes son donadores constantes. No sorprende que Rubio jamás haya encontrado una guerra que no quisiera financiar ni un “cambio de régimen” que no apoyara.
Los Barones del Azúcar: La familia Fanjul (la “Primera Familia del Subsidio Corporativo”) ha donado directamente más de 500,000 dólares a Rubio y sus comités. Reciben millones en subsidios del gobierno —tus impuestos— y devuelven una parte para asegurar que Marco mantenga el precio del azúcar artificialmente alto. Rubio incluso los agradeció explícitamente en sus memorias, An American Son.
Los Gigantes de las Prisiones Privadas: Compañías como The GEO Group están entre sus principales contribuyentes. Obtienen ganancias de los mismos centros de detención que las políticas de Rubio ayudan a llenar.
La última y nos vamos
Ahora, mientras navega los niveles más altos de la diplomacia estadounidense, la ironía alcanza un punto de fiebre. Habla de “aplastar a los cárteles” y de “seguridad fronteriza”, mientras su propia historia familiar es un estudio de caso de la era de los Cocaine Cowboys en Miami.
Es el “Establishment” con máscara populista. Sirve a la clase trabajadora en sus discursos, pero en sus votos sirve a los contratistas de defensa, los cabilderos del azúcar y los grupos oscuros de Silicon Valley como Rockbridge Network.
Podemos votar rojo para detener la hemorragia, pero no quites la vista de las manos en los bolsillos. Los hechos están ahí, si dejas de mirar la bandera y empiezas a mirar sus cuentas bancarias.




