Inteligencia artificial en campaña

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Corría el año 2016, Donald Trump pretendía llegar a la Casa Blanca, su cuartel general se establecía en la moderna Torre Trump en la ciudad de Nueva York, sobre la emblemática Quinta Avenida. Barricadas, periodistas, seguidores y turistas disputaban espacios en busca desenfrenada de selfies en la sala principal de mármol rosa del edificio.

El primer paso para ser presidente, en toda elección norteamericana es vencer rivales del propio partido en las llamadas «primarias». Trump venció a unos 17 aspirantes republicanos a la presidencia, incluso algunos con gran trayectoria y financiamiento mayor (como Marco Rubio, Ted Cruz etc.) El establishment globalista apoyaba a esos candidatos conservadores republicanos para que vencieran a un imparable e indómito Trump. El magnate inmobiliario acusaba a sus rivales de ser títeres de los grandes poderes y donantes.

El último paso de toda la campaña, era emprender la batalla final contra la candidata finalista de los demócratas: Hillary Clinton (preferida de larga data de los globalistas)

Mientras la maquinaria de campaña de Hillary cubría todos y cada uno de los 50 Estados y estaba amplia-mente financiada, contando incluso con el apoyo del Big Tech (Google, Facebook, Twitter, Instagram); la campaña Trump se centraba en los Estados clave y estaba poco financiada (menos de la mitad del dinero que su rival). Para quienes crean que el dinero lo es todo, ésta es una lección de lo equivocado que están en creer que esa es una ley inmutable.

También se decepcionarán los conspiranoicos nihilistas que creen, que absolutamente todo está planificado por personajes invisibles todopoderosos que controlan cada acción humana en todo el planeta, y que ningún movimiento escapa a su voluntad. Para esos lunánticos, las voluntades independientes y las buenas intenciones patrióticas no existen, todos están corrompidos, absolutamente todos. Si Trump ganaba, seguro se debía a que alguien de la elite illuminati de la nobleza negra o de Davos «se lo permitía», «lo controlaba» de alguna manera «en las sombras». No importa que hayan tratado de derrocarlo por todos los medios posibles; no importa que hayan inventado el Rusiagate; no importa el Impeachment; no importa los grupos subversivos como el BLM-ANTIFA lanzados contra su gobierno y sus seguidores; no importa la guerra civil que impulsaban constantemente los medios, no importa el robo del voto por correo; no importa que haya luchado explícitamente contra el globalismo y el progresismo; no importa que haya señalado acusatoriamente al Estado Profundo y los poderes financieros internacionales. No importa que se haya opuesto a toda la Agenda 2030 en palabra y hechos.

Nada importa, solo una foto con Klaus Schwab o haber incluido a Kushner como asesor en el gobierno, lo coloca inmediatamente en el «club de los malos» y de los «títeres globales» de siempre.

Si bien entender a Trump es una tarea compleja, la superficialidad informativa de la cual se nutre el promedio del hombre rebaño es cada vez más alarmante.

Pocos se adentran en detalles y variables. Los hechos demuestran y evidencian muchos cambios sobre la marcha en la campaña presidencial y durante su mandato. Todos esos cambios fueron realizados en busca de mejores resultados, un patrón pragmático en la vida de Trump.  Alejado de una “planificación absoluta” proveniente de un control supremo “detrás de bambalinas”.

Tuvo 3 jefes de campaña presidencial a quienes fue reemplazando uno a uno, un preludio de como rotaría su personal luego en su propio gabinete de gobierno. ¿Un estilo algo caótico? Tal vez. En el capitulo 1 del Tomo I de Trump contra el globalismo, realizo un perfil psicológico para comprender estas acciones.

Corey Lewandowski fue el 1er gerente de campaña presidencial en el 2016. Desde enero de 2015 hasta junio de 2016 (saldría por un escándalo de maltrato a una periodista y su poco tacto con la prensa).

