El estado de otro tercio de los misiles es menos claro, pero cuatro de las fuentes afirman que es probable que los bombardeos los hayan dañado, destruido o enterrado en túneles y búnkeres subterráneos. Dichas fuentes hablan bajo condición de anonimato debido a la naturaleza delicada de la información.
Una de las fuentes afirma que la información de inteligencia era similar en lo que respecta a la capacidad de Irán para operar drones, y señala que existía cierto grado de certeza de que un tercio de ellos había sido destruido.
La evaluación, que no se había publicado anteriormente, muestra que, si bien la mayoría de los misiles de Irán están destruidos o son inaccesibles, Teherán todavía cuenta con un importante arsenal de misiles y podría recuperar algunos misiles enterrados o dañados una vez que cesen los combates.
La información de inteligencia contrasta con las declaraciones públicas del presidente estadounidense Donald Trump, quien afirmó ayer que a Irán le quedan «muy pocos cohetes». También pareció reconocer la amenaza que representan los misiles y drones iraníes restantes para cualquier operación futura de EEUU destinada a salvaguardar el Estrecho de Ormuz, de vital importancia económica.
Hasta el 25 de marzo, los ataques estadounidenses habían alcanzado más de 10.000 objetivos militares iraníes y, según el Comando Central, habían hundido el 92% de los grandes buques de la armada iraní.
Sin embargo, el Comando Central se ha negado a precisar qué porcentaje de la capacidad de misiles o drones de Irán ha sido destruida.
Según una fuente, parte del problema radica en determinar cuántos misiles iraníes estaban almacenados en búnkeres subterráneos antes del inicio de la guerra. EEUU no ha revelado su estimación del tamaño del arsenal de misiles iraní previo a la guerra.
Un alto funcionario estadounidense se muestra escéptico sobre la capacidad de EEUU para evaluar con precisión las capacidades de misiles de Irán, en parte porque no está claro cuántos misiles se encuentran bajo tierra y son accesibles de alguna manera. «No sé si alguna vez tendremos una cifra exacta», afirma el funcionario.
En medio de declaraciones enfáticas y balances optimistas, la realidad estratégica parece moverse por carriles más complejos. A pesar de los discursos que hablan de capacidades “aniquiladas” o “completamente destruidas”, atribuidos en distintos momentos a Donald Trump, lo cierto es que la estructura militar de Irán no ha colapsado. Por el contrario, diversos análisis coinciden en que su capacidad operativa se mantiene, aunque degradada en ciertos aspectos.
Uno de los factores centrales que explican esta resiliencia es la propia doctrina militar iraní. Lejos de depender de una estructura rígida y fácilmente identificable, Teherán ha desarrollado durante décadas un modelo basado en la dispersión, la redundancia y la ocultación. Instalaciones subterráneas, plataformas móviles y redes descentralizadas permiten que, incluso bajo presión sostenida, la capacidad de respuesta no desaparezca, sino que se adapte. En este sentido, destruir objetivos visibles no equivale necesariamente a desarticular el sistema en su conjunto.
A ello se suma un elemento clave de la guerra contemporánea: la imposibilidad de verificar completamente el daño infligido. A diferencia de conflictos convencionales del siglo XX, donde la derrota podía medirse en términos territoriales o de rendición formal, los enfrentamientos actuales se desarrollan en un terreno más difuso. No se trata solo de lo que se destruye, sino de lo que puede probarse que ha sido destruido, y en ese margen de incertidumbre es donde Irán conserva parte de su ventaja.




