La demografía se ha vuelto un síntoma de estos tiempos; tal como expresa el informe del INSEE[1], no es solo un mero recuento de ciudadanos. Estamos observando la radiografía de una sociedad que se inclina hacia la “deshabitación” y la inmigración sustitutiva, donde religiones en otora enemigas de la cristiandad ahora se hacen con el suelo europeo. La caída de la natalidad, la disminución de la población y el envejecimiento son ecos de una era que ha perdido la fecundidad, tal como si de la película “los hijos del hombre” se tratara.
Es lógico que esto suceda en naciones donde los individuos explotados por sí mismos, optimizados hasta la extenuación y ya sin un proyecto vital trascendental, como lo son la Fe y la Familia. En ese paisaje, el deseo de procrear se encuentra como una tarea más dentro de una lógica productiva que exige cálculo, previsión y eficacia. Tener hijos ya no es un hecho vital fundamental que obedece a un mandato divino; el tener hijos ahora se convierte en una inversión sujeta a análisis de riesgo. El futuro europeo depende de sujetos que ven los hijos como un presupuesto.
Francia, que era la Capital de la Caridad (al igual que España de la Esperanza y Roma de la Fe), es en este tiempo una nación vacía en sentido interior. Ciertamente decrece la tasa de natalidad, pero también se erosionan las formas comunitarias que sostenían la presencia del otro, más cuando vemos los ataques que ha sufrido la Iglesia en Francia. La sociabilidad se ha transformado en conectividad siendo que hay muchos contactos, pocas relaciones En esa vida digital tan propia del europeo promedio, el otro se vuelve un dato, una presencia mediatizada; así, el otro no se registra tal como explica Luigi Zaggo en su libro “la muerte del prójimo”.
El envejecimiento poblacional revela otra cara que a veces se ignora. El tiempo largo de la vida choca con la temporalidad acelerada de la economía. Una sociedad que glorifica la novedad constante no sabe habitar la lentitud del cuidado. Los ancianos son el testimonio de una cultura que ha ido perdiendo su capacidad de sostenimiento intergeneracional. Todo es consumo y satisfacción donde el otro se convierte en “pérdida de tiempo”.
No se puede ignorar en este sentido que política y demografía están entrelazadas; ello también ayuda a la crisis demográfica. Las medidas públicas que se pretenden respuestas técnicas a la crisis demográfica ignoran la dimensión trascendental del nacimiento. Incentivos económicos, permisos y ayudas no alcanzan si no se trabaja el tejido social cohesionado por la Fe que fundamenta la Familia. La confianza, la comunidad, el sentido compartido, requieren una Fe que convierte los rituales en símbolo de convivencia, dejando así espacios de contacto y encuentro bajo la misma escala de valores. Se observa cómo individualismo extremo produce soledad y homogeneiza el horizonte vacío. La natalidad requiere apertura hacia el otro, y esa apertura se ve bloqueada por la lógica del “yo” como proyecto absoluto. La solución entonces no es meramente aumentar cifras, sino pensar cómo rehacer la cristiandad, esto es, reconstruir tiempos compartidos, reinstaurar el bien común, recuperar una noción de futuro de nación. Hacen falta políticas que recuperen la calidad de lo doméstico, la riqueza de la convivencia y la posibilidad de dejarse afectar por el otro, tal como ya intenta Hungría, por ejemplo.
[1] Fuente: https://fsspx.news/es/news/francia-el-insee-confirma-un-invierno-demografico-sin-precedentes-56750




