El Grinch, ese ser verde y misántropo que habita en el monte Crumpit, encarna al sujeto alienado de la posmodornidad, alienado y separado de un otro, cuya existencia se define precisamente por la negación del otro y el resentimiento ante la alegría de la comunidad.
La soledad del Grinch en verdad no es mera geografía, sino alienación vital como podría plantear Hegel, similar a tantos y tantos que actualmente están aislados de sus familias por el consumismo (especialmente el consumo de internet). El Grinch rechaza voluntariamente la relación intersubjetiva, negándose al reconocimiento mutuo que funda la conciencia del sí-mismo. Su identidad se construye en la oposición, es quien es por negar la felicidad de los Quién en Villa Quién. El “corazón demasiado pequeño” simboliza esta reducción ontológica porque trata de una voluntad encerrada en sí misma, incapaz de trascender hacia el “nosotros” comunitario. Algo que recuerda por cierto a gente que, al negar el sentido verdadero de la Navidad, es decir, negar a Cristo, muestran sus peores bajezas en estas épocas.
En ese sentido, el monte Crumpit funciona como topografía del resentimiento nietzscheano. Desde su cima, el Grinch observa la festividad ajena como una ofensa personal, revelando así su propia carencia. Su acto destructivo es el robar la Navidad, pero en ello hay una suerte de moral reactiva, es decir, si él no puede participar del gozo, nadie debería. La Navidad, símbolo de gratuidad y comunión, se vuelve insoportable para quien calibra su ser desde la negación del vínculo. Aquí, Dr. Seuss contrasta el monólogo existencial de la cima con el acto performativo de la comunidad en Villa Quién, donde la fiesta crea y sostiene el lazo social.
Un núcleo ético central es la crítica al materialismo. El Grinch asume que eliminar los objetos (regalos, adornos, banquetes) destruirá la celebración, caricaturizando la lógica consumista. Sin embargo, los Quién persisten en su canto, demostrando que la Navidad es una fiesta en torno al don y la gracia de Dios, no se trata pues de la mercancía y el consumo. Santo Tomás perfectamente explica que el bien común no reside en lo accidental, sino en lo sustancial, esto es, la participación del Bien Mayor sobre cada integrante de la comunidad; la comunión de voluntades orientadas a un fin trascendente, la conmemoración del nacimiento de Cristo, es lo esencial de la navidad.
Por ello es que, hacia el final, cuando el Bien Común persiste, se observa la transformación moral del Grinch; esto se presenta como ampliación del corazón, metáfora de una actualización ontológica. En la tradición aristotélico-tomista, el amor es potencia natural del alma racional, latente mientras el sujeto se siga relacionando desde el miedo o la negación. El Grinch vive en potencia no actualizada porque posee la capacidad de amar, pero su voluntad contraída interpreta al otro como amenaza. El canto comunitario actúa como causa eficiente accidental que despierta esta potencia. Fenomenológicamente, introduce un quiebre en su identidad defensiva; el canto no es dirigido a él, pero lo envuelve, mostrando que tal acción no es una discusión intelectual, sino que hay un acto de amor que desborda su resentimiento. Como en Levinas, la ética surge de la revelación del otro que rompe la soberanía del yo. El bien aparece como apertura involuntaria, el sonido de la alegría resistente desestabiliza su clausura, inaugurando una comprensión del amor que va más allá de la soledad y la fría materialidad.
Santo Tomás de Aquino afirma que el bien es difusivo de sí. La comunidad de los Quién manifiesta esta forma del bien, actualizando la potencia amorosa del Grinch. El proceso es potencia (capacidad latente), encuentro con el bien (el canto revela un orden mayor), actualización (la voluntad reconoce su conveniencia natural), y plenitud (el corazón crece, expandiendo el esse existencial). La superación del resentimiento equivale a un renacimiento moral. El Grinch descubre que el sentido profundo de la Navidad nace de los vínculos (en especial con Dios) y no de los objetos. Abandona asíla rivalidad elevando su ser mediante la participación en el bien común.
El Grinch alegoriza al sujeto contemporáneo, a esa persona desencantada, autoafirmada en el aislamiento tecnificado. El relato defiende una tesis clásica; el mal es privación de bien debido, no sustancia en sí. La privación de los vínculos es un mal por cuanto hay allí carencia de la propia naturaleza relacional del hombre. La soledad autoconstruida se supera exponiéndose al sentido compartido. Simbólicamente, el robo intenta vaciar el mundo de significado, como otras religiones que quieren negar el nacimiento del Salvador. De uno como cristiano depende que la celebración persista al afirma su raíz interior; el retorno del Grinch nos marca el camino, esta navidad se trata de encontrarnos con Jesús y la noción más profunda del ser cristiano.




