El domingo se cumplieron 14 años del fallecimiento de Luis Alberto Spinetta, músico y poeta argentino que redefinió el rock en español y fundó las bases de lo que en Argentina llamamos “rock nacional”. Como todos los años, dediqué este día especial a escuchar sus discos, ver entrevistas y derramar alguna que otra lágrima ante la conmoción que me generan sus palabras y la impotencia de no haber podido conocerlo en persona.
Ese día también fue la presentación de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl, el espectáculo más visto de todos los tiempos. Me es inevitable hacer una comparación entre ambas personalidades, y encontrar en la coincidencia de la fecha cierto valor simbólico: la muerte del arte, la cultura y la música a la que asistimos (representada perfectamente en aquel histórico show) no se da de forma definitiva con la desaparición física de un artista en particular, por más importante que éste haya sido. Más bien, su deceso se va dando de manera paulatina, con pequeñas pero continuas decisiones y acciones de la mano tanto de “artistas”, empresarios y un público cada vez más lobotomizado. En todos los actores hay una cuota de culpa.
Es preocupante la incapacidad de distinguir este derrumbe cultural por parte de la gran mayoría de las personas “de a pie”, ciudadanos normales que consumen productos musicales varias veces a lo largo de sus días: en el camino al trabajo, saliendo de la universidad, mientras cocinan o incluso en la ducha. Más aún, preocupa la indiferencia con que las personas, en especial los más jóvenes, se entregan por completo a estas producciones sin tomar conciencia del involucramiento intelectual, físico y espiritual que éstas ejercen.
Es evidente que ninguno de los que estamos leyendo este texto ahora mismo aceptaría bajo contrato alguno ingerir cualquier dosis de veneno a diario, simplemente porque entendemos las implicancias a nuestra salud que ello significaría. Pero, al mismo tiempo, todos estamos dispuestos a pasar (en mayor o menor medida) tiempo en ciertos espacios o con ciertas amistades que reproducen y festejan este tipo de contenido musical y a sus creadores. Es más, todos hemos también escuchado y bailado sus canciones alguna vez, visto sus videoclips, comentado sus lanzamientos, alimentado el algoritmo de las plataformas digitales en esas direcciones.
Bien entiendo que, por un lado, vivimos en una sociedad que nos bombardea constantemente con basura idiotizante e ideologías baratas de las que es difícil (casi imposible) escapar, con el fin de atomizar nuestras individualidades e identidades al mínimo posible. También sé que existen momentos de nuestras vidas para la distensión y el ocio por demás necesarios, en la que esta “música” puede parecer útil. Lo real es que el esfuerzo por evitar financiar a estos destructores auditivos y cuidarnos a nosotros mismos y a quienes nos rodean de estos corsarios del buen gusto debe ser primario.
“Hay un tiempo para la murga, la pachanga y todas las cosas que les gusten. Pero hay otro momento en donde tienen que proteger a sus propios amigos (…) ¿Cómo crecer en ese aspecto? Ya te digo, con salud y educación. El mensaje es ese: cuidá al que tenés al lado. Es tu amigo, puede ser tu hermano, tu novia… lo que sea, pero cuidá. Cuidá la vida.” (L.A.S.)
No podemos tomar a la ligera lo que se intenta hacer de nuestra identidad, de nuestras sanas creencias y costumbres, de nuestras creaciones artísticas en general, y musicales en particular, de inmenso valor y complejidad instrumental, compositivo, lírico y poético. No podemos permitir que toda esa riqueza sea arrasada por un único ritmo bobo y una tonada caribeña irreproducible, un meneo que cosifica el cuerpo y pulveriza la dignidad humana, unas letras que envenenan la mente de quien escucha (principalmente a las infancias, ya lo dije); unas temáticas que alejan a toda persona del recto camino hacia la búsqueda de lo trascendental y la desbarrancan hacia la dictadura del placer inmediato y el goce pleno cortoplacista; una estética que reproduce fielmente la ausencia de virtudes y el reinado de los vicios y los pecados capitales.
Tenemos con qué luchar: una historia que nos sustenta, una tradición que continúa aportando secretos de la vida, maestros que cedieron sus legados, y alumnos aún dispuestos a aprender y librar el buen combate. Y hablo de cultura en general, pero también de nuestros propios Héroes de la Guitarra: defensores, queriéndolo o no, de la música como fuente infinita de creación y contestación a la autoridad. Tipos como Spinetta que, hasta sus últimos alientos, resistieron el avance del mercado igualador, no se doblegaron frente a las exigencias de un capitalismo al que sólo le importa facturar, y fueron fieles a su energía creativa y su necesidad de nuevos horizontes sonoros. Todo lo contrario a lo que puede representar la persona detrás del inmundo personaje de Bad Bunny: marioneta de la moda, pereza cerebral, sequía de imaginación, lamebotas del poder, depravación sexual, falsa rebeldía, piratería de la inocencia, afiliación del mal.
Sólo resta “seguir los pasos del Maestro” e “impedir jugar para el enemigo”. Una buena forma de empezar es escuchando sus discos. Leer sus libros y mirar sus entrevistas son también herramientas que acercan a la descontaminación audiovisual y al vasto universo spinettiano. En ellas, el Flaco, de una forma amorosa (casi paternal) y pedagógica, intenta transmitir una manera de ver el mundo a través de los lentes del amor, hacernos entender al arte como una herramienta transformadora de la realidad, un intento de alcanzar la belleza intrínseca en cada pieza regalada de la naturaleza; busca darnos a conocer ese “lenguaje del cielo” que esconde el quehacer artístico, al cual podemos acceder mediante los artilugios que brinda la poesía y la música, para acariciar el espíritu humano sin intermediarios ni interferencias culturales, usando solamente los medios que el cosmos ofrece: sonido, ondas y vibración del medio.
En fin, Luis Alberto Spinetta fue con sus canciones y sus conversaciones la demostración palpable de una vida hermosa y el ejemplo cabal de músico de rock, cuyo fiel reflejo se vislumbra en cada una de sus intervenciones públicas, y cuyo motor es el mismo de todo apasionado por la Verdad: una “sed verdadera” en pos de la bondad.
“Como la comida es para el estómago, la música es para el alma. Qué diferencia hay entre hacer una comidita casera con todo bien hecho, con un amor bárbaro, y comer en un lugar re berreta que terminás tomando medicamentos porque te hizo mal. También así, algo de eso es lo que quisiera decir, que un buen alimento en el espíritu es la base de la música. Se supone que (la música) es para el crecimiento, que es para soñar, que es para la felicidad, para no atarse… Entonces vuela por encima de todas nuestras manías, malas y buenas costumbres, musicales y de las otras. Que siempre represente el brío, el swing, la polenta de todos nosotros, y que contagie ese amor y esa fidelidad a la creatividad total, siempre, sin concesiones.” (L.A.S.)




