Frente a la nación, el ex general cinco estrellas alertó sobre el crecimiento del complejo militar-industrial, una estructura nacida de la Guerra Fría que, según advirtió, podía adquirir una influencia indebida sobre la democracia estadounidense y la toma de decisiones estratégicas.
Eisenhower no hablaba desde la ingenuidad ni desde el pacifismo abstracto. Como comandante supremo aliado en la Segunda Guerra Mundial, conocía de primera mano la necesidad de una defensa sólida. Sin embargo, subrayó un fenómeno nuevo: por primera vez en la historia de Estados Unidos, existía una industria armamentística permanente, sostenida por presupuestos colosales en tiempos de paz, con capacidad de influir sobre el Congreso, la burocracia estatal y la opinión pública.
La clave de su mensaje no era la existencia del poder militar en sí, sino su autonomización. Eisenhower advirtió que la convergencia entre Fuerzas Armadas, industria de defensa, científicos, universidades y decisores políticos podía generar una lógica propia, difícil de controlar democráticamente. “Debemos cuidarnos de la adquisición de una influencia indebida”, dijo, anticipando un sistema donde los incentivos económicos, tecnológicos y estratégicos empujaran hacia la perpetuación del conflicto.
Sesenta y cinco años después, esa advertencia resuena con una claridad inquietante. El complejo militar-industrial ya no es una posibilidad futura, sino una estructura plenamente consolidada. Estados Unidos mantiene el mayor presupuesto militar del mundo, participa directa o indirectamente en múltiples conflictos y sostiene una red global de bases, alianzas y operaciones que rara vez pasan por un debate profundo en términos democráticos.
A diferencia de 1961, la guerra ya no se presenta únicamente como confrontación armada clásica. Hoy adopta la forma de conflictos híbridos, guerras preventivas, sanciones económicas, ciberseguridad, inteligencia artificial y militarización tecnológica. Empresas de defensa, gigantes tecnológicos y centros de investigación operan en un mismo ecosistema, donde la seguridad se convierte en motor económico y justificación política.
Otra de las advertencias menos citadas de Eisenhower también parece cumplirse: el riesgo de que la ciencia y el conocimiento queden subordinados al poder del financiamiento estatal y corporativo. En el presente, gran parte de la innovación estratégica depende de contratos vinculados a defensa, seguridad y control, lo que plantea interrogantes sobre la autonomía del pensamiento crítico y la orientación real del progreso tecnológico.
Eisenhower insistió en que el verdadero contrapeso no debía ser militar, sino cívico. Solo una ciudadanía informada y vigilante, sostuvo, podía evitar que esa maquinaria se desalineara de los intereses públicos. Sin embargo, seis décadas después, el lenguaje técnico, la complejidad estratégica y la lógica de la amenaza permanente han reducido el margen del debate democrático, trasladando decisiones cruciales a ámbitos cada vez más opacos.
Leído hoy, el discurso de Eisenhower no suena a una reliquia de la Guerra Fría, sino a un diagnóstico estructural del poder moderno. No denunció una conspiración, sino algo más difícil de combatir: un sistema de intereses convergentes que, sin control político efectivo, tiende a reproducirse y expandirse. En ese sentido, la pregunta que dejó abierta en 1961 sigue vigente en 2026: quién controla a la maquinaria creada para garantizar la seguridad, cuando esa maquinaria se convierte en un poder en sí mismo.
Discurso completo:
Compatriotas estadounidenses:
Dentro de tres días, tras medio siglo al servicio de nuestro país, dejaré las responsabilidades del cargo cuando, en una ceremonia tradicional y solemne, la autoridad de la Presidencia sea conferida a mi sucesor.
Esta noche me dirijo a ustedes con un mensaje de despedida y para compartir algunas reflexiones finales con ustedes, mis compatriotas.
Como cualquier otro ciudadano, deseo al nuevo Presidente y a todos los que trabajarán con él el mayor de los éxitos. Rezo para que los años venideros estén bendecidos con paz y prosperidad para todos.
