La decisión coloca a Francia, una potencia nuclear y uno de los principales actores militares de Europa, en el centro de un conflicto regional que podría escalar a una guerra mucho mayor.
Luego de culpar a la nación invadida «Irán es el principal responsable de esta situación» pasó a justificar la agresión, en un discurso totalmente alineado con la propaganda de Trump, Netanyahu y Marco Rubio, acompañado de una referencia totalmente hipócrita al «derecho internacional» y a la necesaria «reanudación de las negociaciones diplomáticas». Luego anunciaba el envío del portaaviones, lo que equivale a arrojar combustible en un incendio. El buque insignia lleva el nombre del gran estadista francés del siglo XX.
La pregunta que surge inevitablemente es incómoda pero necesaria: ¿Qué queda hoy del gaullismo? Macron como peón de la elite global dice presente en las puertas del Armagedón.
Durante décadas, la política exterior francesa estuvo marcada por una idea central defendida por Charles de Gaulle: la independencia nacional. Para el estadista francés, Francia debía ser una potencia soberana capaz de decidir su propio destino sin subordinarse a los intereses de ningún bloque internacional. Baluarte del proto-soberanismo, supo dirigir a Francia hacia el desarrollo y la independencia, llegando a desafiar incluso a los Estados Unidos de Nixon.
Ese principio no era solo retórico. De Gaulle retiró a Francia del mando militar integrado de la OTAN (NATO) en 1966 precisamente para evitar que el país pudiera ser arrastrado a conflictos decididos por otras potencias. Su visión era clara: Francia debía mantener su autonomía estratégica para actuar en función de los intereses del pueblo francés, no de agendas externas.
Sesenta años después, el contraste con la política actual resulta evidente.
Emmanuel Macron, un ex banquero de la banca Rothschild convertido en presidente, parece representar la negación de esa tradición. En lugar de preservar la independencia estratégica que caracterizó a la Francia gaullista, su gobierno ha mostrado una creciente tendencia a alinearse con las decisiones de Davos, Washington y de la estructura militar y financiera occidental.
El envío del portaaviones Charles de Gaulle (R91) al Mediterráneo es un símbolo poderoso de esta transformación. El buque que lleva el nombre del general que defendió la soberanía francesa ahora es utilizado para integrar a Francia en una dinámica de confrontación que no responde directamente a los intereses de su propio pueblo.
La paradoja histórica es difícil de ignorar. El nombre de De Gaulle, asociado durante décadas a la independencia nacional, aparece hoy ligado a una operación militar que acerca a Francia a un conflicto regional con potencial de convertirse en la Tercera Guerra Mundial.
Porque ese es el verdadero peligro del momento actual. El enfrentamiento entre Israel, Estados Unidos e Irán no es un episodio aislado en Medio Oriente. En un contexto internacional cada vez más polarizado, una escalada militar podría arrastrar a múltiples potencias y abrir la puerta a una guerra de dimensiones mundiales.
El conflicto no solo amenaza con incendiar Oriente Medio. También golpea el corazón energético de la economía mundial. Por el estrecho de Ormuz —una franja de mar entre Irán y Omán— pasa cerca del 20% del petróleo que se consume en el planeta y alrededor del 40% del crudo que importa China. Convertir esa zona en un campo de batalla significa poner en riesgo el suministro energético de la principal potencia industrial del mundo. En un escenario de escalada, una guerra regional podría transformarse rápidamente en un enfrentamiento global. El cierre de Ormuz afectaría al precio global del petróleo, pero los intereses energéticos vitales de Francia no están directamente en ese estrecho.
Que Francia pueda eventualmente involucrarse directamente en ese escenario plantea una cuestión estratégica fundamental: ¿beneficia realmente esto a los intereses del pueblo francés? Todo parece indicar que no.

A esta crisis de soberanía se suma además un hecho inquietante para la democracia francesa. En 2025, la principal figura de la oposición política, Marine Le Pen, fue condenada por un tribunal e inmediatamente inhabilitada para presentarse a cargos públicos durante cinco años, lo que en la práctica amenaza con impedir su participación en las elecciones presidenciales de 2027. Más allá del debate jurídico sobre el caso, el resultado político es evidente: millones de votantes franceses ven cómo su principal candidata queda apartada del escenario electoral. En un momento en que el gobierno decide involucrar al país en conflictos internacionales cada vez más peligrosos, la exclusión de la principal figura opositora solo alimenta la sensación de que la democracia francesa atraviesa una etapa de profunda degradación.
