El presidente propuso un aumento sin precedentes, planteando que el presupuesto de defensa para el año fiscal 2027 sea de US $1,5 billones (trillones en notación anglosajona). Esto sería aproximadamente un 50–66% más que los US$ 901.000 millones aprobados para 2026.
Trump dijo que este incremento es necesario debido a los “tiempos problemáticos y peligrosos” a nivel global, y lo presentó como una forma de construir el “Ejército Soñado” que, según él, mantendrá al país seguro frente a amenazas.
El gasto propuesto no está aún aprobado por el Congreso: es un pedido de presupuesto presidencial, que luego deberá negociar con el Legislativo si quiere que se convierta en ley y sería el mayor presupuesto militar de la historia de EEUU si se aprueba.
La propuesta llega en medio de una política exterior cada vez más activa —incluyendo operaciones militares recientes en América Latina—, lo que ha generado inquietud entre aliados y adversarios sobre una mayor militarización de la política exterior estadounidense.
Tras el anuncio, las acciones de empresas de defensa en Europa subieron a niveles récord ante expectativas de mayor gasto global en armamento.
También ha generado debate político interno sobre déficits, prioridades del gasto público y el papel global de EEUU (sectores tanto demócratas como algunos conservadores han expresado reservas).
Este incremento no se limita a mantenimiento o ajustes inflacionarios, sino que apunta a una expansión estructural del aparato militar, como la modernización acelerada del arsenal, incluyendo sistemas hipersónicos, inteligencia artificial aplicada a defensa y capacidades espaciales, el refuerzo de la presencia militar global, con mayor despliegue en regiones consideradas estratégicas.
Uno de los efectos más directos del aumento es sobre las finanzas públicas estadounidenses. EEUU ya enfrenta un déficit fiscal elevado y una deuda que supera ampliamente su PIB. El nuevo gasto militar no viene acompañado, por el momento, de recortes equivalentes ni de aumentos impositivos, lo que sugiere un mayor endeudamiento.
Si bien el gasto militar genera empleo y dinamiza sectores industriales, su impacto es desigual y concentrado, beneficiando principalmente a grandes contratistas y regiones específicas, sin resolver problemas estructurales como el acceso a la salud o la desigualdad.
Lejos de estabilizar el sistema internacional, el anuncio podría incrementar la percepción de amenaza, alimentando un círculo de desconfianza y rearme internacional.
Los principales rivales enemigos, tanto China como Rusia han incrementado sus presupuestos militares en los últimos años, aunque de formas y en magnitudes distintas a la propuesta estadounidense:
Beijing aprobó anteriormente un aumento de su presupuesto de defensa para el pasado año 2025 de alrededor de 7,2% respecto al año anterior, continuando una tendencia de crecimiento sostenido en la última década. El presupuesto ascendería a unos ~249.000 millones de dólares, consolidando a China como el segundo mayor gastador militar del mundo después de EEUU.
El presupuesto chino ha aumentado consistentemente por años no solo en volumen absoluto, sino también orientado a modernizar capacidades militares avanzadas, incluida la marina, la fuerza aérea, misiles y tecnologías estratégicas.
Aunque el gasto crece en términos nominales, sigue siendo una proporción relativamente baja del PIB (alrededor de 1,3–1,7 %), inferior al de EEUU o la mayoría de países de la OTAN.
Moscú, por su parte, aumentó su presupuesto militar de manera significativa para 2025, con una partida destinada a defensa de ~133.600 millones de dólares, lo que supone un aumento del ~24% respecto a 2024.
Este crecimiento está vinculado directamente al contexto de guerra en Ucrania y al esfuerzo por sostener y modernizar el aparato militar ruso, aunque según las cifras oficiales el gasto como porcentaje del PIB se reduce ligeramente debido al crecimiento planificado del producto interno bruto.
En años recientes, según estimaciones independientes, el gasto ruso también ha mostrado incrementos considerables (por ejemplo, hasta cerca de 149.000 millones de dólares en 2024, según otras fuentes), aunque las cifras precisas pueden variar según la metodología y el modo de contabilizar programas militares de largo plazo.




