En el mundo de hoy, el pensamiento que impera en las generaciones más jóvenes (pensamiento que luego dicta sus elecciones diarias, sus reacciones frente a situaciones de la vida y sus comportamientos sociales), está regido por modas conformadas por estilos de vida tóxicos que enaltecen un cierto orgullo por la debilidad, el buenismo, la fragilidad y la victimización ante cualquier rastro de molestia u ofensa. En resumen, hoy está de moda ser débil y hacerse el buenito. Entonces, cuando alguien hace alguna crítica (constructiva o no, qué importa) sobre cierto artista, obra o idea creativa, la primera respuesta que se recibe es: “de gustos no hay nada escrito”.
Los criterios utilizados para definir el arte son cada vez son más amplios, y la subjetividad como estandarte da lugar a infinitas interpretaciones y posibilidades acerca de lo que es una buena obra de arte y los parámetros con los que juzgamos y analizamos la calidad de la misma (ni hablar acerca de lo que está bien y lo que está mal, es decir la confección de la escala moral de valores que guía una sociedad). Esto es consecuencia del desplazamiento hacia las periferias del pensamiento objetivo frente al relativismo de absolutamente todo lo que nos rodea y es capaz de conocerse a través de los sentidos, creando el problema de la ilusión de una realidad ideal, pero que abunda de parcialidades y sesgos y desborda de arbitrariedades y personalismos impresos sobre cada pequeño trozo del mundo que nos rodea. Terminamos viviendo una ficción en la que el mundo está hecho a la medida de nuestros caprichos, cuando sabemos que la verdad dista mucho de este escenario: la realidad se impone.
“Cada uno puede elegir lo que quiera”, dicen los partidarios del “tododalomismismo”, los adeptos del “no hay algo mejor que otra cosa, sólo cosas distintas”. Pero en este texto se vislumbrará la realidad de que podés elegir mal.
“Conocí una cheta con la piel naranja, ella tomaba keta y yo tomaba blanca. Me dijo que se drogaba una vez cada tanto y si su papá se entera, la mandan a la granja.”
La cita corresponde a la obra musical del «brillante poeta contemporáneo» Dylan León Masa, popularmente conocido por su nombre artístico, Dillom. Independientemente de lo que cualquier persona medianamente pensante pueda objetar al respecto, sale a flote lo evidente: Dillom es para fracasados. La mayoría de sus canciones habla de excesos, malas compañías, sexo y riqueza como únicos fines en la vida: todos elementos de un estilo de vida plagado de banalidades y superficialidades que no generan ni el más mínimo centímetro de profundidad ni trascendencia, tanto en lo mental como en lo espiritual. Todo lo contrario: destroza la moral, resquebraja los cableados neuronales y envenena el alma de quien tiene el infortunio de caer en la escucha de su producto.

Sus montajes escénicos combinan lo escatológico con lo mortuorio y fúnebre, brindando performances macabras (para no ser promotor de tales morbosidades, sólo voy a limitarme a compartir los posters promocionales de las distintas presentaciones de su gira). También mencionar el ruido anti estético e insalubre que produce su conjunto musical, sonidos que sólo alguien con dificultades auditivas o intelectuales podría disfrutar. Sobran en la web comunicados de músicos formados y conocedores avanzados del arte musical, señalando la grosera desafinación tanto en instrumentos como en voz en sus recitales, y ni hablar de la ausencia total de técnica vocal por parte del “artista”.

En fin, ni sus aspectos letrísticos, ni su calidad musical, ni su puesta en escena, ni sus declaraciones en entrevistas (en las que demuestra su reducido vocabulario y el desmadre que el exceso de estupefacientes le han causado, debido a su lento y arrastrado hablar), nada de eso es bueno. Quisiera aquí hacer hincapié en su contenido lírico: absolutamente todos los versos compuestos por este espécimen mencionan y/o fomentan malas juntas, influencias nocivas, vicios, abusos y descontrol, desenfreno sexual, materialismos bobos, codicia y opulencia (si quieren ejemplos y tienen el coraje, vayan a sus plataformas digitales y escuchen ustedes mismos, por mi parte me basta con la cita trascrita anteriormente); todas
características que debilitan el ser y lo alejan de la búsqueda del perfeccionamiento y la cosecha de virtudes. Más bien invitan a un recorrido por la ruta de los pecados capitales (soberbia, lujuria, avaricia, ira, por mencionar los más representativos). Pero principalmente, y esto es imperdonable, la promoción descarada del consumo de drogas dirigida a adolescentes (su principal audiencia). Y obviamente que esto es algo malo.

Si uno se encuentra en una situación de drogadicción o similar, debe con urgencia buscar salir de ahí (en especial si se es joven). Porque si uno es adicto a una sustancia, pierde lo más preciado que tiene, su LIBERTAD, y vive en un gris constante. Y así no es la vida. La vida es blanco o negro. Si estás en negro, tenés que luchar para tornarte en blanco; si te mantenés en gris, nunca vas a solucionar ni uno solo de tus problemas, nunca vas a crecer ni progresar, nunca vas a alcanzar la felicidad. Solamente vas a estar extendiendo un eterno letargo más y más. Es necesario ser fuerte para romper esa maldición. Aunque hay un impedimento que pone palos en la rueda: esta “música” que te hace débil.
Dillom no inventó nada nuevo, apenas le puso melodía al derrumbe. Su música es la radiografía perfecta de una generación derrotada antes de empezar a pelear, una juventud que confunde decadencia con autenticidad, que cree que hundirse en sus propias miserias es un acto de rebeldía. Y lo más triste no es él ni sus letras vacías de valor, sino la multitud que lo sigue, lo aplaude y en cada estribillo celebra su propia derrota. Eso, seamos claros, no es cultura: es basura con micrófono, ruido disfrazado de arte, veneno disfrazado de canción y envasado en estética urbana.

Porque la música siempre fue un lenguaje del alma, capaz de elevarnos hacia lo más alto o arrastrarnos al barro más sucio. Lo que hoy se presenta como “arte” es, en realidad, un manual de autodestrucción en clave musical. Frente a eso no hay neutralidad posible: o elegimos lo que nos fortalece y empuja hacia la virtud y la libertad, o nos entregamos mansos al consumo de productos que nos debilitan y nos degradan. Y si Dillom es el “rock” de esta época, como supo expresar tan convencido, entonces estamos ante la generación más fracasada de la historia. Una generación cuyo soundtrack no es otra cosa que lo que se merece: la glorificación de su propia decadencia, una liturgia de derrota. Dillom es para fracasados, y su música es la banda sonora de ese fracaso.




