La reciente declaración de la Conferencia de Obispos Católicos de China (una estructura creada por el Estado comunista y subordinada al Partido Comunista Chino) que respalda la exclusión del clero “clandestino” no es simplemente un acto administrativo más; en verdad estamos frente a un síntoma evidente de la perversa lógica modernista que contamina hoy a tantas jerarquías que han abandonado la fe tradicional para someterla a criterios meramente políticos y legales.
San Pío X enseñó con una claridad inquebrantable que el modernismo es la síntesis de todas las herejías, una corriente que adapta la Iglesia a las modas de la época, disuelve en el relativismo los dogmas eternos y fuerza a la fe a acomodarse a los valores del mundo. Es esta corriente la que ha corrompido la visión de lo que debe ser la Iglesia; el Cuerpo místico fiel a la Tradición y subordinado sólo a Dios ahora se halla en subordinación al poder político que en otora fuera condenado por la misma Iglesia.
Para poner en contexto conviene ir a la fuente. “Pero hay que reconocer que existe cierta ambigüedad, pues la mayoría de los obispos chinos «oficiales», miembros de la APCC, han sido reconocidos por Roma desde el acuerdo sino-vaticano firmado por primera vez en 2018. Y son precisamente ellos quienes forman parte de esta Conferencia. En cambio, no pertenecen a ella los llamados obispos «clandestinos», que se niegan a adherirse a la APCC. Los obispos de la CCC están totalmente subordinados al Gobierno chino y al PCCh. Recientemente han publicado un documento que constituye una forma indirecta de excluir al clero clandestino y de negarle todo derecho y toda posibilidad de ejercer cualquier tipo de apostolado. Es también un modo de poner completamente a la Iglesia china en manos de los comunistas. Esta declaración, fechada el 4 de febrero de 2026, expresa su apoyo explícito al reglamento gubernamental sobre asuntos religiosos, un documento que prohíbe el ejercicio del ministerio pastoral a los clérigos no registrados ante el Estado y prohíbe asimismo las actividades religiosas en lugares no autorizados. El principio central es la afirmación de que las prácticas religiosas «afectan a los intereses vitales de la población religiosa y de diversos sectores de la sociedad, al tiempo que inciden también en los intereses nacionales y públicos» del país. Por ello deben ejercerse «conforme a la ley». En consecuencia, promueven el Reglamento sobre Asuntos Religiosos, que entró en vigor el 1 de septiembre de 2023 y consta de 76 artículos, destacando algunos de ellos con el fin de preservar los «intereses vitales» de los creyentes… Reglamento que ha sufrido posteriormente algunas modificaciones. El artículo 40 del Reglamento trata de los lugares de culto y establece que las actividades religiosas deben desarrollarse normalmente en lugares de culto oficialmente registrados y ser presididas por personal religioso autorizado que cumpla los requisitos fijados por el Estado. La CCC intenta justificar estas exigencias de una manera que podría resultar irónica si el asunto no fuera tan grave. Así, el culto debe celebrarse exclusivamente en lugares registrados y ser dirigido por miembros del clero certificados e inscritos en el registro nacional: «Ninguna otra persona puede presidir actividades religiosas», afirma el documento, excluyendo de este modo al clero no registrado. Los obispos justifican esta normativa subrayando que los lugares registrados están habilitados para acoger a un gran número de participantes; que cuentan con personal religioso certificado; que disponen de organismos de gestión; y que garantizan la seguridad en materia de orden público, prevención de incendios y control de epidemias. Señalan además que la gestión religiosa está estrechamente vinculada a las preocupaciones más amplias del Estado en materia de seguridad y estabilidad social.”[1]
Lo que acaba de hacer la jerarquía oficial en China en cuanto apoyar las leyes estatales que prohíben el ministerio pastoral de los sacerdotes no registrados y que limitan las actividades religiosas a lugares autorizados, es un acto servil de sometimiento al Leviatán político. Esta declaración justifica que el ejercicio del sacerdocio dependa primero de la aprobación del Estado antes que de la fidelidad a la Iglesia, lo que equivale a una renuncia tácita al principio fundamental de la libertad religiosa.
San Pío X nos advirtió que el modernismo busca confundir la fe con el espíritu del mundo, y eso es justamente lo que ocurre cuando un episcopado se convierte en una filial más del poder secular. Si las normas civiles pueden definir quién es clérigo válido y quién no, entonces la Iglesia deja de ser Iglesia para convertirse en gestor de un culto domesticado por la burocracia.
A todas luces es más una batalla espiritual que cultural, es la tensión constante entre la Iglesia militante y la Iglesia sometida. Los sacerdotes que se niegan a registrarse ante el Estado y que continúan su misión sin la tutela del Partido comunista representan la fidelidad a la autoridad divina; los obispos que firman su adhesión a reglamentos estatales representan, en cambio, la peligrosa lógica modernista de reconocer lo presente y adaptarse a él» aunque aquello contradiga la naturaleza misma del sacerdocio.
A causa de la mundanización de lo divino, la Iglesia empieza a transformarse en una administración religiosa que debe ser conforme a la ley del régimen político. San Pío X combatió esta herejía en su tiempo porque destruye la unidad de la Iglesia, confunde la jurisdicción espiritual con el poder temporal y socava la primacía de Dios sobre las estructuras humanas.
La gravedad de esta situación radica en que no es un fenómeno aislado, sino que refleja cómo las jerarquías actuales, influenciadas por el espíritu del mundo, terminan validando estructuras de poder que ponen a la Iglesia en manos de ideologías contrarias al Evangelio.
[1] Fuente: https://fsspx.news/es/news/china-el-clero-oficial-aprueba-la-exclusion-del-clero-clandestino-57202




