Según un informe del banco Morgan Stanley, citado por The Times, la introducción de sistemas de IA en empresas británicas provocó una reducción neta del 8% en los puestos de trabajo durante los últimos 12 meses, una cifra que duplica el promedio registrado en EEUU, Alemania, Japón y Australia. El dato refuerza las advertencias sobre los efectos distributivos de la automatización en un mercado laboral ya tensionado.
El estudio se basó en el análisis de compañías de sectores altamente expuestos a la adopción de IA, como servicios financieros, comercio minorista, transporte, inmobiliario, manufactura y salud, y revela que, si bien la tecnología ha incrementado de forma significativa la productividad empresarial, ese aumento no se ha traducido en creación de empleo. Por el contrario, en el caso británico, las ganancias de eficiencia están siendo utilizadas principalmente para reducir costos laborales, acelerando la sustitución de trabajadores humanos por sistemas automatizados.
Uno de los hallazgos más relevantes del informe es que el impacto se concentra en los trabajadores de media carrera, especialmente aquellos con entre dos y cinco años de experiencia, que tradicionalmente ocupaban roles administrativos, analíticos o de gestión intermedia. Estas funciones, consideradas durante años como relativamente seguras frente a la automatización, están siendo absorbidas por herramientas de IA capaces de realizar tareas de análisis de datos, redacción, atención al cliente y gestión operativa con menor costo y mayor velocidad.
Paradójicamente, el propio sector tecnológico británico tampoco está mostrando una expansión sostenida del empleo. El informe señala que las vacantes relacionadas con inteligencia artificial han caído un 37% desde 2022, lo que sugiere que las empresas están priorizando la integración de herramientas ya existentes en lugar de contratar nuevo personal especializado. Este fenómeno contradice la narrativa inicial de que la IA generaría una ola masiva de nuevos empleos altamente calificados.
En términos comparativos, el desempeño del Reino Unido resulta particularmente desfavorable. Mientras que en EEUU y Alemania el balance entre empleos creados y destruidos por la IA se mantiene relativamente estable, y en algunos sectores incluso positivo, la economía británica muestra una desconexión entre productividad y empleo. Morgan Stanley estima que las empresas del Reino Unido han logrado incrementos de hasta un 11% en productividad, pero sin que esos beneficios se redistribuyan en forma de salarios más altos, reducción de jornadas o nuevos puestos de trabajo.
Los analistas atribuyen esta diferencia a varios factores estructurales. Entre ellos se destacan los altos costos laborales, el aumento de impuestos y contribuciones empresariales, y un crecimiento económico débil que incentiva a las compañías a maximizar eficiencia en lugar de expandirse. En este contexto, la IA aparece menos como una herramienta de apoyo al trabajador y más como un sustituto directo de la mano de obra, especialmente en funciones rutinarias o estandarizables.
El impacto social del fenómeno comienza a reflejarse en el clima laboral. Encuestas recientes indican que más de una cuarta parte de los trabajadores británicos teme perder su empleo a causa de la IA en los próximos cinco años, con niveles de preocupación particularmente altos entre los jóvenes y quienes trabajan en oficinas. Economistas advierten que, sin políticas activas de reconversión laboral, capacitación y redistribución de los beneficios tecnológicos, el país podría enfrentar un aumento sostenido de la precarización y la desigualdad.
La situación reabre un debate de fondo sobre el modelo de adopción tecnológica. Mientras algunos expertos sostienen que el impacto negativo es transitorio y que la economía terminará absorbiendo a los trabajadores desplazados, otros señalan que el caso británico demuestra que la IA no garantiza por sí sola una transición laboral equilibrada. Sin intervención estatal, planificación educativa y negociación entre empresas y trabajadores, la automatización podría consolidarse como un factor de exclusión más que de progreso compartido.
El informe citado por The Times posiciona al Reino Unido como un caso testigo de los riesgos de una adopción acelerada de inteligencia artificial en un contexto económico frágil. La experiencia británica sugiere que la discusión ya no pasa únicamente por cuánto aumenta la productividad, sino por quién se queda con los beneficios de la IA y quién paga el costo de su implementación.




