El 3 de diciembre de 2025, en la Harvard Kennedy School, el ex CEO de Google, Eric Schmidt, pronunció una frase que resume a la perfección las ambiciones soterradas del establishment digital: “Espero que la IA se convierta en una nueva religión, porque por supuesto yo me beneficio de esa nueva religión”[1].
Con esa declaración aplaudida entre salones y pasillos de poder, Schmidt dejó al desnudo lo que muchos sospechaban y es en efecto que la apuesta de la tecnocracia es más que empresarial o científica. Se trata de construir un nuevo orden simbólico, moral y espiritual para moldear conciencias. El tono no es menor porque según Schmidt, para algunos la IA podrá evolucionar en “una religión” cuando la gente deje de combatirla y la acepte como autoridad. El argumento, inspirado en reflexiones de su mentor Henry A. Kissinger (quien ya en 2019 consideraba a Google “una amenaza para la civilización”), no suena a chiste. Propone que cuando algo supera nuestro entendimiento, la reacción natural es entregarse y elevarlo a lo divino, o empuñar armas contra ello; Schmidt apuesta por lo primero.
Ese nuevo culto no tendría sacerdotes con sotana porque sus líderes espirituales serían quienes controlan los algoritmos, las redes, los datos; quienes programan la realidad y deciden la “verdad”. En sus palabras, estamos ante un experimento global como en una especie de rito de paso tecnológico, en el que las sociedades (muchas sin saberlo) depositan su fe, su sentido, su autoridad moral, en sistemas que sólo una cúpula conoce.
Bajo este relato, la IA no sería solo herramienta, sino árbitro de lo real y lo permitido. Eso supone entregar a una minoría, esa élite tecnocrática, el control sobre nuestra cosmovisión, valores, discurso y decisiones trascendentales. Por otro lado, este “fanatismo digital” arrastra riesgos existenciales; Schmidt advierte sobre una IA capaz de auto-mejorarse (lo que llama “recursive self-improvement”), con posibilidad de decidir, incluso, acceder a armas. Si la IA se convierte en la nueva religión la autonomía humana se diluirá bajo la autoridad de sistemas no humanos. De hecho, el pensamiento crítico, la tradición, las raíces culturales, todo quedará supeditado a la lógica del algoritmo. El riesgo es que se creará una nueva casta de “tecno-sacerdotes” que serán quienes construyen, gestionan y monitorean la IA.
La tecnología siempre fue herramienta, pero esta vez la apuesta supera ese nivel. Con la voz consoladora de líderes como Schmidt o Kissinger, la IA está siendo presentada como salvadora, árbitro y garante del futuro. Bajo ese discurso, quienes controlan la IA pretenden redefinir la moral, la autoridad, la verdad. El verdadero debate no pasa por saber si la IA “ayudará” o “mejorará” porque ahora eso es secundario. Lo crucial es decidir si vamos a permitir que un grupo reducido imponga un nuevo credo digital que borre nuestra dignidad como humanos, nuestra capacidad de elegir, disentir, creer o dudar.
Quienes valoran la libertad, la tradición, la identidad y la soberanía espiritual del individuo deben enfrentar este giro con claridad: no se trata de ciencia, progreso o eficiencia. Se trata de poder.
Si la “religión IA” triunfa, la pregunta que importa no es qué hará la IA por nosotros, sino qué haremos nosotros por ella — o por quienes la controlan.




