Después de Irán, Gaza y el frente libanés, Israel debería prepararse para una posible confrontación con Turquía y Egipto. Sus declaraciones adquieren una relevancia especial porque se producen mientras la relación entre Israel y Turquía atraviesa uno de sus momentos más delicados de las últimas décadas y, al mismo tiempo, Pollard acaba de incorporarse a la carrera electoral para la Knéset.
Pollard anunció el 23 de agosto que se presentará a las elecciones legislativas israelíes dentro del llamado Israel First, la formación encabezada por la exviceministra de Relaciones Exteriores Sharren Haskel. El anuncio fue realizado junto al Muro Occidental y presentado como parte de una plataforma orientada a reforzar la seguridad nacional y preservar lo que sus dirigentes consideran los intereses fundamentales del Estado de Israel. Su incorporación convierte a Pollard, cuya figura continúa siendo profundamente controvertida en EEUU e Israel, en uno de los nombres más llamativos de la campaña electoral de 2026.
La trayectoria personal de Pollard explica en buena medida por qué sus declaraciones reciben tanta atención. Nacido en EEUU, trabajó como analista civil de inteligencia de la Marina estadounidense y fue detenido en 1985 después de proporcionar a Israel grandes cantidades de información clasificada. Fue condenado a cadena perpetua y permaneció aproximadamente 30 años encarcelado antes de ser liberado en 2015. Posteriormente se trasladó a Israel y recibió la ciudadanía israelí. Su caso se convirtió durante décadas en uno de los episodios más sensibles de las relaciones entre Washington y Tel Aviv, precisamente porque puso de manifiesto hasta qué punto la cooperación entre ambos países podía llegar a producirse incluso al margen de los canales oficiales.
Ahora Pollard sostiene que Israel debe pensar más allá de la guerra contra Irán y de los conflictos que durante años dominaron su estrategia de seguridad. En declaraciones realizadas en un podcast de Arutz Sheva, afirmó que Israel debería prepararse para una próxima guerra que, según su estimación, podría involucrar a Turquía y Egipto. Su advertencia estuvo acompañada por una frase particularmente dramática: «la tormenta viene». Diversos medios regionales reprodujeron sus declaraciones y las interpretaron como una advertencia sobre una posible transformación del sistema estratégico de Oriente Medio.
Sin embargo, es importante establecer una diferencia fundamental: Pollard no está hablando actualmente como representante del Mossad, de las Fuerzas de Defensa de Israel ni del Gobierno israelí. Se trata de un candidato político que expresa su propia visión estratégica. Por lo tanto, sus declaraciones no pueden interpretarse automáticamente como una filtración de planes militares israelíes ni como confirmación de que Tel Aviv esté preparando una guerra contra Ankara o El Cairo. Su importancia reside más bien en que reflejan una corriente de pensamiento existente dentro de determinados sectores de la llamada derecha y del establishment estratégico israelí: la idea de que el equilibrio regional está cambiando y que Turquía podría convertirse en un adversario de una magnitud comparable, en ciertos escenarios, a la que representa Irán.
Y aquí es donde sus declaraciones coinciden con acontecimientos concretos. Durante los últimos días, Israel y Turquía han protagonizado una escalada particularmente significativa alrededor de Siria. El 18 de agosto, la Fuerza Aérea israelí atacó la base aérea de Abu al-Duhur, en la provincia siria de Idlib. Israel sostuvo que había actuado para impedir el establecimiento de una presencia militar turca en el lugar. Turquía rechazó las acusaciones y calificó de infundadas las afirmaciones israelíes sobre un despliegue turco. El ataque dañó las instalaciones y las pistas, pero no provocó víctimas.
El episodio resulta especialmente significativo porque Abu al-Duhur se encuentra en una zona situada relativamente cerca de la frontera turca y constituye uno de los puntos en los que la creciente influencia de Ankara sobre la nueva Siria puede entrar en contacto directo con los intereses de seguridad israelíes. Según funcionarios sirios citados por medios internacionales, una delegación turca había visitado la instalación poco antes del ataque. Israel interpretó esa actividad como parte de una posible expansión de la presencia militar turca en territorio sirio, mientras que Damasco sostuvo que no existía ningún proyecto para establecer allí una base turca permanente.
