El significado de la revolución

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I

El término revolución surge en el campo de la astronomía para referirse al retorno irresistible de un cuerpo celeste a su posición de origen. La palabra obtuvo mayor relevancia en el siglo XVI a raíz de la obra de Copérnico De revolutionibus orbium coelestium, y comenzó a emplearse en el sentido político como una ingeniosa metáfora de la restauración de un orden previo. Resulta llamativo, entonces, el contraste que se genera entre el concepto en sus inicios y la noción que ha cautivado a los propios revolucionarios. En palabras de Hannah Arendt,

Nada más apartado del significado original de la palabra «revolución» que la idea que ha poseído y obsesionado a todos los actores revolucionarios, es decir, que son agentes en un proceso que significa el fin definitivo de un orden antiguo y alumbra un mundo nuevo1.

Por el contrario,tanto la primera utilización política del término en 1660 en Inglaterra como el fenómeno que le dio un lugar privilegiado en el lenguaje político- la Revolución gloriosa- fueron concebidos como claras restauraciones:

(…) la palabra se utilizó por primera vez en Inglaterra, no cuando estalló lo que nosotros llamamos una revolución y Cromwell se puso al frente de la primera dictadura revolucionaria, sino, por el contrario, en 1660, tras el derrocamiento del Rump Parlament y con ocasión de la restauración de la monarquía. En el mismo sentido se usó la palabra en 1688, cuando los Estuardo fueron expulsados y la corona fue transferida a Guillermo y María. La «Revolución gloriosa», el acontecimiento gracias al cual, y de modo harto paradójico, el vocablo encontró su puesto definitivo en el lenguaje político e histórico, no fue concebida de ninguna manera como una revolución, sino como una restauración del poder monárquico a su gloria y virtud primitivas2.

El vínculo entre el significado original y la restauración no solo se manifiesta en las experiencias políticas del Reino Unido. Las demás revoluciones de los siglos XVII y XVIII,entre las cuales destacan las de Estados Unidos y Francia, aspiraron a ser restauraciones3. Aunque es cierto que estas dos últimas fueron muy distintas entre sí y acarrearon consecuencias sumamente disímiles. Por ahora baste con señalar que la americana consiguió su objetivo de ser una restauración, mientras que la francesa no.

Naturalmente surgen dos grandes inquietudes: cuándo fue que la palabra revolución pasó de ser sinónimo de restauración a tener las implicancias actuales y cuál de los dos significados, incompatibles entre sí, se corresponde con la esencia de la revolución. Con respecto a la primera, podemos encontrar el cambio en la Revolución francesa, más puntualmente en un diálogo entre Luis XVI y el duque La Rochefoucauld-Liancourt:

La fecha fue la noche del 14 de julio de 1789, en París, cuando Luis XVI se enteró por el duque de La Rochefoucauld-Liancourt de la toma de la Bastilla, la liberación de algunos presos y la defección de las tropas reales ante un ataque del pueblo. El famoso diálogo que se produjo entre el rey y su mensajero es muy breve y revelador. Según se dice, el rey exclamó: «C’est une révolte», a lo que Liancourt respondió: «Non, Sire, c’est une révolution»4.

Quizá pueda discutirse en mayor profundidad sobre el momento específico, pero no quedan dudas que fue durante la Revolución francesa, y no la de Estados Unidos5, que el concepto fue modificado.

La segunda inquietud, si bien se presenta de forma lógica, parte de un supuesto erróneo; este es, que el término revolución tiene una esencia.Raymond Aron- quien a mi humilde criterio es el filósofo político que mejor ha comprendido y descrito la revolución-indica que “no existe, salvo en un cielo desconocido, una esencia eterna de la revolución: el concepto nos sirve para aprehender ciertos fenómenos y para ver claro en nuestro pensamiento”6. Es decir, no es un concepto que procure aprehender algo trascendental, sino una palabra empleada con fines prácticos; por esto la segunda acepción desplaza a la primera sin ningún tipo de inconveniente.

