Gabbard delineó evaluaciones en curso de la comunidad de inteligencia de EEUU, diciéndole a Trump que matar al líder supremo de Irán probablemente daría paso a un régimen más intransigente abierto a adquirir armas nucleares, mientras que el CGRI se apresuraría a cerrar el Estrecho de Ormuz, desestabilizando el mercado energético global, e golpearía a las fuerzas de EEUU y a sus socios en todo el Medio Oriente.
La revelación, publicada por The Wall Street Journal el 25 de agosto de 2026, permite reconstruir con mayor claridad las dudas que existían dentro de la Administración Trump antes del comienzo de la guerra, el 28 de febrero. Según personas familiarizadas con aquella reunión, Trump quería saber si un ataque militar de gran escala podía realmente «funcionar» y si existía una posibilidad razonable de que terminara con el régimen iraní.
La pregunta adquiría especial importancia porque, en ese momento, Irán era considerado por Washington e Israel como especialmente vulnerable. Su economía estaba debilitada, su estructura militar había sufrido daños importantes durante las operaciones anteriores y su capacidad regional había sido reducida. Desde la perspectiva de los sectores más favorables a una intervención, esa situación podía representar una oportunidad excepcional para infligir un golpe decisivo al Estado iraní y eliminar definitivamente su capacidad de desarrollar armas nucleares.
Sin embargo, la evaluación de inteligencia presentada a Trump era considerablemente más cautelosa. Gabbard habría advertido que eliminar al líder supremo iraní no necesariamente conduciría a la desaparición de la República Islámica. Por el contrario, la muerte de la máxima autoridad podía provocar la llegada al poder de una dirigencia todavía más radical y acelerar la voluntad de Teherán de obtener un arma nuclear como mecanismo de supervivencia.
La advertencia tenía una lógica estratégica. La República Islámica no depende exclusivamente del ayatolá que ocupa el cargo de líder supremo. Existe una estructura política, militar y de seguridad mucho más amplia, encabezada especialmente por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. Por ello, eliminar a la cúpula política no significaba necesariamente destruir el sistema que sostenía al régimen. En determinadas circunstancias, un ataque extranjero podía incluso provocar que sectores de la población iraní cerraran filas alrededor del Estado frente a lo que percibieran como una agresión externa.
Otro de los riesgos señalados por Gabbard estaba relacionado con el Estrecho de Ormuz, una de las principales rutas mundiales para el transporte de petróleo. Según la reconstrucción del Wall Street Journal, la directora de Inteligencia Nacional advirtió que una guerra podía llevar a Teherán a intentar cerrar o bloquear el estrecho, provocando una perturbación considerable en los mercados energéticos internacionales. Al mismo tiempo, Irán podía responder atacando a las fuerzas estadounidenses y a sus aliados desplegados en Oriente Medio.
Esto significaba que una operación concebida inicialmente como una campaña para destruir las capacidades militares iraníes podía convertirse rápidamente en un conflicto regional. EEUU posee numerosas bases y efectivos en Oriente Medio, mientras que Irán dispone de misiles, drones, fuerzas navales y organizaciones aliadas capaces de atacar objetivos estadounidenses e israelíes en diferentes países de la región.
Las advertencias de Gabbard no eran, además, una posición aislada. De acuerdo con la reconstrucción del WSJ, altos mandos militares también habían advertido a Trump sobre los costes potenciales de una guerra prolongada, incluyendo las bajas estadounidenses, el consumo de municiones y los problemas de preparación de unas fuerzas armadas que ya debían responder simultáneamente a otros compromisos estratégicos. El vicepresidente JD Vance también se encontraba entre los miembros de la administración que defendían una aproximación más prudente.
La cuestión nuclear constituía otro de los puntos de fricción. Gabbard había mantenido anteriormente que la inteligencia estadounidense no había determinado que Irán estuviera construyendo activamente un arma nuclear. Esa evaluación chocaba con la visión mucho más alarmista de Trump, quien sostenía que Teherán estaba desarrollando capacidades que eventualmente podrían amenazar a EEUU y a sus aliados. Apenas dos días antes del inicio de la guerra, Trump afirmó que Irán estaba desarrollando misiles capaces de amenazar Europa y bases estadounidenses en el extranjero y que estaba trabajando en sistemas que eventualmente podrían alcanzar territorio estadounidense.