La reacción israelí fue particularmente dura. Benjamin Netanyahu afirmó que Israel no toleraría que la presencia militar turca se extendiera hacia el sur de Siria porque consideraba que semejante movimiento constituiría una amenaza para la seguridad israelí. El Ministro de Defensa, Israel Katz, sostuvo que Israel había advertido previamente a las autoridades sirias sobre la cuestión antes de autorizar el ataque. Ankara, por su parte, condenó la acción y rechazó las acusaciones israelíes.
El incidente llegó a preocupar incluso a Washington. El enviado especial estadounidense para Siria, Tom Barrack, calificó el ataque de una escalada innecesaria y comenzó a trabajar en un mecanismo de desconflicción entre Israel, Turquía y Siria. Barrack llegó a sugerir que la acción israelí podía haber incrementado deliberadamente el riesgo de una confrontación con Ankara, una acusación que el Gobierno israelí rechazó categóricamente.
La razón por la que Turquía genera tanta preocupación en Israel está relacionada con la transformación del mapa de poder sirio después de la caída de Bashar al-Assad en diciembre de 2024. Ankara se convirtió en uno de los principales actores externos con capacidad para influir sobre la nueva Siria. Turquía ha colaborado en la reconstrucción de las instituciones militares sirias, proporciona entrenamiento y asistencia y mantiene una presencia significativa en el norte del país. Para Israel, esto plantea una pregunta estratégica: ¿Qué ocurriría si Siria vuelve a convertirse en una plataforma militar, pero esta vez bajo una fuerte influencia turca?.
La transformación de Siria, la retirada militar de EEUU del norte del país, las reestructuración del ejército sirio y las dudas sobre la posición que tomaría el actual gobernante Ahmed Husseín al-Sharaa, están creando un vacío de poder donde Turquía aparece como una de las potencias mejor posicionadas para ocupar parte de ese espacio con su influencia histórica. Egipto, por su posición geográfica y su peso militar, continúa siendo indispensable para cualquier equilibrio regional. Arabia Saudita, Qatar y otros actores también intentan definir el nuevo orden.
La preocupación israelí no consiste únicamente en que Turquía pueda establecer una base militar. El problema es mucho más profundo. Israel intenta mantener libertad de acción sobre el espacio aéreo sirio, impedir la transferencia de armamento estratégico y evitar que aparezcan nuevas fuerzas militares consideradas hostiles cerca de sus fronteras. Turquía, en cambio, pretende consolidar su influencia sobre Siria y contribuir a la reconstrucción de sus fuerzas armadas. Ambas estrategias pueden terminar chocando aunque ninguno de los dos países desee inicialmente una guerra abierta.
Por eso la cuestión siria puede convertirse en el verdadero punto de fricción entre Ankara y Tel Aviv. En lugar de una guerra convencional iniciada deliberadamente por alguno de los dos gobiernos, podría producirse una escalada progresiva: un ataque israelí contra infraestructura siria apoyada por Turquía, una respuesta turca indirecta, nuevos ataques israelíes, incidentes aéreos o enfrentamientos entre fuerzas desplegadas en Siria. El riesgo más peligroso sería que una confrontación originalmente limitada terminara involucrando directamente a las fuerzas armadas turcas e israelíes.
Turquía, además, posee características que hacen que Israel la considere un adversario potencialmente mucho más complicado que las organizaciones armadas que enfrentó durante los últimos años. Es una gran potencia militar regional, miembro de la OTAN, posee una importante industria de defensa, una fuerza aérea considerable, una marina en expansión y una industria de drones que se ha convertido en una de las más importantes del mundo. A diferencia de Irán, Turquía no se encuentra a miles de kilómetros de Israel: su influencia puede proyectarse directamente sobre Siria y el Mediterráneo oriental.
Existe además un elemento geopolítico particularmente delicado: Turquía es miembro de la OTAN y mantiene una relación estratégica con EEUU. Una guerra abierta entre Israel y Turquía colocaría a Washington en una posición extraordinariamente difícil. EEUU tendría que intentar impedir que dos países con los que mantiene relaciones estratégicas terminaran enfrentándose militarmente. Precisamente por eso la Administración estadounidense está intentando establecer mecanismos de comunicación y desconflicción antes de que los incidentes en Siria puedan transformarse en una crisis mayor.