Le siguió Paul John Manafort, quien se unió al equipo de campaña presidencial de Donald Trump en marzo de 2016 y se desempeñó como gerente de campaña entre junio y agosto de 2016. Manafort fue anteriormente asesor de las campañas presidenciales de los republicanos Gerald Ford, Ronald Reagan, George H. W. Bush y Bob Dole. En 1980, Manafort co-fundó la firma de cabildeo «Black, Manafort & Stone», con sede en Washington, D. C., junto con Charles R. Black Jr. y Roger Stone (asesor y amigo de Trump, un personaje que hace más de 20 años le venia insistiendo que se postulara).  Manafort salió más tarde de la campaña, enlodado por acusaciones infundadas de la trama rusa, y por sus contactos con un expresidente ucraniano pro-ruso (Yanukovich). La prensa liberal-progresista atacaba sin parar a Trump que con todos estos escándalos obtenía una baja importante en las encuestas, en momentos que era crucial mejorarlas. La solución pragmática del magnate siempre fue despedir a los soldados caídos o ineficientes, como hacía en su Reality Show con su célebre frase «Estas despedido».

Trump tomaría una decisión que sería crucial para alcanzar la victoria. Luego de un evento en Springfield en su avión privado, un Boeing 757 conocido como el «Trump Force One», advirtió a Jared Kushner (su yerno) que su campaña estaba algo estancada, y todavía poco enfocada a redes sociales, le encomendó iniciar propagandas y mayor presencia en Facebook. Así fue que Jared comenzó a capacitarse con un tutorial de una empresa de tecnología sobre «micro targeting» en facebook. La publicidad súper-segmentada que ofrecía esta red social, prometía poder dirigir un discurso determinado a un público dispuesto a recibir determinado mensaje.  Con solo 160 mil dólares Jared logró promocionar unos videos del candidato, obteniendo unas 74 millones de visitas en conjunto, esto ayudó a multiplicar los ingresos de la campaña. Nada del otro mundo, pero fue el comienzo de algo grande, una campaña que se volcaría cada vez más al mundo digital como apalancamiento de la campaña tradicional.

Tras la caída de Paul Manafort le seguiría como gerente de campaña presidencial el desalineado pero astuto Steve Bannon (desde agosto hasta las elecciones el 8 de noviembre de 2016).  Éste último diría a la revista Vanity Fair “No me habría subido a bordo, ni siquiera para Trump, si no hubiera sabido que estaban construyendo Facebook y el motor de datos”. Bannon no solo era CEO del periódico de batalla Breitbart News, sino también vicepresidente de Cambridge Analytica (una misteriosa startup británica especializada en minería y análisis de datos para la comunicación estratégica en procesos electorales). Bannon hacía unos años había intentado infiltrar en Facebook a Milo Yiannopoulos, pero no lo había conseguido. Bannon mantenía contactos con el general de inteligencia Michael Flynn y su hijo.

Jared Kushner estaba tres cuadras al sur de la Trump Tower, en lo alto de su propio rascacielos (por el cual pagó un sobreprecio llamativo para poder comprarlo), el tristemente célebre 666 de la Quinta Avenida, donde dirigía «Kushner Companies«, una empresa de bienes raíces fundada por su padre, quien se encontraba en la cárcel.

Viendo los buenos resultados de la naciente campaña digital, Trump apostó amplificarla armando un bunker en un edificio modesto a las afueras de San Antonio, que se convertiría en una trinchera con más de 100 expertos de Silicon Valley reclutados por Kushner. El equipo se dedicaría a diseñar estrategias para unificar la recaudación de fondos, la mensajería y el targeting.

El proyecto fue dirigido por Brad Parscale un genio estratega de marketing de la firma Giles-Parscale. Por su parte Jared Kushner, fue una especie de coordinador general, uniendo las piezas dispersas, y constituyendo el nexo de confianza con Donald por ser su yerno, y quien pretendía maximizar el retorno de cada dólar gastado. La operación general de esfuerzos conjuntos fue llamada «Proyecto Álamo» (en honor a la Batalla del Álamo).

