Por primera vez en años, una de las figuras más poderosas del capitalismo financiero global reconoció abiertamente que el sistema enfrenta una amenaza estructural. No vino de un sindicalista ni de un economista heterodoxo, sino de Larry Fink, director ejecutivo de BlackRock, la mayor gestora de activos del mundo, y copresidente del Foro Económico Mundial (WEF).
La advertencia se produjo durante la 56ª Reunión Anual del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, en enero de 2026, y no pasó desapercibida: la inteligencia artificial podría generar una fractura social comparable —o superior— a la provocada por la globalización industrial de las últimas décadas.
Desde el escenario principal de Davos, Fink reconoció que el capitalismo ha sido extraordinariamente exitoso creando riqueza, pero profundamente deficiente a la hora de distribuir prosperidad. En su discurso inaugural, lanzó una frase que se convirtió en el eje del debate:
“Si la IA le hace a los trabajadores administrativos lo que la globalización le hizo a los obreros, debemos afrontarlo directamente”
La comparación no es casual. La globalización desindustrializó regiones enteras, destruyó empleos fabriles y dio origen a resentimientos sociales que luego se expresaron políticamente en fenómenos como el Brexit, el trumpismo o el auge de movimientos antisistema en Europa.
Ahora, según Fink, el impacto podría recaer sobre la clase media profesional: contadores, administrativos, analistas, abogados junior, programadores básicos y personal de oficina.
La IA surge como nueva fuerza de desplazamiento estructural
A diferencia de crisis anteriores, la inteligencia artificial no amenaza empleos manuales, sino trabajos cognitivos, tradicionalmente asociados a estabilidad, educación y movilidad social.
Fink advirtió que, si no se actúa a tiempo millones de empleos “de cuello blanco” podrían volverse redundantes y que la riqueza generada por la IA se concentrará en quienes controlan los datos, los algoritmos y las plataformas.
El sistema perderá legitimidad social, alimentando polarización y rechazo al orden económico vigente.
En términos estructurales, la IA reproduce el mismo patrón de la globalización, pero a mayor velocidad y con menor capacidad de adaptación social.
Un capitalismo en crisis de legitimidad
Uno de los puntos más sensibles del discurso fue el reconocimiento implícito de un fracaso:
El capitalismo no logró convertir crecimiento económico en bienestar generalizado.
Fink recordó que, desde la caída del Muro de Berlín, el mundo experimentó una expansión sin precedentes del comercio, las finanzas y la tecnología, pero la riqueza terminó concentrándose en una minoría.
Los datos son contundentes, ya que remarcan que el 10% más rico del planeta concentra alrededor del 75% de la riqueza global, la mitad más pobre apenas accede a cerca del 2%, y las clases medias occidentales perdieron poder adquisitivo relativo durante décadas.
En este contexto, la IA aparece como el acelerador final de una dinámica desigual ya existente.
Las principales declaraciones e Larry Fink en Davos
“Pero en las economías avanzadas, esa riqueza se acumuló en una porción mucho más reducida de la población de lo que cualquier sociedad sana puede sostener”
Allí, Fink habla implícitamente de redistribución, pero no en el sentido clásico (impuestos progresivos, transferencias directas, Estado de bienestar fuerte), sino que encaja de lleno en el famoso capitalismo de stakeholders, planteando que los beneficios del crecimiento no queden solo en accionistas y grandes fondos, sino que más personas participen en las ganancias, no solo como asalariados.
Eso es claramente redistribución, pero con la diferencia clave de que no es ex post (después de ganar, vía impuestos o una Renta Básica Universal), sino ex ante (en el modo en que se reparte el valor desde el inicio) con una participación accionaria más amplia, planes de propiedad para empleados, acceso democratizado a mercados de capital, nuevas formas de propiedad vinculadas a la economía digital (tokenización, activos fraccionados). Así, Fink habla de más gente dentro del sistema como “copropietaria”, menos gente fuera y resentida.
Cuando Fink habla de “copropietarios”, no habla de dueños plenos, sino de personas que participan del rendimiento del capital, sin controlar el capital, en un sistema donde el acceso reemplaza al dominio y la participación reemplaza a la propiedad clásica que se diluye.
Extrañas semejanzas al socialismo utópico
La idea de función social del capital aparece en Fink cuando dice que el capitalismo debe “convertir a más personas en copropietarias del crecimiento”. Allí está diciendo, implícitamente que el capital no puede legitimarse solo por la ganancia, debe cumplir una función social estabilizadora. Esto es una idea muy sansimoniana en su espíritu.
