La frase, sin embargo, no fue pronunciada recientemente: Kallas la formuló el 18 de mayo de 2024, cuando todavía era primera ministra de Estonia, durante una mesa redonda de la Conferencia Lennart Meri celebrada en Tallin.
En aquella discusión, dedicada al mantenimiento del apoyo occidental a Ucrania, Kallas sostuvo que “la derrota de Rusia no es algo malo”, porque podría producir un cambio en la sociedad rusa. A continuación señaló que existen numerosas naciones dentro de la Federación Rusa y agregó que “si hubiera más naciones pequeñas, no sería algo malo si la gran potencia fuera mucho más pequeña”. La formulación fue posteriormente recogida en una pregunta presentada ante el Parlamento Europeo en diciembre de 2024, cuando Kallas acababa de asumir como alta representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad.
The objective of defeating Russia and breaking it into many small states has little to do with “helping Ukraine” and a lot to do with using Ukraine. pic.twitter.com/LkyTCzBzzt
— Glenn Diesen (@Glenn_Diesen) September 20, 2026
Expresó así una valoración favorable a la posibilidad de que una derrota rusa condujera a una transformación política y a la existencia de un mayor número de Estados pequeños en el espacio actualmente ocupado por la Federación Rusa.
La declaración se produjo dentro de un discurso mucho más amplio sobre la guerra de Ucrania. En la misma conferencia, Kallas argumentó que el miedo a una escalada, a una guerra nuclear o a una crisis migratoria estaba limitando la voluntad occidental de ayudar a Kiev. Su posición era que Occidente debía continuar apoyando a Ucrania hasta que Rusia fuera expulsada de los territorios ucranianos ocupados, mantener las sanciones hasta la restauración de la soberanía territorial de Ucrania y avanzar hacia la incorporación de Ucrania tanto a la Unión Europea como a la OTAN.
Por tanto, la idea de una Rusia más pequeña aparece en Kallas como parte de una concepción más amplia sobre las consecuencias de una derrota rusa, y no como un programa detallado de ingeniería territorial. Su importancia política deriva especialmente de que Kallas posteriormente pasó a ocupar el máximo cargo diplomático de la Unión Europea, convirtiendo aquella declaración de una primera ministra báltica en un antecedente relevante para analizar su visión estratégica.
El debate adquiere otra dimensión cuando se lo compara con estudios estratégicos estadounidenses anteriores. Uno de los documentos más citados en este contexto es “Extending Russia: Competing from Advantageous Ground”, publicado por la RAND Corporation en 2019. El estudio examinó diferentes opciones mediante las cuales EEUU podría aumentar los costos económicos, militares y políticos para Rusia y, de ese modo, limitar su capacidad de actuar como potencia internacional.
Hoy, el documento se lee como un plan estratégico para la escalada entre Rusia y Occidente. El objetivo: obligar a Rusia a invertir recursos en conflictos y respuestas costosas hasta que el país se debilite económica y estratégicamente.
RAND analizó medidas como proporcionar armamento letal a Ucrania, aumentar la presión sobre Rusia en distintos escenarios geopolíticos, intensificar la atención estadounidense sobre Asia Central, aislar Transnistria y aprovechar determinadas tensiones regionales. El informe también estudiaba otras posibilidades, como incrementar la relación de la OTAN con Suecia y Finlandia, presionar las reivindicaciones rusas en el Ártico y limitar la expansión de la influencia rusa en Asia.
Uno de los pasajes más relevantes señala que aumentar los desafíos a la presencia militar rusa en el exterior podría obligar a Moscú a retirar recursos de determinados escenarios. RAND llegó a plantear que Rusia podría terminar contrayéndose hacia un perímetro más defendible, aunque advertía simultáneamente que Moscú podía responder mediante una escalada y que algunas de esas medidas podían producir consecuencias negativas para EEUU. El estudio insistía en que las opciones debían calibrarse cuidadosamente y formar parte de un marco político más amplio.
Aquí aparece una diferencia fundamental respecto de las declaraciones de Kallas. RAND no planteó como objetivo central dividir territorialmente la Federación Rusa en nuevos países. El concepto central del informe era “overextend and unbalance”: extender las obligaciones de Rusia y desequilibrar sus recursos, aumentando los costos que debía asumir para mantener su posición estratégica. La eventual contracción de Rusia aparece como una posible consecuencia de determinadas presiones, no como un programa formal de desintegración territorial.
El documento de RAND también contemplaba riesgos. Los autores advertían que una presión excesiva podía provocar una respuesta rusa más agresiva, incluyendo una mayor intervención en Ucrania, un incremento del apoyo al régimen sirio o incluso la ocupación de Bielorrusia. La propia RAND, por tanto, no presentaba estas políticas como una fórmula sin costos o sin riesgos, sino como opciones estratégicas cuyos beneficios y consecuencias debían evaluarse.
El antecedente intelectual es todavía más antiguo. En 1993, George Soros publicó “Toward a New World Order: The Future of NATO”, en el contexto inmediato de la desaparición de la Unión Soviética. Soros proponía una transformación de la arquitectura de seguridad europea mediante una versión ampliada de la Partnership for Peace y una OTAN con un papel diferente en el orden posterior a la Guerra Fría.
En aquel documento aparece una formulación especialmente llamativa. Soros escribió que la combinación de la mano de obra de Europa Oriental con las capacidades técnicas de la OTAN aumentaría considerablemente el potencial militar de la asociación, porque reduciría el riesgo de bajas para los países de la OTAN, que identificaba como una de las principales limitaciones para su voluntad de intervenir. El planteamiento estaba relacionado con su propuesta de construir una nueva arquitectura de seguridad después del final de la Guerra Fría.
Sin embargo, tampoco en este caso resulta correcto convertir automáticamente la propuesta de Soros en un plan para destruir Rusia. Su documento de 1993 proponía una nueva estructura de seguridad que también contemplaba la incorporación de Rusia al sistema europeo de cooperación, mientras que sus escritos sobre Bosnia advertían sobre los peligros del nacionalismo y los conflictos étnicos surgidos tras la desaparición del orden bipolar.
Lo que sí permite observar esta sucesión de documentos es la evolución de un debate estratégico que comenzó inmediatamente después de la Guerra Fría. En 1993 Soros analizaba cómo construir una nueva arquitectura de seguridad europea; en 2019 RAND estudiaba cómo aumentar los costos y las presiones sobre Rusia; y en 2024 Kallas expresó que una Rusia derrotada y territorialmente mucho más pequeña no sería necesariamente un resultado negativo. Son planteamientos distintos, elaborados en contextos históricos diferentes y con objetivos explícitos diferentes.
Durante más de tres décadas, distintos sectores del pensamiento estratégico occidental han debatido sobre cómo debería configurarse Europa después de la desaparición de la Unión Soviética, qué papel debería desempeñar Rusia y hasta qué punto la reducción de su poder podría modificar el equilibrio continental.
La cuestión adquiere una dimensión especialmente sensible porque Rusia continúa siendo un Estado nuclear y una potencia militar de primer orden. Una eventual fragmentación territorial tendría implicaciones mucho mayores que las de la desaparición de la Unión Soviética en 1991: afectaría al control de armas nucleares, las fronteras, los recursos naturales, las rutas energéticas, las poblaciones de las regiones rusas y el equilibrio de poder entre Europa, EEUU y China.