La inexperiencia en política tradicional de todo el equipo MAGA -incluido Trump-, les permitió llevar conceptos del mundo de los negocios y las nuevas tecnológicas al mundo de la política, algo que abarqué en el primer capítulo de «Trump contra el globalismo» TOMO I .

No era una campaña totalmente tradicional, no se limitaba a Trump dando discursos en todos lados. Se invertía poco en TV, pues las propuestas de Donald ya vendían de por sí, bajo la lógica de la polémica. Pero se apostaba fuerte a invertir en redes sociales, para llegar a posibles simpatizantes, y electores potenciales ultrasegmentados, creando contenidos especiales para cada uno.

La magia en la campaña digital vendría de un lugar insospechado. El magnate informático Robert Mercer experto en Inteligencia Artificial (uno de los inventores del traductor automático), enemigo jurado de los Clinton, junto a Steve Bannon y el ex director de la Agencia de Inteligencia de Defensa Michael Flynn (desertor del régimen de Obama), montarían una estructura secreta de nuevas tecnologías, ofreciendo una cantidad enorme de datos que ayudaban a medir la sensibilidad electoral en tiempo real.

La empresa Cambridge Analytica fue un proyecto financiado por Robert Mercer, en manos de Bannon. Esta empresa civil con aires de inteligencia militar, fue el pilar encubierto que nutria el equipo de Jared Kushner del Proyecto Álamo, y era mucho más que una proveedora de datos. Y aunque no fue determinante para la victoria, su impacto tuvo gran relevancia.

El Santo Grial de la inteligencia artificial aportado por el discreto genio patriota Robert Mercer, lograba escanear los sentimientos de la gente en toda la web, con motores que superan a Facebook y Google juntos. ¿Se imaginan poder leer lo que la gente piensa, siente y dice en tiempo real? La misma tecnología que usó como director de un fondo de inversiones Renaissance Technologies, obteniendo rendimientos máximos e inigualables a nivel mundial, la utilizaría en la campaña política de Donald Trump. (TOMO II de «Trump contra el globalismo» desarrollo estos temas con mayor profundidad).

Esta tecnología permitía mapear el universo de votantes de Trump -reales y potenciales-, leer cuáles eran sus mayores preocupaciones, inmigración, comercio, desempleo etc. Para saber dónde dirigir y focalizar el discurso y los recursos. Así como dejar de lado otras propuestas que no preocupaban tanto a los votantes. No era manipulación, sino darle a la gente lo que necesitaba y maximizar recursos escasos de la campaña republicana, mucho menos financiada que la campaña demócrata. Una prueba piloto de esta tecnología se utilizaría para impulsar el Brexit (un objetivo de Mercer) y se utilizaría en Breitbart, explicando su éxito meteórico.

Se utilizaron al mismo tiempo herramientas como Deep Root, que ayudaba a guiar la inversión en publicidad televisiva identificando a votantes que veían determinados programas identificados por región geográfica. Un solo ejemplo: dirigir propaganda en «NCIS» para los votantes que se oponían a ObamaCare, o en The Walking Dead para aquellos preocupados por la inmigración. Otra herramienta identificaba votantes por zona geográfica uniéndolas a Google Maps en tiempo real.

El Big Data y la Inteligencia Artificial iban dictado las principales decisiones de campaña: donde iba el dinero para propaganda, donde se viajaba, donde se hacían los actos y eventos masivos, y los principales temas tratados en los discursos. De esta manera se constituyó la primera campaña política en la historia de la humanidad guiada en gran parte por Inteligencia Artificial.

