De acuerdo con el sondeo, el 71% de los adultos estadounidenses considera que el país está fuera de control, frente a apenas un 18% que cree que la situación está bajo control, mientras que el resto se muestra indeciso. La amplitud de este resultado es significativa porque trasciende la división partidaria clásica y señala una sensación generalizada de desorden, incertidumbre y pérdida de previsibilidad en la conducción del Estado.
Uno de los factores centrales que explica este nivel de descontento es la percepción de debilitamiento de los controles institucionales. Para amplios sectores de la sociedad, Trump ejerce el poder de forma personalista, confrontando con el Congreso, deslegitimando decisiones judiciales adversas y gobernando mediante decretos y declaraciones públicas que generan inestabilidad política constante. Esta dinámica refuerza la idea de que el país funciona sin contrapesos claros, un punto especialmente sensible en una república construida sobre el equilibrio de poderes.
El cruce de datos por afiliación política revela un dato particularmente revelador: incluso dentro del electorado republicano, cerca de la mitad considera que EEUU está fuera de control. Este resultado sugiere que el problema no es únicamente ideológico, sino que también involucra a votantes conservadores preocupados por el caos administrativo, la volatilidad económica y la exposición permanente a conflictos internos y externos. Si bien una parte del electorado republicano sigue valorando el estilo confrontativo de Trump, otra fracción comienza a percibirlo como un factor de riesgo más que de orden.
Entre demócratas e independientes, el rechazo es aún más contundente. En estos grupos, la percepción de descontrol está fuertemente asociada a retrocesos en derechos civiles, tensiones raciales no resueltas y una retórica política que profundiza la polarización social. Para estos sectores, el gobierno no solo carece de un rumbo claro, sino que alimenta deliberadamente la confrontación, debilitando la cohesión social y la confianza en las instituciones.
La encuesta también muestra diferencias por grupos raciales, aunque con un denominador común: el descontento es mayoritario en todos ellos. Casi ocho de cada diez afroamericanos consideran que el país está fuera de control, un dato que se explica por la percepción de falta de respuestas estructurales frente a la desigualdad, la violencia policial y la erosión de políticas de protección social. Entre blancos e hispanos, el porcentaje ronda el 70%, impulsado principalmente por la inflación, el costo de vida y la sensación de estancamiento económico, incluso entre quienes no se identifican con la oposición política.
En el plano económico, la percepción de desorden se vincula directamente con la incertidumbre sobre el futuro financiero. Aunque algunos indicadores macroeconómicos muestran crecimiento, amplios sectores sienten que ese crecimiento no se traduce en mejoras reales en su vida cotidiana. El aumento del precio de los alimentos, la vivienda, los servicios de salud y la educación refuerzan la idea de que el sistema funciona para unos pocos, mientras el Estado parece incapaz —o poco dispuesto— a intervenir de manera eficaz.
Otro elemento clave es la política exterior, donde muchos encuestados perciben una estrategia errática y confrontativa. Las declaraciones impulsivas, los cambios abruptos de posición y la tendencia a presentar los conflictos internacionales en términos de ganadores y perdedores alimentan la sensación de que EEUU actúa sin una hoja de ruta clara, incrementando riesgos geopolíticos en lugar de reducirlos.
Finalmente, el dato del 71% refleja algo más profundo que una evaluación negativa de una administración concreta: expresa una crisis de confianza en la capacidad del sistema político estadounidense para autorregularse. Para muchos ciudadanos, el problema ya no es solo Trump, sino un modelo de gobernabilidad que parece incapaz de ofrecer estabilidad, previsibilidad y bienestar sostenido.
En ese sentido, la encuesta de YouGov no describe únicamente un clima de opinión adverso, sino que anticipa un escenario político complejo, en el que el electorado podría demandar más límites al poder presidencial, mayor control institucional y un cambio en la forma de ejercer el liderazgo, más allá de nombres propios o alineamientos partidarios.




