El ex-vicepresidente y jefe científico de alergia y respiratorio de Pfizer, Dr. Michael Yeadon, ha expresado públicamente una denuncia radical sobre las inyecciones contra el COVID-19, advirtiendo que estas no fueron meramente vacunas, sino instrumentos diseñados intencionalmente para causar daño y socavar la salud reproductiva humana[1]. Según Yeadon, basándose en su larga carrera en la industria farmacéutica, la formulación de las vacunas, incluyendo las nanopartículas lipídicas que encapsulan el ARN mensajero, fue escogida deliberadamente para que se acumulara en órganos viscerales como el hígado y, sobre todo, los ovarios, con la expectativa de que esa concentración pudiera provocar lesión celular, respuestas autoinmunes y disminución de la fertilidad femenina.
En su declaración, el científico afirma que estos diseños no pueden ser interpretados como simples errores de ingeniería ni como efectos secundarios accidentales de un producto médico apresurado, sino como decisiones conscientes tomadas en los niveles más altos de las corporaciones y, por extensión, de los aparatos estatales y regulatorios que facilitaron su aprobación y distribución masiva. Afirma que la inclusión de secuencias genéticas que ordenan a las células producir una proteína extraña (la llamada “espiga”) obliga al sistema inmunitario a atacar órganos propios, generando daños (neurotóxicos, cardiotóxicos y autoinmunes) que él califica de predecibles y evitables.
Yeadon subraya que la elección de liposomas (nanopartículas lipídicas) como vehículo no fue neutral porque estas estructuras, sostiene, dirigen la formulación a tejidos reproductivos, lo que, en su interpretación, no puede ser casual. De tomar por cierto esto, es posible concluir que el diseño tecnológico de la farmacología se convirtió en un vector de biopoder, en el que los mecanismos biomédicos no solo tratan una enfermedad, sino que actúan sobre poblaciones con efectos que pueden ser profundamente estratégicos en términos demográficos y sociales.
En su crítica, el científico también incluye un ataque frontal a los protocolos de tratamiento usados en la pandemia, acusando a médicos y a las directrices centrales de instituciones de salud de haber promovido usos de medicamentos (como opioides y remdesivir) y tecnologías (como ventiladores) que, según él, causaron muertes que podrían haberse evitado, representando una forma de violencia institucionalizada sobre poblaciones vulnerables.
Esta denuncia expone lo que es el bio-poder y al Nuevo Orden Mundial, donde la alianza entre corporaciones farmacéuticas, organismos estatales y élites tecnocráticas no solo administra salud pública, sino que configura biológicamente los cuerpos y las generaciones futuras, colocando la soberanía de los individuos bajo la tutela de regímenes médicos globales.