 

II

Cabe preguntarnos ahora sobre los rasgos característicos de la revolución una vez que ha adquirido el significado que perdura hasta nuestros días. Una síntesis precisa nos la da Edmund Burke (quien predijo con exactitud la deriva destructiva de los revolucionarios franceses): “hacer una revolución consiste en subvertir el antiguo estado de un país”7, y advierte que “(…) no se puede justificar con razones ordinarias un procedimiento tan violento”8.

En el mismo sentido se expresa Aron al afirmar que “se entiende por revolución, en el lenguaje corriente de la sociología, la sustitución repentina, por medio de la violencia, de un Poder por otro”9. Y nos aclara que

Admitiendo esta definición, se eliminarán ciertos usos de la palabra que crean equívocos o confusión. En una expresión como revolución industrial, el término evoca simplemente cambios profundos y rápidos. Cuando se habla de revolución laborista, se sugiere la importancia, supuesta o real, de las reformas cumplidas por el gobierno británico entre 1945 y 1950, pero estos cambios no son brutales ni están acompañados por vacancias de legalidad, no constituyen un fenómeno histórico de la misma especie que los acontecimientos de 1789 al 1797, en Francia, o del 1917 al 1921, en Rusia. La obra laborista, en esencia, no es revolucionaria en el sentido en que este calificativo se aplica a la de los jacobinos o los bolcheviques10.

Es decir, se dispone de la palabra de una forma muy vaga, lo que a menudo lleva a utilizarla incorrectamente. Los estudiosos de la política, principalmente los historiadores, tienden a denominar como revolución a casi cualquier movimiento social y político medianamente relevante, sin atender realmente si el suceso en cuestión presenta cambios súbitos y radicales.

Hay un uso interesante del término que no podemos dejar pasar. En los ochenta se ha hablado con insistencia de una ‘Revolución conservadora’ en Occidente liderada por Ronald Reagan. Esta expresión- también usada para referirse a otros eventos- a primera vista parece una contradicción en los términos. No obstante, debe entenderse como lo que es: un oxímoron. Este es un recurso literario donde se describe un sustantivo con un adjetivo contrario a sus características propias (v. gr., un ‘fuego helado’). La expresión no se trata de una descripción conceptual que deba ser tomada al pie de la letra.

Volviendo sobre los rasgos de la revolución, vemos que- más allá de sus promesas- de ninguna manera es una solución real a la tiranía. Si algo nos han enseñado la Revolución francesa y la bolchevique es que la revolución no acaba con la tiranía, solo hace que cambie de manos. De hecho, es en sí misma una tiranía. “Un poder revolucionario es (…) un poder tiránico. Se ejerce a despecho de las leyes, expresa la voluntad de un grupo más o menos numeroso, se desinteresa y debe desinteresarse por los intereses de tal o cual fracción del pueblo”11. Y “la fase tiránica dura más o menos tiempo según las circunstancias, pero nunca se llega a obviarla —o, más exactamente, cuando se consigue evitarla, hay reformas, no revolución”12. Retomaremos la cuestión de la reforma más adelante.

Para ser más claros sobre qué es y no es la revolución nos serviremos de dos ejemplos brindados por Aron sobre fenómenos que han sido malinterpretados como ‘contrarrevolucionarios’: el nacionalsocialismo13 y el fascismo. Explica que

(…) Se tiene derecho a hablar de contrarrevolución cuando se restaura el Antiguo Régimen, cuando vuelven al poder los hombres del pasado, cuando las ideas o instituciones que los revolucionarios de hoy traen consigo son las que habían eliminado los revolucionarios de ayer. (…) La contrarrevolución nunca es enteramente una restauración, y toda revolución niega siempre por una parte a la que la ha precedido y, por ello, presenta algunos caracteres contrarrevolucionarios. Pero ni el fascismo ni el nacionalsocialismo son entera o esencialmente contrarrevolucionarios. Retoman algunas fórmulas de los conservadores, sobre todo los argumentos que éstos utilizaron contra las ideas de 1789. Pero los nacionalsocialistas atacaron la tradición religiosa del cristianismo, la tradición social de la aristocracia y del liberalismo burgués: la “fe alemana”, el encuadramiento de las masas, el principio de jefe, tienen una significación propiamente revolucionaria. El nacionalsocialismo no señalaba un retorno al pasado, rompía con éste tan rápidamente como el comunismo14.

