Ambas trabajan con financiación privada, ya que el presidente Bill Clinton prohibió el uso de fondos federales y busca ilegalizar cualquier investigación en clonación humana, aunque enfrenta fuerte resistencia en el Congreso, el NIH y la comisión presidencial de Bioética. La iniciativa ha generado una intensa polémica porque, aunque las compañías aseguran que no buscan clonar seres humanos completos, la técnica utilizada deja a los científicos “a un paso” de lograr una clonación reproductiva[1].
El debate gira en torno a la frontera ética y legal entre clonación terapéutica y clonación reproductiva. Sectores científicos defienden el uso de embriones como simples agregados celulares sin estatus personal antes de los 14 días, mientras que voces como George Annas sostienen que el embrión es humano desde la concepción y que crearlo para destruirlo es “abominable”. Geron clona insertando ADN humano en óvulos enucleados, mientras que ACT llegó a usar óvulos de vaca vaciados para generar embriones híbridos. Aunque ACT había suspendido temporalmente los ensayos por controversias éticas, volvió a iniciarlos. Los investigadores afirman que la tecnología puede regularse, aunque admiten que siempre existe el riesgo de un uso orientado a la clonación humana completa.
La clonación de hecho expone la tensión más profunda entre la naturaleza como principio de operaciones y la técnica como intento de rehacer lo real según la voluntad humana. Allí donde la naturaleza obra según fines intrínsecos, la técnica irrumpe ordenando procesos que no le pertenecen, sometiendo la generación de la vida a un esquema productivo. Por eso, el debate sobre la clonación no es meramente biotecnológico, sino que es una disputa sobre qué significa que un ser humano venga al mundo.
En la generación natural, el nuevo ser procede de la unión de dos principios vitales distintos y complementarios. Se trata de un acto de comunicación del ser, donde la causa eficiente participa de la causalidad de la naturaleza. La clonación, en cambio, sustituye este dinamismo por una producción técnica, en la que el organismo es fabricado, no engendrado. Esta diferencia no es accesoria, es decir, afecta directamente a la dignidad del ser humano, porque lo coloca en el ámbito de lo disponible, lo manipulable, lo planificado, lo repetible. Allí donde hay producto, hay diseño; donde hay diseño, hay control; donde hay control, hay subordinación del ser a fines extrínsecos.
La identidad humana en verdad no se funda en la mera información genética. El ser humano es una sustancia racional, no una suma de códigos replicables, y su individualidad deriva de una forma sustancial que no puede clonarse. La clonación, aunque copie un genoma, no reproduce la singularidad ontológica del individuo. Sin embargo, el problema ético no se agota ahí porque incluso si la técnica no pudiera copiar la individualidad personal, afecta el modo en que la comunidad humana concibe la vida. Convertir la vida en un procedimiento reproductible transforma la estructura simbólica del parentesco, erosiona la idea de filiación y abre paso a una lógica de selección y control incompatible con la igual dignidad de todos.
La clonación es el punto extremo de un proceso moderno más amplio por cuanto es la sustitución de la naturaleza y su orden por la tecnología autolegislada. Su justificación suele apoyarse en fines terapéuticos, pero el realismo sabe que los fines no justifican medios que lesionan la integridad del orden natural. Una técnica que exige destruir embriones, tratar a los seres humanos en estadio inicial como material biológico o replicar organismos por conveniencia instrumental, rompe la proporcionalidad entre los medios y los fines y socava el fundamento moral de la medicina.
En última instancia, la clonación es parte de una gran ideología transhumanista donde el hombre deja de aceptarse como un ser recibido y se rehace como artefacto. Por ello es propio de los transhumanistas el no reconocer al ser humano como un don, sino como un diseño; de allí que el desafía sea preservar la dignidad de la generación de la vida y no en convertirla en manufactura.
[1] Fuente: https://www.pagina12.com.ar/1999/99-06/99-06-15/pag17.htm?mobile=1




