En los días posteriores a la histórica operación estadounidense que culminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y su traslado a New York, el Secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, ha sido la voz más visible del gobierno de Donald Trump para explicar y justificar las decisiones de Washington sobre Venezuela, particularmente en lo relativo a la industria petrolera, la influencia extranjera y el futuro político del país caribeño.
La estrategia de la administración se despliega en múltiples frentes: desde la explicación de la naturaleza de la intervención, hasta la defensa de los intereses geopolíticos estadounidenses frente a potencias como Rusia, China e Irán, pasando por advertencias a gobiernos aliados de Caracas como Cuba.
La noción de que EEUU “gobernará” Venezuela —expresada abiertamente por el presidente Donald Trump tras la detención de Maduro— había generado críticas incluso dentro de sectores prointervención. Rubio intentó matizar esa narrativa, aclarando que lo que Washington busca no es una ocupación prolongada del país, sino un control de políticas clave mediante presión económica y diplomática.
En una entrevista con Meet the Press, Rubio afirmó:
“No hay una guerra. No estamos en guerra contra Venezuela. Estamos en guerra contra las organizaciones de narcotráfico (…) estamos haciendo cumplir las leyes estadounidenses relacionadas con las sanciones al petróleo”
Además, subrayó que actualmente no existe un despliegue permanente de tropas en Venezuela y que la acción militar que capturó a Maduro fue una operación de corta duración. Sin embargo, dejó abierta la posibilidad de que el presidente tenga “todas las opciones disponibles” si surgen amenazas inminentes.
Una de las declaraciones más citadas de Rubio —y que ha generado mayor polémica internacional— fue su explicación sobre la relación entre EEUU y el petróleo venezolano. Preguntado por la necesidad de controlar los recursos del país, Rubio aseguró que:
“No necesitamos el petróleo de Venezuela. Tenemos suficiente en EEUU. Lo que no vamos a permitir es que la industria petrolera en Venezuela sea controlada por adversarios de EEUU (…) Esto es el Hemisferio Occidental. Aquí vivimos nosotros, y no vamos a permitir que se convierta en una base de operaciones para adversarios, competidores y rivales”
Con esta afirmación, Rubio reiteró un argumento central de la administración: la política hacia Venezuela no está motivada por el deseo de beneficio económico directo para EEUU, sino por impedir que potencias percibidas como rivales globales consoliden presencia estratégica en América Latina.
¿Rubio o Trump miente, o cada uno dice la verdad a un público diferente y ambas declaraciones se cristalizarán?.
En el mismo sentido, Rubio explicó que la cuarentena del petróleo —un bloqueo a exportaciones de crudo bajo sanción— proporciona a Washington una palanca de presión sobre los nuevos líderes en Caracas para forzar cambios estructurales que, según él, beneficien tanto a los intereses estadounidenses como al futuro del pueblo venezolano.
Rubio no sólo colocó el petróleo como elemento estratégico, sino que ubicó la política norteamericana en un marco más amplio de seguridad hemisférica y rivalidad global. En una rueda de prensa junto al presidente Trump, advirtió al gobierno de Cuba sobre su papel en Venezuela y dijo:
“Si yo estuviera en el gobierno de La Habana, estaría preocupado” debido al impacto que la detención de Maduro tendría sobre la estructura de seguridad venezolana influenciada por agentes cubanos.
Más aún, Rubio ha insistido en que Venezuela no puede convertirse en un centro de operaciones para Irán, Rusia, Hezbolá o agentes de inteligencia de terceros países, advirtiendo que esto sería inaceptable para EEUU y una amenaza para la seguridad regional.
Respecto a la situación política interna de Venezuela luego de la salida de Maduro, Rubio se mostró escéptico sobre la idea de convocar elecciones de inmediato. En una de sus entrevistas declaró que:
“Las elecciones deberían haber ocurrido hace mucho tiempo. Perdieron las elecciones, no contaron los votos y todo el mundo lo sabe. Hacer elecciones ahora es prematuro”
Rubio enfatizó que el rumbo político del país será juzgado por las decisiones concretas del liderazgo interino y que Washington mantendrá “múltiples palancas de presión” —tanto económicas como diplomáticas— hasta que se cumplan los objetivos que consideran esenciales: ruptura con redes de narcotráfico, ruptura de vínculos con grupos externos y reformas profundas.
La narrativa de Rubio ya ha sido recibida con escepticismo y críticas en múltiples capitales del mundo, que la ven como una justificación geopolítica para influencia estadounidense en la región, y ha generado preocupación en organizaciones internacionales por los riesgos para la soberanía y la estabilidad hemisférica.
Las declaraciones de Rubio no hacen más que aumentar una vez más las tensiones con Rusia, China e Irán, porque delimitan esferas de influencia de forma explícita a conveniencia de EEUU (a pesar de que también interviene en otras regiones alejadas como Ucrania), convierten recursos económicos en objetivos estratégicos, y presentan la presencia de potencias rivales como una amenaza en sí misma.
Aunque Washington las presente como defensivas, desde Moscú, Pekín y Teherán suenan a advertencia directa y a intento de reordenar el poder regional por la fuerza política y económica a través del uso de la fuerza.