El caso de Egipto es diferente. El país mantiene desde 1979 un tratado de paz con Israel y durante décadas ambos Estados han desarrollado mecanismos de coordinación militar y de inteligencia. Por eso colocar a Egipto en la misma categoría que Turquía sería una simplificación. La advertencia de Pollard no significa que exista actualmente una alianza egipcia-turca destinada a atacar Israel ni que El Cairo esté preparando una guerra.
Pero Egipto posee una importancia estratégica extraordinaria para Israel. Controla el lado egipcio de la frontera con Gaza, tiene una enorme influencia sobre cualquier acuerdo relacionado con el futuro del territorio palestino y considera que cualquier desplazamiento masivo de palestinos hacia el Sinaí podría constituir una amenaza directa para su seguridad nacional. La guerra de Gaza ha convertido nuevamente esa frontera en uno de los puntos más sensibles del Oriente Medio.
Además, Egipto es una de las principales potencias militares árabes. Posee una fuerza aérea numerosa, una importante flota, fuerzas terrestres de grandes dimensiones y una posición geográfica privilegiada entre el Mediterráneo, el Mar Rojo y el norte de África. Su creciente cooperación con Turquía también está siendo observada cuidadosamente en Israel.
El movimiento militar egipcio más llamativo ocurrió este mismo mes de agosto: el día 22 comenzó el ejercicio aéreo conjunto “Eagles of Civilization 2026” entre Egipto y China. Participan cazas de ambos países y las maniobras se desarrollan durante varios días en distintas bases de la Fuerza Aérea egipcia. El entrenamiento incluye salidas aéreas conjuntas, planificación y conducción de operaciones aéreas y procedimientos de combate.
China está empleando cazas J-16 junto a los Rafale egipcios. Esto tiene cierta importancia porque el J-16 es un avión de combate pesado y sofisticado derivado de la familia Su-27/Su-30, mientras que Egipto opera una fuerza aérea bastante diversificada, con Rafale franceses, F-16 estadounidenses y otros sistemas. La presencia de J-16 chinos permite a la Fuerza Aérea egipcia entrenarse con una plataforma y una doctrina diferentes de las occidentales.
Anteriormente en julio, Egipto participó junto con Turquía y Azerbaiyán en el ejercicio aéreo “Anatolian Eagle 2026”, realizado en Turquía. Las maniobras incluyeron operaciones ofensivas contra objetivos simulados, defensa de instalaciones, interceptación de drones, reabastecimiento aéreo y apoyo aéreo cercano. También participó un avión de alerta temprana y control aerotransportado de la OTAN. El ejercicio terminó el 8 de julio.
Ese mismo día, el 8 de julio, Egipto y Turquía realizaron además el ejercicio militar “Golden Eagle”, con participación de las fuerzas aerotransportadas, unidades de comandos y fuerzas especiales de ambos países. El objetivo declarado era mejorar la interoperabilidad y compartir experiencia táctica.
Julio además vio un hecho militar llamativo para Egipto, porque se produjo la inauguración/desarrollo del nuevo Comando Estratégico Estatal en la Nueva Capital Administrativa, conocido popularmente como “The Octagon”, destinado a centralizar las capacidades de mando y control estratégico del Estado egipcio. Su construcción formó parte de una iniciativa mucho mayor de trasladar todas las oficinas gubernamentales a la Nueva Capital, al este de Nuevo Cairo, en El Cairo.

Compuesto por ocho edificios exteriores en forma de octágono, que representan así las ocho ramas de las Fuerzas Armadas egipcias. La entidad en su conjunto consta de 10 edificios, ocho de los cuales son exteriores y dos interiores. Cada edificio tiene ocho caras conectadas entre sí, con corredores que conectan con el corazón de la estructura conocido como el «edificio principal», que se encuentra en el centro. Mientras que hay dos edificios ministeriales centrales ubicados en el centro de la estructura octogonal, ambos conectados entre sí y con el resto de los ocho edificios exteriores por corredores longitudinales.
El 13 de agosto, las Fuerzas Armadas egipcias realizaron un importante ejercicio de puesto de mando estratégico dentro del área de responsabilidad del Segundo Ejército de Campaña (asociado fundamentalmente al noreste de Egipto y al eje del Canal de Suez/Sinaí). Participaron el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, el jefe del Estado Mayor y los comandantes de las principales ramas militares. El ejercicio duró varios días y se centró en planificación, toma de decisiones, coordinación entre diferentes especialidades y respuesta a situaciones operacionales cambiantes.