Saint-Simon creía que la sociedad debía ser organizada por quienes dominan la técnica, casualmente hoy la concentración apunta a la IA, el manejo de las grandes bases de datos y los sistemas complejos, reemplazando así al ingeniero del siglo XIX. Surge entonces la tecnocracia como principio retornando con fuerza cada vez más arrolladora.
Nótese como el sansimonismo buscaba armonizar intereses, evitando la lucha de clases (socialismo utópico), integrando a todos en un sistema funcional. Mientras que el capitalismo de stakeholders hace algo similar: Integra sin redistribuir poder real, reduce el conflicto y mantiene las jerarquías.
Claro está que la diferencia en el caso actual es una versión moderna, corregida y despolitizada del sansimonismo.
Lo paradójico es que en el siglo XIX, el sansimonismo fue una respuesta al caos del primer capitalismo industrial (tecnología avanzó más rápido que las instituciones), hoy el capitalismo de stakeholders es una respuesta al caos del capitalismo financiero-digital. Es un típico reordenamiento de la élite para evitar la destrucción del sistema.
Súmese una desigualdad que amenaza la estabilidad, combinado a un sistema que necesita de manera urgente legitimación moral. Claro, Saint-Simon ofrecía una moral del progreso, hoy Fink y la élite ofrece una moral de la inclusión funcional.
Más frases
“Ahora, la inteligencia artificial amenaza con reproducir ese mismo patrón. Las primeras ganancias están yendo a los propietarios de los modelos, de los datos y de la infraestructura”
“La pregunta abierta es qué sucede con todos los demás”
“Si la inteligencia artificial le hace al trabajo administrativo lo que la globalización le hizo al trabajo obrero, debemos afrontarlo directamente”
“No con abstracciones sobre ‘los empleos del mañana’, sino con un plan creíble para que la mayoría participe de los beneficios”
“Esta es la verdadera prueba: si el capitalismo puede evolucionar para convertir a más personas en propietarias del crecimiento, en lugar de simples espectadores que lo ven ocurrir”
“Y este tipo de cambio es difícil”
“Esto me lleva a la segunda forma en que Davos debe cambiar: quiénes son invitados a la conversación”
“Este foro no puede seguir siendo una cámara de eco”
“No deberíamos querer paneles en los que todos estén de acuerdo el 95% del tiempo”
“Muchas de las personas más afectadas por las decisiones que se discuten aquí nunca vendrán a esta conferencia”
“La prosperidad no se mide únicamente por el PIB o por la capitalización de mercado”
“Debe medirse por cuántas personas pueden verla, sentirla y construir su futuro sobre ella”
El papel del Foro Económico Mundial y la figura de Fink con BlackRock
El mensaje también debe leerse como un intento de reposicionar al Foro Económico Mundial, duramente criticado en los últimos años por ser un espacio elitista alejado de las preocupaciones reales de la ciudadanía, un símbolo de una globalización sin rostro social.
Tras la salida de Klaus Schwab, Fink asumió un rol central en Davos, intentando transmitir que la élite financiera es consciente del problema. Sin embargo, aquí surge la gran paradoja.
BlackRock administra billones de dólares, influye en mercados, gobiernos y sistemas previsionales. Para muchos críticos, resulta problemático que quien se benefició del modelo, justamente advierta sobre sus fallas sin proponer cambios concretos.
No se mencionen reformas fiscales, redistribución real o límites al poder corporativo, dejando el discurso en una retórica de responsabilidad social sin compromisos verificables.
En redes y foros económicos, abundaron las críticas: “El bombero hablando del incendio que ayudó a provocar”.
El “capitalismo que evoluciona”, pero no se transforma
Fink habló de “evolucionar el capitalismo”, no de reemplazarlo. Esto implica mantener el sistema financiero global, introducir ajustes graduales, y apostar a conceptos de moda en la actualidad como “capitalismo de stakeholders”, tokenización de activos y acceso ampliado a inversiones.
Para sus detractores, esto es una adaptación del poder, no una redistribución del poder.
Otra crítica fuerte es que ya se sabe lo que la automatización puede provocar, pero el sistema suele reaccionar después del daño, no antes.
La pregunta que sobrevuela Davos es incómoda: ¿Se actuará antes del colapso social o se volverá a gestionar el conflicto cuando ya sea irreversible?.
Más allá del discurso, la advertencia/predicción de Fink confirma algo clave, y es que la IA no es solo una revolución tecnológica, sino un desafío político, social y civilizatorio.
Si la riqueza que genere queda concentrada, se romperá el contrato social, se profundizará la polarización y aumentará el cuestionamiento al sistema liberal democrático.
Y esta vez, no será desde la periferia del sistema, sino desde su propio núcleo.




