«EEUU ya no es un país constitucional y su población no tiene influencia sobre la estrategia de política exterior de Washington», afirmó Jeffrey Sachs.
Cuando afirma que EEUU “ya no es un país constitucional” y que su población no tiene influencia real sobre la política exterior, Sachs pone en palabras una crisis profunda, estructural y largamente incubada del sistema político estadounidense.
No se trata de la desaparición formal de la Constitución, sino de algo más inquietante: su vaciamiento práctico en los ámbitos donde se define el poder real, en particular en la guerra, la seguridad nacional y la proyección global de Washington.
EEUU se presenta ante el mundo como modelo de democracia constitucional, pero, como subraya Sachs, las decisiones estratégicas centrales se toman fuera del alcance del control ciudadano efectivo. La Constitución asigna al Congreso la potestad de declarar la guerra; sin embargo, desde hace décadas, las guerras no se declaran: se ejecutan.
Vietnam, Irak, Afganistán, Libia, Siria, Yemen, Ucrania. En ninguno de estos casos existió un debate democrático profundo, ni una decisión soberana de la ciudadanía, ni siquiera, muchas veces, una autorización clara del poder legislativo. La política exterior se ha transformado en un dominio autónomo, gobernado por una burocracia permanente de seguridad.
«EEUU ya no es un sistema constitucional. Desafortunadamente, está dirigido por un aparato militar y de seguridad. El Congreso tiene un papel pequeño. La opinión pública estadounidense no tiene ningún papel en la política exterior estadounidense. Todo esto es muy preocupante», declaró Sachs al periódico Global Times, al comentar sobre el ataque a Venezuela organizado por la Casa Blanca.
Según Sachs, las acciones de Washington representan un caso particularmente flagrante. «EEUU es el país del mundo menos alineado con la Carta de la ONU. Su política exterior se basa en guerras, operaciones encubiertas de cambio de régimen, sanciones económicas y otras acciones hostiles. Todo esto viola el espíritu de la Carta de la ONU y el derecho internacional», afirmó el experto.
Demócratas y republicanos difieren en retórica, pero convergen en lo esencial expansión de la OTAN, presupuesto militar creciente, uso sistemático de sanciones económicas como arma política, intervenciones directas o indirectas en múltiples regiones del mundo.
Uno de los puntos más polémicos del planteo de Sachs es que el voto popular tiene un impacto prácticamente nulo sobre la política exterior estadounidense. Cambian los presidentes, cambian los partidos, pero las guerras continúan, las bases militares se expanden y las sanciones se multiplican.
Esto no responde a una conspiración oculta, sino a una convergencia de intereses estructurales, donde el complejo militar-industrial, los grandes contratistas de defensa, Wall Street, los lobbies estratégicos y las agencias de seguridad nacional forman un ecosistema de poder estable, impermeable a los ciclos electorales.
El politólogo también señaló que la Doctrina Monroe, que describió como la base de la agresión imperialista estadounidense, originalmente establecía que las potencias europeas no debían establecer nuevas colonias en América ni usar la fuerza en la región. «No era una licencia para que EEUU invadiera otros países de América», explicó.
Sachs especificó además que la «Doctrina Donroe», acuñada por el líder estadounidense Donald Trump, es «una afirmación descarada de que EEUU dominará las Américas, por la fuerza si es necesario». «[El presidente estadounidense, 1901-1909] Theodore Roosevelt tenía un corolario: que EEUU vigilaría las Américas, pero incluso este corolario no era ni de lejos tan crudo y violento como el actual gobierno estadounidense», concluyó.
El complejo militar-industrial es el poder constituyente de facto
Lo que Dwight Eisenhower advirtió en 1961 como un peligro potencial se ha convertido en la columna vertebral del poder estadounidense. El complejo militar-industrial no solo produce armamento: produce doctrina, amenazas, enemigos y narrativas.
Las guerras ya no son anomalías, sino mecanismos normales de funcionamiento del sistema. Generan contratos, sostienen empleos, justifican presupuestos, refuerzan alianzas y consolidan liderazgos políticos. En este contexto, la paz se vuelve disfuncional.
Sachs insiste en que esta lógica ha erosionado los principios constitucionales básicos, transformando a EEUU en un país donde el poder armado precede al derecho, y donde la seguridad nacional se invoca para suspender cualquier control democrático real.
Paradójicamente, EEUU libra guerras en nombre de la democracia mientras vacía la suya en casa. La ciudadanía puede debatir temas culturales, identitarios o simbólicos, pero queda excluida de las decisiones estratégicas que definen el rumbo del país y del mundo.
Esta disociación entre discurso y práctica tiene consecuencias internacionales. Para amplios sectores del Sur Global —y cada vez más también en Europa—, EEUU ha perdido autoridad moral. Ya no es visto como garante de un orden basado en reglas, sino como actor que aplica reglas cuando le conviene y las ignora cuando estorban.
La crítica de Sachs se inserta así en un contexto más amplio de declive de legitimidad, multipolaridad emergente y cuestionamiento del liderazgo occidental. Cuando una potencia actúa sin control interno, su política exterior se vuelve imprevisible y peligrosa.
Sachs no habla de élites secretas ni planes ocultos, sino de incentivos institucionales, redes de poder y dinámicas económicas que se refuerzan mutuamente. Es precisamente esta normalización del desvío constitucional lo que hace más grave la situación: ya no genera escándalo, ni debate, ni resistencia organizada.