A modo de resumen, podemos caracterizar la revolución por:

  • Representar una ruptura repentina y radical con el orden previo en aras de un futuro tan prometedor como incierto.
  • El desdén por la herencia histórica,que no está a la altura de la ‘razón iluminada’ de los revolucionarios.
  • El desprecio por las instituciones establecidas, las cuales son el reflejo de un pasado que debe ser prendido fuego.
  • Provocar en sus actores una embriaguez por el vértigo de la destrucción; o en otras palabras, un estado de absoluta enajenación.
  • Una tendencia inexorable por devorar a sus propios hijos15.

 

III

Las de Inglaterra en 1688 y la de Estados Unidos de 1776 fueron revoluciones en el sentido original de la palabra; fueron efectivamente restauraciones. Sobre esta última, Russell Kirk describe a la perfección que

(…) la Revolución americana no fue un trastorno innovador, sino una restauración conservadora de las prerrogativas coloniales. Acostumbrados desde sus inicios al auto-gobierno, los colonos sentían que por herencia poseían los derechos de los ingleses y por prescripción ciertos derechos propios. Cuando un rey de diseño y un parlamento distante pretendieron extender sobre América unos poderes de tributación y administración nunca antes ejercidos, las colonias se levantaron para vindicar su libertad prescriptiva; y luego de que la hora del compromiso se hubiera escurrido, fue con reluctancia y trepidación que declararon su independencia. Estos hombres esencialmente conservadores se encontraron a sí mismos como rebeldes triunfantes, y fueron compelidos a reconciliar sus ideas tradicionales con las necesidades de una independencia difícilmente anticipada16 17.

Como hemos explicado anteriormente, no fue sino hasta la Revolución francesa, que también fue concebida como una restauración18, que el término pasaría a significar lo contrario a una restauración; transmitiendo a las revoluciones venideras esos aires de destrucción y ese deseo incesante por cambiarlo todo (siendo la Revolución bolchevique su heredera más notoria19).

Con respecto a la Revolución francesa, Alexis de Tocqueville, leyendo los cuadernos redactados por las autoridades políticas y religiosas de la época, se dio cuenta de su devastación:

(…) ora se pide cambiar una ley, ora una costumbre (…) cuando logro reunir todas estas voces particulares, con cierto terror comprendo que lo que se reclama es la abolición simultánea y sistemática de todas las leyes y usos vigentes en el país, y al punto percibo que se trata de una de las revoluciones más vastas y peligrosas que jamás se hayan producido en el mundo20.

Huelga aclarar que la acertada visión de Tocqueville encaja a la perfección con la descripción de la revolución que han hecho Burke y Aron.

Tocqueville también destaca un elemento clave, presente en todas las revoluciones: el desconocimiento por parte de los actores revolucionarios de las consecuencias de sus propias acciones, quienes se dejan llevar por la adrenalina del momento:

Quienes mañana serán sus víctimas no saben nada al respecto; creen que la transformación total y repentina de una sociedad tan compleja y antigua puede tener lugar sin conmociones con la ayuda de la razón y por su sola virtud. ¡Desdichados! Han olvidado hasta aquella máxima que sus padres habían expresado, 400 años atrás, en el francés ingenuo y enérgico de esos tiempos: Por pedir muchas franquicias y libertades se cae en gran servidumbre21.