Para una parte creciente de la opinión pública, el mandato de Emmanuel Macron ha estado marcado por decisiones tomadas desde arriba y frecuentemente en contra del sentimiento popular. Su gestión durante la pandemia ya había generado fuertes críticas por el uso de medidas coercitivas y la imposición de políticas sanitarias obligatorias que millones de ciudadanos percibieron como autoritarias. La imposición del pasaporte sanitario (de vacunas) como requisito para poder comprar alimentos generó protestas masivas y un profundo descontento hacia el poder ejecutivo. La historia recordará el valiente ejemplo dado por muchos franceses que resistieron a los mandatos, así como el ejemplo cívico que mostró la policía enviada a reprimir a los rebeldes, que lejos de hacerlo se unió a los manifestantes. El pueblo francés brilla y vale oro, lamentablemente no votan bien a sus gobernantes.
Ese estilo de gobierno, percibido como distante de la voluntad popular, parece extenderse ahora al terreno de la política internacional.
Mientras Charles de Gaulle concebía la presidencia como una forma de garantizar la soberanía nacional, protegiendo a Francia de las presiones externas, el liderazgo actual transmite la impresión opuesta: la de un dirigente dispuesto a integrar al país en estrategias geopolíticas diseñadas fuera de sus fronteras. O materializar las ideas de la elite global de Davos.
Tengamos en cuenta que
el principal gurú y mentor de Macron es el ultraglobalista Jacques Attali quien llevó al ex ministro de economía a lo más alto de la esfera política. Parte importante de la filosofía de Attali es también la de Macron. Attali pide abiertamente la formación de un gobierno mundial, en mi libro «Trump contra el globalismo» comparto algunas citas textuales.
Ya en el siglo XX el aristócrata y pensador paneuropeísta Richard von Coudenhove-Kalergi imaginaba una Europa futura cada vez más mezclada cultural y étnicamente dentro de una civilización cosmopolita. Frente a esa visión supranacional, el proyecto político de Charles de Gaulle era radicalmente distinto: una Europa de naciones soberanas, capaces de cooperar entre sí sin disolver su identidad ni su independencia.
La comparación inevitablemente reduce la figura del actual presidente. Donde De Gaulle actuaba como un estadista consciente del peso histórico de Francia, Macron parece más bien un administrador de intereses globalistas.
Por eso el debate sobre el gaullismo en el siglo XXI no es una simple discusión histórica. Es una pregunta sobre el presente y el futuro de Francia.
¿Debe Francia seguir el camino de la autonomía estratégica que defendió De Gaulle o aceptar un papel subordinado dentro de los bloques globales? La respuesta a esa pregunta determinará no solo la política exterior del país, sino también el lugar que Francia ocupará en un mundo cada vez más inestable.
Francia está desapareciendo como nación con identidad europea. Este alejamiento del espíritu gaullista no comenzó con Emmanuel Macron. Durante las últimas décadas, buena parte de las élites políticas francesas adoptaron una visión cada vez más globalista y multiculturalista del país. Incluso presidentes de derecha como Nicolas Sarkozy defendieron públicamente la idea de que Francia debía convertirse en una nación “mestiza” y multicultural, llegando a afirmar que quien no aceptara ese mestizaje debía marcharse del país. Para muchos franceses, ese tipo de discursos simboliza la ruptura entre una clase dirigente cada vez más cosmopolita y un pueblo que ve cómo se diluyen progresivamente las bases históricas de la nación.
Los soberanistas franceses deben reaccionar ahora para recuperar la soberanía de Francia y proteger su identidad nacional frente a las élites globalistas y las visiones supranacionales. Es la hora de desmantelar la Europa de Kalergi, es la hora de los pueblos.
Por Theo Belok, padre de la Teoría Soberanista; escritor y analista geopolítico, autor de «Trump contra el Globalismo» y «Globalismo: ¿Qué es y cómo derrotarlo?». Sigue sus análisis en su sitio oficial: teoriasoberanista.com.




