Los padres pagan sumas considerables por servicios de cribado y selección de embriones que predicen rasgos como el coeficiente intelectual y la estatura, y algunos lo consideran una «aceleración de la evolución». Esta práctica enfrenta críticas de expertos en genética y ética, quienes advierten sobre posibles peligros, consecuencias imprevistas y la exacerbación de la desigualdad social.
Según informes de fuentes como WSJ, MIT Tech Review y Daily Mail, los multimillonarios clave incluyen:
– Sam Altman (CEO de OpenAI): respaldó a Preventive y recaudó 30 millones de dólares para la edición de genes de embriones con el fin de prevenir enfermedades.
– Brian Armstrong (CEO de Coinbase): invirtió en Preventive con objetivos similares.
– Peter Thiel (fundador de PayPal): apoya a Nucleus Genomics para la detección genética de embriones en busca de rasgos como la inteligencia.
Una empresa que provee servicios polémicos es Orchid Health, una startup que ofrece análisis exhaustivos del genoma embrionario para detectar enfermedades genéticas y otros posibles rasgos. Por unos 2.500 USD por embrión, permiten a futuros padres comparar embriones según factores genéticos. Una parte significativa de su clientela proviene del entorno tecnológico y de élite en Silicon Valley.
Otros proyectos más extremos que reabren la ingeniería embrionaria financiadas por figuras como Sam Altman (OpenAI) y Brian Armstrong (Coinbase) estarían explorando la edición genética en embriones humanos, no solo para prevenir enfermedades, sino con la intención de mejorar rasgos.
Este proyecto —de una startup llamada Preventive— ha sido descrito por críticos como una forma de “eugenesia corporativa”: intervención en la línea germinal que cambiaría permanentemente DNA transmitido a futuras generaciones.
El debate ético es intenso porque la tecnología de edición germinal (como CRISPR) todavía está prohibida en muchos países en uso reproductivo humano debido a riesgos desconocidos y posibles efectos transgeneracionales.
Aunque estos movimientos generan interés económico y cultural, gran parte de la comunidad científica y de bioética alerta sobre los riesgos, entre ellos, consecuencias impredecibles para la salud de los descendientes al alterar genes en embriones, desigualdad social y “brechas genéticas”, donde solo las familias más ricas podrían permitirse acceso a mejoras biológicas o el riesgo de que surja una clase socio-genética separada por acceso a estas tecnologías.
Este tipo de preocupaciones recuerdan episodios como el de He Jiankui, el científico chino que en 2018 intentó crear bebés con genes modificados y fue condenado por violar leyes y ética biomédica internacionales.
La discusión en torno a la posibilidad de “acelerar la evolución” humana mediante tecnología genética suele simplificarse en el debate público, pero en la práctica existen diferencias sustanciales entre los procedimientos actualmente disponibles y los escenarios más extremos que algunos imaginan.
Por un lado, se encuentra la selección genética y el cribado de embriones, una tecnología que ya se utiliza en clínicas de fertilidad. Este método no implica modificar el ADN, sino analizar los embriones generados por fecundación in vitro para identificar riesgos de enfermedades hereditarias u otras condiciones médicas. En ese contexto, los padres pueden elegir implantar el embrión con menor probabilidad de desarrollar determinadas patologías. Para algunos sectores —especialmente dentro de entornos tecnológicos y de alto poder adquisitivo— este proceso es visto como un primer paso hacia una posible “optimización humana”, aunque desde el punto de vista técnico se trata de selección, no de diseño.
En un segundo nivel, mucho más controvertido, aparece la edición directa del ADN en embriones humanos. Aquí ya no se trata de elegir entre variantes existentes, sino de modificar genes antes del nacimiento, alterando potencialmente la línea germinal que se transmitirá a futuras generaciones. Este tipo de intervención está restringido o directamente prohibido en numerosos países debido a los riesgos científicos y a los dilemas éticos que plantea. La posibilidad de efectos secundarios imprevistos, mutaciones no deseadas o consecuencias transgeneracionales mantiene a buena parte de la comunidad científica en una posición de cautela.
En ese marco, tanto investigadores como reguladores advierten que hablar de “acelerar la evolución” es, por ahora, una simplificación excesiva. La evolución biológica es un proceso complejo, influido por múltiples factores genéticos, ambientales y sociales. Rasgos como la inteligencia, el comportamiento o la personalidad no dependen de un único gen, sino de interacciones poligénicas todavía lejos de comprenderse por completo.
En consecuencia, más que ante una revolución evolutiva inminente, el debate actual gira en torno a hasta dónde debería permitirse llegar a la tecnología antes de que sus implicancias sociales y éticas superen a sus beneficios médicos.