Hoy nos encontramos diez años después del punto medio de un siglo que ha sido testigo de cuatro grandes guerras entre naciones poderosas. Tres de ellas involucraron a nuestro propio país. A pesar de estos holocaustos, Estados Unidos es hoy la nación más fuerte, más influyente y más productiva del mundo. Comprensiblemente orgullosos de esta preeminencia, somos conscientes de que el liderazgo y el prestigio de Estados Unidos dependen no solo de nuestro incomparable progreso material, riquezas y poder militar, sino de cómo utilizamos ese poder en favor de la paz mundial y del mejoramiento de la humanidad.
A lo largo de la experiencia estadounidense en el gobierno libre, nuestros propósitos fundamentales han sido mantener la paz, fomentar el progreso en los logros humanos y fortalecer la libertad, la dignidad y la integridad entre las personas y entre las naciones. Aspirar a menos sería indigno de un pueblo libre y religioso. Cualquier fracaso atribuible a la arrogancia, o a nuestra falta de comprensión o disposición al sacrificio, nos causaría un grave daño tanto en el plano interno como en el internacional.
El avance hacia estos nobles objetivos se ve persistentemente amenazado por el conflicto que hoy envuelve al mundo. Este conflicto reclama toda nuestra atención y absorbe nuestras energías. Enfrentamos una ideología hostil, de alcance global, de carácter ateo, despiadada en su propósito e insidiosa en sus métodos. Lamentablemente, el peligro que plantea promete ser de duración indefinida.
Para enfrentarlo con éxito, no se requieren tanto los sacrificios emocionales y pasajeros propios de las crisis, sino aquellos que nos permitan sostener, de manera constante, firme y sin quejas, las cargas de una lucha prolongada y compleja, en la que está en juego la libertad.
Complejo militar
Solo una ciudadanía alerta e informada puede lograr la correcta articulación de la enorme maquinaria industrial y militar de defensa con nuestros métodos y objetivos pacíficos, de modo que la seguridad y la libertad puedan prosperar juntas.
En los consejos del gobierno, debemos cuidarnos de la adquisición de una influencia indebida, buscada o no, por parte del complejo militar-industrial. Existe y persistirá el potencial de un ascenso desastroso de un poder mal ubicado.
Nunca debemos permitir que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades o nuestros procesos democráticos. No debemos dar nada por sentado. Solo una ciudadanía alerta e informada puede obligar a que la gigantesca maquinaria industrial y militar de defensa se articule adecuadamente con nuestros métodos y objetivos pacíficos, para que la seguridad y la libertad prosperen juntas.
Ciencia, conocimiento y poder
De manera similar, y en gran medida como responsable de los profundos cambios en nuestra postura militar-industrial, se ha producido en las últimas décadas una revolución tecnológica.
En esta revolución, la investigación se ha vuelto central; pero también se ha formalizado, complejizado y encarecido. Una proporción cada vez mayor se realiza para el gobierno federal, por el gobierno federal o bajo su dirección.
Hoy, el inventor solitario, trabajando en su taller, ha sido desplazado por equipos de científicos en laboratorios y campos de pruebas. De igual modo, la universidad libre, históricamente fuente de ideas libres y descubrimientos científicos, ha experimentado una transformación en la forma de llevar a cabo la investigación.
En parte debido a los enormes costos involucrados, un contrato gubernamental se convierte prácticamente en un sustituto de la curiosidad intelectual.
La perspectiva de que los académicos de la nación sean dominados por el financiamiento federal, la asignación de proyectos y el poder del dinero está siempre presente, y debe ser considerada con seriedad.
Sin embargo, al respetar el descubrimiento científico y la invención, no debemos dejar de lado la importancia de una investigación independiente. El conocimiento debe mantenerse libre y responsable, y no convertirse en una herramienta al servicio exclusivo del poder.
Responsabilidad cívica
Otro factor en el mantenimiento del equilibrio implica la necesidad de que los ciudadanos comprendan los problemas complejos que enfrenta nuestra nación. La toma de decisiones públicas debe estar guiada por una población informada, no por el temor ni por la ignorancia.
El potencial para un crecimiento descontrolado del poder existe, y continuará existiendo. Pero si actuamos con sabiduría y responsabilidad, podremos garantizar que la libertad y la seguridad avancen juntas, sin que una destruya a la otra.
Con estas reflexiones finales, dejo el cargo con gratitud por la confianza que el pueblo estadounidense ha depositado en mí, y con fe en que nuestra nación continuará avanzando hacia un futuro de paz, libertad y dignidad para todos.