Por si fuera poco, Egipto además es miembro pleno del grupo BRICS desde el 1 de enero de 2024, lo que busca potenciar su economía, diversificar su comercio y atraer nuevas inversiones. El Cairo está pasando de una dependencia relativamente fuerte de Washington a una política de diversificación estratégica y “hedging”, aprovechando el orden multipolar para relacionarse simultáneamente con EEUU, China, Rusia, India, Turquía y las monarquías del Golfo.
El camino de Egipto en la actualidad dista bastante respecto a lo que fue con el predecesor de Abdelfatah el-Sisi, Hosni Mubarak, que durante los casi 30 años, desde 1981 hasta 2011, había hecho de Egipto uno de los pilares de la arquitectura regional construida por EEUU. Washington consideraba a Mubarak un socio fundamental para la estabilidad regional y, sobre todo, un garante del tratado de paz egipcio-israelí. La asistencia estadounidense —incluidos unos 1.300 millones de dólares anuales de financiación militar— se convirtió en uno de los pilares de la relación.
Cuando Donald Trump propuso en 2025 trasladar a más de dos millones de palestinos fuera de Gaza, Sisi rechazó la idea y llegó a indicar que no acudiría a Washington si el desplazamiento de palestinos era el objetivo de las conversaciones. Pese a los profundos vínculos militares y financieros entre Washington y El Cairo, Sisi priorizó en ese caso los intereses de seguridad nacional egipcios.
El Congressional Research Service señala que la política exterior egipcia bajo Sisi ha sido más activa que durante los últimos años de Mubarak y que El Cairo ha buscado desempeñar un papel mayor en el Mediterráneo oriental y el Mar Rojo. Además que destaca precisamente la modernización naval y la búsqueda egipcia de mayor capacidad para proyectar poder en sus áreas estratégicas.
Turquía y Egipto están dejando atrás parcialmente la rivalidad que caracterizó sus relaciones durante determinados períodos de la última década y están desarrollando una cooperación mucho mayor. Esa aproximación modifica las posibilidades estratégicas de Oriente Medio porque conecta dos de las principales potencias militares de la región.
Turquía también ha dicho recientemente que el nuevo acuerdo de defensa con Arabia Saudita y Pakistán está abierto a la incorporación de Egipto. El pacto contempla mecanismos de coordinación militar de alto nivel, ejercicios conjuntos, cooperación en defensa aérea, drones, guerra electrónica, inteligencia artificial y desarrollo conjunto de armamento.
Sin embargo, existe una paradoja. Mientras Pollard advierte sobre la posibilidad de que Turquía y Egipto terminen formando parte de un mismo desafío estratégico para Israel, algunos estrategas israelíes están contemplando precisamente lo contrario: utilizar una relación más estrecha con Egipto para equilibrar la creciente influencia turca. Es decir, para ciertos sectores israelíes, Egipto podría ser potencialmente un contrapeso frente a Turquía antes que un enemigo.
Esta contradicción resulta esencial para comprender el verdadero escenario. No existe todavía un bloque militar «Turquía-Egipto» enfrentado a Israel. Lo que existe es una región en la que las alianzas están cambiando rápidamente y en la que antiguos rivales pueden convertirse en socios circunstanciales mientras antiguos socios desarrollan intereses divergentes.
La visión de Pollard, y también de parte de los actuales ostentadores del poder en el país, parece partir de la premisa de que Israel debe prepararse para un mundo en el que no pueda depender indefinidamente de EEUU para garantizar su seguridad. Su propia historia hace que esta posición tenga una particular carga simbólica: el hombre que pasó décadas encarcelado por entregar secretos estadounidenses a Israel está ahora defendiendo una política israelí más autónoma y menos dependiente de Washington.
La llegada de Pollard a Israel First también debe analizarse en el contexto de las elecciones legislativas previstas para el 27 de octubre próximo. La formación de Sharren Haskel todavía tiene que superar importantes obstáculos para convertirse en una fuerza parlamentaria relevante, por lo que la entrada de una figura tan conocida como Pollard constituye tanto una apuesta electoral como una declaración ideológica.