Por último, Tocqueville señala que los franceses en su ímpetu revolucionario no fueron capaces de distinguir lo bueno de lo malo del Antiguo Régimen. Fueron incapaces de discernir lo que debía ser reformado de lo que debía ser conservado, y acabaron por destruirlo todo:

Los franceses ya no se limitaban a desear que sus asuntos fuesen mejor atendidos,sino que empezaban a querer hacerlo por sí mismos y era evidente que la gran revolución que se preparaba iba a tener lugar,no sólo con el asentimiento del pueblo, sino por sus propias manos.

Pienso que a partir de aquel momento era inevitable esa Revolución radical, que habría de confundir en un mismo montón de ruinas tanto lo peor como lo mejor del Antiguo Régimen. Un pueblo tan mal preparado para actuar por sí mismo no podía emprender la reforma de todo a la vez sin antes destruirlo todo. Cualquier príncipe absoluto habría sido un innovador menos peligroso. Por lo que a mí respecta, al considerar que esa misma Revolución que destruyó tantas instituciones,ideas y hábitos contrarios a la libertad, y que, por otra parte, abolió tantos otros sin los cuales esta libertad difícilmente puede subsistir, me inclino a creer que realizada por un déspota tal vez nos habría dejado en menor desventaja para alcanzar a ser algún día una nación libre, que hecha en nombre de la soberanía del pueblo y por éste22.

IV

Hasta aquí hemos tratado el origen de la revolución, cuándo y por qué cambió su significado y cuáles son las implicancias del término a lo largo de más de dos siglos. Hemos explicado la ceguera en la que incurren sus actores y en las lamentables consecuencias de sus acciones. Cabe preguntarnos ahora, ¿no hay acaso una alternativa superadora a la revolución para cambiar lo malo de una situación determinada sin destruir en el proceso aquello que estimamos, y sin que tal alternativa suponga una vana esperanza utópica en el pasado? Aron y Kirk nos responden con un rotundo sí: la alternativa superadora es la reforma. Para el primero,

Una reforma cumplida cambia alguna cosa. Una revolución parece susceptible de cambiarlo todo, puesto que se ignora lo que ha de cambiar.Para el intelectual que busca en la política una diversión, un objeto de fe o un tema de especulaciones, la reforma es fastidiosa y la revolución excitante.Una es prosaica, la otra poética; una pasa por ser obra de funcionarios y la otra del pueblo erguido contra los explotadores. La Revolución suspende el orden acostumbrado y deja creer que por fin todo es posible23.

Y en el mismo sentido, el segundo dice que

Si atendemos correcta y prudentemente las necesarias reformas,podremos preservar y mejorar este orden tolerable; pero si se abandonan los viejos diques de contención institucionales y morales que protegen nuestras naciones, las pulsiones anárquicas de la humanidad se desbordarán, sumergiendo y ahogando «la ceremonia de la inocencia»24.

Y añade que “los ideólogos que han prometido la perfección para el hombre y la sociedad han convertido gran parte del siglo XX en un infierno en la tierra”25.

Por supuesto que la reforma guarda cierta relación con el pasado. Después de todo, para encontrar el norte del futuro es menester contemplar el pasado. Como también ha expresado Kirk con suma precisión: “los hombres no pueden mejorar una sociedad prendiéndola fuego: deben buscar sus viejas virtudes, y traerlas de vuelta a la luz”26.

Para finalizar, traemos a colación unas preguntas que se ha hecho Aron, las cuales resultan indispensables para todo aquel se detenga a pensar, aunque sea por un segundo, sobre la revolución y sus implicancias:

¿Merecen tanto honor las revoluciones? Los hombres que las piensan no son los que las hacen. Quienes las comienzan viven raramente su epílogo,salvo en el exilio o la prisión. ¿Son realmente los símbolos de una humanidad dueña de sí misma, si ningún hombre se reconoce en la obra surgida del combate de todos contra todos?27.