Siguiendo los trucos sucios de Roger Stone la campaña no solo se basó en promover el mensaje de Trump entre potenciales votantes e indecisos, hubo también un esfuerzo para disuadir a los demócratas de apoyar a Hillary Clinton.“Tenemos tres importantes operaciones de supresión de votantes en marcha” dijo un alto funcionario del operativo a Businessweek. Detrás de esos esfuerzos estuvieron Bannon, Mercer, algunos informantes dentro del partido demócrata y hasta Julian Assange quien filtró antes de las elecciones en Wikileaks, unos 30 mil correos privados comprometedores de Hillary Clinton, exponiendo su corrupción y crímenes.

No hubo una sola cabeza que destaque mucho sobre el resto, fue un trabajo increíble en equipo, donde un brillante ingeniero en sistemas altamente exitoso convertido en magnate (Mercer), un ex director de inteligencia trabajando en la sombra (Flynn), dos asesores de vieja escuela republicana (Stone-Manafort), un genio del marketing (Parscale), un estratega general de campaña y hábil hombre de los medios de derecha alternativa (Bannon), y un eficiente coordinador de campaña digital (Kushner) unieron esfuerzos por impulsar a Trump y su mensaje disruptivo.

En el Proyecto Álamo, distintas empresas de Marketing digital fueron puestas a competir amistosamente para obtener los mejores resultados, acudieron a la herramienta del  «machine learning» (aprendizaje automático), los anuncios que no obtenían respuestas positivas eran desechados en minutos, los que tenían mejores respuestas eran catapultados y escalados. Se enviaban más de 100,000 anuncios personalizados a los votantes todos los días. La campaña de Trump contó con  miles de voluntarios dispuestos a amplificar el mensaje y hacerlo llegar a todos. A todo esto se debería sumar, la batalla de los soldados digitales predicada explícitamente por Michael Flynn, una psyop positiva que se tornó manifiesta en el movimiento «Q» anon.

El gurú digital Parscale recaudó para la campaña nada más y nada menos que unos 250 millones de dólares en cuatro meses, en su mayoría de pequeños donantes patriotas, sorteando los palos en la rueda que Facebook ponía al equipo republicano. Trump basaba su campaña con dinero propio y las pequeñas financiaciones obtenidas en la campaña; mientras que Hillary obtenía fondos de un puñado de más de 7 mega-donantes ultraglobalistas, banqueros, y grandes compañías. El éxito de la campaña digital de Parscale hizo que Trump lo contratase nuevamente para las elecciones del 2020.

Mientras Trump vencía a todos con su retórica y carisma, algunos mega-donantes que hacia poco se habían dirigido a financiar a sus rivales republicanos (Marco Rubio) para impedir su indetenible llegada al poder, se acercaban inclinados a los pies del Titán, a negociar en desventaja. Como fue el caso del apoyo tardío del magnate de los casinos Sheldon Adelson (quien estableció una alianza táctica circunstancial de 4 años y que se rompió antes de los resultados oficiales, apenas la prensa decretó al ganador de las elecciones del 2020, en momentos dramáticos de reclamos sobre fraude).

Los RINOs (republicanos traidores), los Clinton y luego Biden fueron los elegidos principales del Establishment para continuar con la agenda globalista y progresista. Trump por su lado impulsó una agenda patriótica y recibió el apoyo de mentes brillantes preocupadas por el futuro nacional. Y que quede claro, la figura principal fue siempre Trump y los demás sirvieron a su agenda patriótica de America First. Ni Bannon, ni Kushner, ni Flynn, ni Mercer marcaron jamás su agenda. Trump fue el artífice de las políticas, que como malabarista intentó complementar esfuerzos, defenderse de amenazas para destruir gradualmente al Estado Profundo. Trump no fue en ningún momento un títere de nadie.

Nuevas tecnologías, inteligencia artificial aplicada a procesos electorales, operaciones de inteligencia militar encubiertas, compañías de fachada, entretejen una trama apasionante de intriga y poder en el país más importante del planeta.

Por Theo Belok, analista geopolítico y escritor del libro “Trump contra el Globalismo”