Según un estudio conjunto de la Universidad Griffith y el Centro de Finanzas y Desarrollo Verdes de Shanghái. Pekín firmó 350 acuerdos el año pasado, en comparación con los 293 de 2024.
El aumento se produjo en medio de las tensiones entre EEUU y China en torno al comercio, la tecnología y las cadenas de suministro, así como de las perturbaciones derivadas de las acciones militares estadounidenses que afectaron a los mercados energéticos mundiales. Pekín aprovechó la percepción de una disminución de la influencia global de EEUU para ampliar la financiación de proyectos de desarrollo.
Los proyectos energéticos lideraron el crecimiento, alcanzando los 93.900 millones de dólares, la cifra más alta desde el lanzamiento de la BRI, más del doble de los niveles de 2024. Esto incluyó 18.000 millones de dólares en iniciativas de energía eólica, solar y de valorización energética de residuos, lo que refleja el dominio de China en tecnologías limpias. Los megaproyectos de gas dominaron, junto con las inversiones en metales y minería, que alcanzaron un récord de 32.600 millones de dólares, centradas principalmente en el procesamiento de minerales en el extranjero para asegurar recursos como el cobre, en medio de la creciente demanda de centros de datos basados en IA.

Entre los principales ejemplos se incluyen el desarrollo de gas en la República del Congo dirigido por Southernpec, el Parque Industrial de la Revolución del Gas Ogidigben en Nigeria, dirigido por China National Chemical Engineering, y una planta petroquímica en Kalimantan del Norte, Indonesia, a cargo de una empresa conjunta Tongkun-Xinfengming.

“Los megaproyectos son algo que no habíamos visto antes”, afirmó Christoph Nedopil, autor del estudio y experto en energía y finanzas de China en la Universidad Griffith. Observó una mayor confianza de los países en desarrollo en las empresas chinas para gestionar proyectos de mayor envergadura, ya que estas compañías han aumentado su capacidad y buscan mayores oportunidades de expansión.
Los contratos e inversiones acumulados de la BRI desde su lanzamiento en 2013, bajo la presidencia de Xi Jinping, alcanzaron casi 1,4 billones de dólares, con 150 países socios. La iniciativa ha posicionado a China como el mayor acreedor bilateral del mundo, a la vez que ha profundizado los lazos económicos con el mundo en desarrollo.
La escala ha suscitado inquietudes sobre la sostenibilidad de la deuda para los países receptores, términos opacos e implicaciones estratégicas, incluido un acceso recíproco limitado al mercado y posibles superposiciones entre militares y civiles en materia de infraestructura.