Notas

1 Arendt, H., (2006),Sobre la revolución, Alianza, p. 56.

2 Ibíd., pp. 56-57.

3 “El hecho de que la palabra «revolución» significase originalmente restauración, algo que para nosotros constituye precisamente su polo opuesto, no es una rareza más de la semántica. Las revoluciones de los siglos XVII y XVIII, que concebimos como un nuevo espíritu, el espíritu de la Edad Moderna, fueron proyectadas como restauraciones. (…) la victoria efímera de esta primera revolución moderna fue interpretada oficialmente como una restauración, es decir, como la «libertad restaurada por la gracia de Dios», según reza la inscripción que aparece sobre el gran sello de 1651”. (Arendt, Op. Cit., p. 57).

4 Arendt, Op. Cit., p. 63.

5 “Fue la Revolución francesa, no la americana, la que pegó fuego al mundo y, en consecuencia, fue del curso de la Revolución francesa, no del de la americana, ni de los actos de los Padres Fundadores, de donde el uso actual de la palabra «revolución» recibió sus connotaciones y resonancias a través de todo el mundo, sin excluir a los Estados Unidos”. (Arendt, Op. Cit., p. 73).

6 Aron, R., (1979), El opio de los intelectuales, Siglo Veinte, p. 45.

7 Burke, E., (2020), Reflexiones sobre la Revolución francesa, Rialp, p. 158.

8 Ídem.

9 Aron, Op. Cit., p. 44.

10 Ídem.

11 Aron, Op. Cit., p. 47.

12 Ídem.

13 Sobre este, cabe agregar: “(…) la ascensión de Hitler permanece revolucionaria, aunque haya sido nombrado legalmente canciller por el presidente Hinderburg. El empleo de la violencia ha seguido, antes que precedido, a esta ascensión y, al mismo tiempo, han faltado algunos de los caracteres jurídicos del fenómeno revolucionario. Sociológicamente, vuelven a encontrarse los rasgos esenciales: ejercicio del poder por una minoría que elimina despiadadamente a sus adversarios, crea un Estado nuevo, sueña con transfigurar a la nación”. (Aron, Op. Cit., p. 45).

14 Aron, Op. Cit., p. 46.

15 Arendt, Op. Cit., p. 65.

16 Kirk, R., (2001), The Conservative Mind: From Burke to Elliot, Regnery Publishing, pp. 101-102. (Traducción propia).

17 Puede hacerse una clara comparación con el proceso de independencia de Argentina. No se llevó adelante una revolución como tal por el desprecio que suscitaba la Corona española. Se rompió con ella porque había caído bajo el yugo francés. Dicho de otro modo, no se rompiócon España, sino más bien con la dominación francesa sobre España.

18 Para Tocqueville, “se hubiera podido pensar que el propósitode la revolución en marcha no era la destrucción del Antiguo Régimen, sino su restauración”. (Arendt, Op. Cit., p. 59).

19 “El encanto mágico que la necesidad histórica ha vertido sobre los espíritus de los hombres desde el comienzo del siglo XIX se hizo más poderoso con la Revolución de Octubre, que ha tenido para nuestro siglo el mismo significado profundo de operar, primero, la cristalización de las esperanzas del hombre, para después colmar su desesperación, que la Revolución francesa tuvo para sus contemporáneos. (…) Fue la historia, no la acción, lo que los hombres de la Revolución rusa habían aprendido de la Revolución francesa, siendo este conocimiento casi su único bagaje. Habían adquirido la habilidad de interpretar cualquier papel que el gran drama de la historia pudiera asignarles, y si no hubo otro papel disponible que el de villano, ellos prefirieron aceptarlo antes que dejar de tomar parte en la función”. (Arendt, Op. Cit., pp. 75-77).

20 Tocqueville, A., (1996), El Antiguo Régimen y la Revolución, Fondo de Cultura Económica, p. 226.

21 Ídem.

22 Tocqueville, Op. Cit., p. 247.

23 Aron, Op. Cit., p. 50.

24 Kirk, R., (2009), Qué significa ser conservador, Ciudadela.

25 Ídem.

26 Kirk, The Conservative… Op. Cit., p. 296. (Traducción propia).

27 Aron, Op. Cit., p. 44.