FILE PHOTO: Aisha Gaddafi, daughter of Libya's former leader Muammar Gaddafi, attends an exhibition of her artworks in Moscow, Russia October 17, 2024. REUTERS/Shamil Zhumatov/File Photo
La carta, escrita en tono directo y emocional, no está dirigida a gobiernos ni cancillerías, sino a la sociedad iraní. En ella, Aisha Gaddafi establece un paralelismo explícito entre el destino de Libia tras 2011 y la presión política, económica y diplomática que enfrenta Irán en la actualidad, particularmente en torno a sanciones, negociaciones y seguridad estratégica.
Uno de los pasajes más contundentes del texto recuerda una conversación clave previa a la intervención militar en Libia:
“Una vez le dijeron a mi padre: ‘Si abandonas tus programas nucleares y misilísticos, las puertas del mundo se abrirán para ti’”.
En 2003, Libia anunció el abandono de sus programas de armas de destrucción masiva, un giro que fue celebrado por Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea como un ejemplo de “reintegración responsable” al orden internacional. El gobierno de Gaddafi normalizó relaciones, pagó compensaciones, permitió inspecciones internacionales y colaboró con agencias occidentales.
Sin embargo, ocho años después, en 2011, la OTAN lideró una intervención militar que culminó con el colapso del Estado libio, el derrocamiento violento del gobierno y la muerte de Muammar Gaddafi.
Para Aisha Gaddafi, esa secuencia constituye una traición histórica:
“Con buenas intenciones y confiando en el diálogo, eligió el camino de las concesiones. Pero al final vimos cómo las bombas de la OTAN transformaron nuestra tierra en escombros.”
Libia después de 2011: un Estado destruido
Desde la caída del régimen, Libia no ha logrado reconstruir un Estado funcional. El país quedó fragmentado entre milicias, gobiernos paralelos, intervención extranjera indirecta y redes de tráfico. La infraestructura colapsó, la pobreza se extendió y millones de libios quedaron desplazados o forzados al exilio.
Diversos informes internacionales coinciden en que la intervención occidental no logró estabilizar el país, y que la promesa de democracia y prosperidad fue reemplazada por una década de guerra civil, violencia crónica y desintegración institucional.
Ese es el núcleo del mensaje que Aisha Gaddafi intenta transmitir a Irán: no confiar en promesas que no están respaldadas por garantías reales de soberanía.
Quién es Aisha Gaddafi
Aisha Gaddafi, nacida en 1977, fue la única hija biológica de Muammar Gaddafi. Abogada de formación, llegó a desempeñarse como Embajadora de Buena Voluntad de Naciones Unidas, rol del que fue apartada tras el inicio del conflicto libio.
Durante la guerra de 2011, perdió a su esposo y a dos de sus hijos en bombardeos, un hecho que marcó profundamente su vida pública y privada. Tras la caída de Trípoli, se exilió y desde entonces ha mantenido un perfil bajo, reapareciendo ocasionalmente con declaraciones políticas, cartas abiertas y, más recientemente, actividades artísticas.
Su figura es controvertida, pero su voz sigue teniendo peso simbólico como testigo directo del colapso de Libia tras la intervención occidental.
Irán, sanciones y el espejo libio
En su carta, Aisha Gaddafi elogia la resiliencia del pueblo iraní frente a las sanciones y la guerra económica, y sostiene que la verdadera libertad nacional se prueba en la capacidad de resistir presiones externas.
Utiliza una metáfora contundente:
“Negociar con un lobo no salvará a las ovejas; solo fija la fecha para la próxima comida.”
También menciona a Cuba, Venezuela, Corea del Norte y Palestina como ejemplos de pueblos que, desde su perspectiva, se mantuvieron firmes frente a Occidente y conservaron su dignidad histórica, más allá del costo.
Una carta que reabre un debate global
Más allá de la figura de Aisha Gaddafi, la carta vuelve a poner sobre la mesa un debate incómodo para las potencias occidentales: ¿qué garantías reales existen para los Estados que renuncian a capacidades estratégicas bajo presión internacional?
Libia sigue siendo citada, quince años después, como el ejemplo paradigmático de un país que cedió… y fue destruido.
El mensaje de enero de 2026 no es solo un acto de memoria personal. Es una advertencia política que interpela a Irán, pero también al sistema internacional:
cuando la seguridad de un Estado depende exclusivamente de la buena fe de las potencias, la historia demuestra que esa fe puede ser letal.
“Oh pueblo de Irán, firme y amante de la libertad!
Les hablo con el corazón lleno de destrucción, dolor y traición.
La mía es la voz de una mujer que ha presenciado la devastación de su propio país,
no por mano de enemigos abiertos, sino después de haber sido atrapado por las sonrisas engañosas de Occidente y sus falsas promesas.
Les advierto que no caigan en las palabras ni en los eslóganes falsos de los imperialistas occidentales.
Una vez le dijeron a mi padre, el coronel Gaddafi: “Si abandonas tus programas nucleares y misilísticos, las puertas del mundo se abrirán para ti”.
Mi padre, con buenas intenciones y confiando en el diálogo, eligió el camino de las concesiones.
Pero al final vimos cómo las bombas de la OTAN transformaron nuestra tierra en escombros.
Libia fue ahogada en sangre y su gente quedó atrapada en la pobreza, en el exilio y en la destrucción.
Hermanos y hermanas iraníes, su valentía, su dignidad y su resiliencia frente a las sanciones y a la guerra económica son la prueba del honor y de la verdadera libertad de su nación.
Hacer concesiones al enemigo no trae más que destrucción, división y sufrimiento.
Negociar con un lobo no salvará a las ovejas, no traerá una paz duradera, solo fija la fecha para la próxima comida.
La historia ha demostrado que quienes se han mantenido firmes —de Cuba a Venezuela, de Corea del Norte a Palestina— han permanecido vivos en los corazones de los héroes del mundo y se han vuelto inmortales en la historia con honor.
Y quienes se rindieron fueron reducidos a cenizas, sus nombres olvidados.
¡Saludo al valiente pueblo iraní!
¡Saludo a la resistencia iraní!
¡Saludo a la solidaridad global con el pueblo palestino!
Con amor y compasión,
Aisha Gaddafi”




