El cierre de Stranger Things y el fenómeno inesperado de Welcome to Derry terminaron por cristalizar uno de los debates culturales más intensos del año televisivo 2025. Mientras la serie insignia de Netflix llegó a su recta final envuelta en polémica tras el episodio 7 —marcado por la revelación explícita de la orientación sexual de Will Byers—, la precuela del universo IT, producida por HBO, fue señalada por críticos y espectadores como la mejor serie del año, logrando algo cada vez más infrecuente: consenso.
La comparación entre ambas no tardó en aparecer, pero el eje del contraste no pasa tanto por los temas que abordan, sino por la forma en que deciden narrarlos. Stranger Things, una ficción construida durante casi una década, llegó a su clímax cargando una enorme mochila emocional y simbólica. El episodio 7 concentró definiciones personales, tensiones narrativas y expectativas acumuladas, lo que provocó que una parte del público percibiera la escena de Will como descontextualizada dentro del momento dramático. Para muchos, el problema no fue la identidad del personaje, sino el lugar que ocupó la escena dentro del relato. Por otra parte, el episodio 6 ya se mostraba denso en algunos diálogos extensos que apagaban el momento de dramatismo tenso: densidad narrativa, ritmo lento y una sobrecarga de diálogos emocionales, en detrimento de la acción y la tensión.
La reacción fue inmediata: review bombing, caída de puntuaciones en plataformas especializadas y una discusión que trascendió lo estrictamente televisivo para convertirse en un debate cultural más amplio. Algunos espectadores hablaron de narrativa forzada, otros de exceso de subrayado emocional, y no faltaron quienes interpretaron la escena como un gesto más dirigido al debate contemporáneo que a la lógica interna de la historia. Stranger Things quedó atrapada entre el cierre épico de una saga y la lectura política de cada decisión creativa.
En el extremo opuesto apareció Welcome to Derry. Sin grandes campañas estridentes ni discursos explícitos, la serie se consolidó capítulo a capítulo como un relato sólido, oscuro y profundamente incómodo, fiel al espíritu de Stephen King. Ambientada décadas antes de los hechos de IT, la historia apostó por el terror clásico: el pueblo como organismo enfermo, la violencia soterrada, el miedo infantil y la sensación constante de amenaza. Nada se explica de más; todo se sugiere.
Uno de los puntos más llamativos es que Welcome to Derry incluye diversidad de personajes y conflictos sociales, pero nunca fue etiquetada como “woke” por la audiencia. La razón no está en lo que muestra, sino en cómo lo muestra. La serie no interrumpe la trama para dar lecciones, no convierte la identidad en el rasgo excluyente de ningún personaje y no adopta un tono pedagógico frente al espectador. Los personajes existen, sufren y temen; el horror los iguala.
En Welcome to Derry, la diversidad no es un mensaje, es parte del mundo narrado. Nadie se detiene a explicar quién es quién ni por qué. El terror funciona como un lenguaje universal que absorbe todo lo demás. El mal no es una metáfora discursiva, sino una presencia concreta, brutal y persistente. Esa decisión narrativa genera una experiencia inmersiva que evita la fricción ideológica y permite que públicos muy distintos coincidan en su valoración.
El contraste con Stranger Things expone una diferencia clave de época: cuando el espectador percibe intención pedagógica, la reacción suele ser defensiva. No importa tanto el contenido como la sensación de que la historia se detiene para marcar una posición. En el caso de Will, muchos espectadores sintieron que la escena competía con el clímax narrativo en lugar de potenciarlo, lo que amplificó el rechazo y desplazó el foco del arco emocional hacia el debate cultural.
Así, 2025 dejó dos lecciones narrativas claras. Stranger Things cierra como un fenómeno histórico, pero pagando el costo de una audiencia hiperpolitizada y expectante. Welcome to Derry, en cambio, demostró que todavía es posible contar historias profundas, diversas y contemporáneas sin explicitar el mensaje, confiando en la inteligencia del espectador y en la fuerza del relato.
Una serie explicó y dividió; la otra narró y unió. Y en ese contraste se juega buena parte del futuro de la ficción televisiva en tiempos de saturación cultural.