La diferencia entre ambas posiciones era fundamental. Para Trump, el peligro podía justificar una acción preventiva antes de que Irán alcanzara una capacidad nuclear irreversible. Para la comunidad de inteligencia, en cambio, una operación militar podía crear precisamente los incentivos que EEUU intentaba evitar: si el régimen llegaba a la conclusión de que solamente un arsenal nuclear podía garantizar su supervivencia, una guerra podría acelerar la búsqueda de esa capacidad.
Finalmente, Trump decidió atacar creyendo que Irán era lo suficientemente débil como para abrumarlo rápidamente. Dijo que la guerra podría terminar en seis semanas. La ofensiva estadounidense e israelí comenzó el 28 de febrero de 2026 y recibió por parte de Washington el nombre de Operation Epic Fury. La campaña golpeó instalaciones militares, estructuras de mando, capacidades misilísticas y otros objetivos estratégicos iraníes. La operación también eliminó a importantes dirigentes iraníes, incluido el líder supremo Ali Khamenei.
Pero los acontecimientos posteriores dieron especial relevancia a las advertencias que habían sido planteadas antes de la guerra. El 18 de marzo, pocas semanas después del inicio de las operaciones, Gabbard compareció ante el Comité de Inteligencia del Senado y afirmó que el régimen iraní seguía intacto, aunque había sido gravemente degradado por la operación militar.
La evolución posterior fue todavía más significativa. La muerte de Ali Khamenei no produjo el colapso de la República Islámica. Su hijo, Mojtaba Khamenei, terminó asumiendo el cargo de líder supremo y, durante los meses siguientes, comenzó a reorganizar las principales estructuras de seguridad iraníes alrededor de figuras consideradas de línea dura. Para agosto, el Wall Street Journal describía el nuevo liderazgo como una estructura que mantenía una posición particularmente firme frente a Washington.
En otras palabras, uno de los escenarios que Gabbard había advertido antes de la guerra terminó adquiriendo una dimensión real: la eliminación de la máxima autoridad iraní no provocó automáticamente el cambio de régimen, sino una sucesión dentro del propio sistema. La República Islámica sobrevivió a la destrucción de buena parte de su antigua cúpula y continuó funcionando bajo una nueva dirección.
También se materializó otro de los riesgos señalados antes de la guerra: la cuestión del Estrecho de Ormuz. La confrontación se prolongó durante meses y el control de esa estratégica vía marítima terminó convirtiéndose en uno de los principales puntos de disputa entre Washington y Teherán. Para agosto, la crisis seguía sin una resolución definitiva y EEUU había recurrido nuevamente a una combinación de presión económica, sanciones y bloqueo para intentar forzar a Irán a aceptar sus condiciones.
La importancia de aquella conversación en la Oficina Oval reside precisamente en esta diferencia entre victoria militar y victoria política. EEUU podía tener la capacidad de destruir instalaciones, eliminar dirigentes y degradar severamente las fuerzas armadas iraníes. Pero ninguna de esas acciones garantizaba que la República Islámica desapareciera.
La experiencia también recuerda uno de los principales problemas de las intervenciones estadounidenses de las últimas décadas: derribar a un gobierno es relativamente sencillo cuando existe una enorme superioridad militar; construir el orden político que debe reemplazarlo es una cuestión completamente diferente. Irak en 2003 constituye el ejemplo más evidente. La eliminación de Saddam Hussein fue rápida, pero la posterior reconstrucción política produjo una prolongada insurgencia, enfrentamientos internos y una presencia estadounidense que terminó extendiéndose durante años.
En el caso iraní, el desafío era todavía mayor debido al tamaño del país, su población, su identidad nacional, la profundidad institucional de la República Islámica y el peso de la Guardia Revolucionaria. Por eso, la pregunta que Trump planteó a Gabbard antes de ordenar la guerra resulta retrospectivamente mucho más significativa: no se trataba simplemente de saber si EEUU podía derrotar militarmente a Irán, sino de saber si podía convertir esa derrota militar en el colapso político de la República Islámica.
Ahora, seis semanas se convirtieron en seis meses, y algunas de esas advertencias envejecieron un poco demasiado bien.




